Vivir es perder contra la vida. No hacerlo es ganar la pelea | Joel Estrada

Viajar a tus recuerdos es buscar pelea. Esquivar peleas es perder recuerdos.

TOTEKING

O te ayudas o te destruyes.

DANIELLA  DELGADILLO

A veces tienes que hacer algo malo para evitar hacer algo peor.

STOKER

You taking me back to the place in the back of my mind

SOFIA INSUA

No quiero ir nada más que hasta el fondo

ALEJANDRA PIZARNIK

Si hay algo que odio más que los ensayos, es el no entendimiento. Sea de mi parte o de la del otro, no entender significa, para mí, menos posibilidades de ganar esta lucha contra la vida. Al traernos a ella, nos sirven en bandeja de plata el festín de la desdicha. La vida no es más que el motor de la tristeza, la cuna del abandono. Vivir es perder contra la vida. No hacerlo es ganar la pelea. Encuentro reconfortante la idea de morir. La abismal distancia entre el deseo y el acto, decía Pizarnik. Que la vida pueda acabar en cualquier momento me permite apreciar completamente la belleza, el arte y el horror de todo lo que este mundo puede ofrecer.

Llevo ya algunos años en análisis y sigo sin entender las cosas básicas del día a día. En ocasiones ni yo mismo me entiendo. Siempre que resuelvo una parte importante del rompecabezas del pasado, surge otra y otra y otra, siempre… He llegado a la conclusión de que jamás lograré armar nada. El noventa y nueve punto nueve por ciento de lo que nos sucede en la vida, no tiene nada que ver con nosotros mismos, y el cero punto uno por ciento restante que somos capaces de comprender y controlar, consiste, por completo, en aceptar o negar la impotencia que tenemos sobre el otro noventa y nueve punto nueve por ciento. ¿De qué somos dueños? ¿Qué nos controla? ¿Qué controlamos nosotros? Intentamos vivir nuestras vidas, pero aún no son nuestras. Desde niños somos interpretados por el otro. Somos la representación de una verdad que no es nuestra, la interpretación encarnada de un eso que nadie puede descifrar de su propio inconsciente y que ahora aparece en lo real bajo una forma gozada. Somos síntomas. Síntomas del Otro. Prestamos nuestro cuerpo para que en él sea gozada la verdad del otro. Desde que somos niños, somos objeto. Objeto real. Cuerpo gozado por el otro.

Además de estar en análisis, estudio psicoanálisis hace poco más de dos años. ¡Magnífico! Pero, ¿por qué parece no darme las respuestas que preciso? Tengo la cabeza inundada de teorías e hipótesis, de explicaciones de diversa índole. ¿Cuántos yoes habitan dentro de mí? Creo que muchos y muchos que no conozco. En ocasiones me siento un poco difuso, perdido en otra realidad, naufragando entre sueños y fantasías. Imagino tantas posibilidades que me pierdo en ellas, me desintegro y disuelvo en todas y cada una que mi propia realidad pierde el suelo. Tropezones que da la vida, los denominan; como si no fuera suficiente el tropezón de dos primigenios inconscientes que decidieron traer al mundo a un tercero para satisfacer sus deseos egoístas. Así nacieron el primer Padre, la primera Madre y posteriormente el primer Edipo, posibilitando el paso al Nombre del Padre. El broche de los tres registros que constituyen la subjetividad humana.

Cuando nos volvemos padres, pasamos por cambios bioquímicos que afectan el modo en que pensamos. Me pregunto si pasa lo mismo cuando alguien se vuelve loco. Aunque… los padres pueden ser locos. ¿Qué tipo de padre soy yo? Uno bueno, creo. ¡Qué rápido hacemos vínculos con algo que aún no existe! Creo firmemente que tenemos muy arraigada la necesidad de interactuar con nuestros hijos (imaginarios o no). Nos ayuda a descubrir quiénes somos. Realmente nunca he sido padre, aunque lo fui para mí. No era mi hijo, pero fui mi carga. Me enseñé mucho de mí mismo. Mi analista dice que escindí de buena manera. Yo pienso que te o ayudas o te destruyes. Vives o enloqueces. Pierdes contra la vida o ganas la pelea.

Para la sociedad es un tabú andar quitando vidas. Pero sin la muerte, simplemente estaríamos perdidos. La expectativa de muerte es lo que conduce nuestros actos a la grandeza. Y cada acto creativo tiene sus consecuencias destructivas. Escribo desde hace dieciocho años y creo que cada escrito que he engendrado es a la vez destructor y creador. La mayoría de lo que hacemos y creemos, está motivado por la muerte. Igual que la locura. Quien fui ayer es un desperdicio que da lugar a quien soy hoy. ¿Cuántos yoes han sido sacrificados? ¿Cuántas consciencias devastadas?

Todas las que se necesitaron.

Hoy, en la ducha, se me ocurrió la idea de que iba a ser necesario buscar otro sitio para descansar tranquilo. No, sé bien que aquí puedo hacerlo. Pero se me escapa el tiempo, se me está haciendo tarde. Las cosas tardan demasiado, y se demorarán todavía más porque ya tengo treinta y tres años —la edad de Cristo cuando murió—, ya no tengo la energía para tenerlas todas a tiempo. Las cosas no se mueven, pero mi edad avanza. Sacrifiqué tantos años. Pero, ¿cuánto ha sacrificado Dios?, que hasta a su propio hijo crucificó. Recuerdo haber rezado para poder ver la libertad, para romper los grilletes que me esclavizan a un par de pulmones que siguen respirando. Mis oraciones no quedaron sin respuesta. Mi propia locura me mostró las puertas de la imaginación. «No entres —dijo—. Querrás retirarte. Lo desearás, como cuando quieres saltar a lo incierto al ver el brillo de un riel cuando escuchas al tren acercarse. Quédate conmigo». «¿A dónde más podría ir?», pregunté. «Puedes ir a cualquier lado». Hice caso omiso. Atravesé la puerta del pecado, el fruto prohibido. Vi a través de ella. Si el universo pudiera encogerse o regresar el tiempo o las tazas que rompí reintegrarse, se podría hacer lugar para la vida en mi mundo.

Todo lo que ha sucedido en 4.543 miles de millones de años se puede contar; de hecho, los libros están colmados de historias que narran cosas que han sucedido. Al menos es así para la mayoría de las cosas. Pero hay sucesos que no se pueden contar. No porque se deseen mantener en secreto, sino porque no existe forma alguna de contarlos que no los traicione.

Puedo hacer que todo se vaya. Echo mi cabeza hacia atrás. Cierro los ojos. Me sumerjo en la tranquilidad. En mi cabeza hay una puerta que no cierra nunca. Me lleva de vuelta al fondo de mi mente. Detrás de ella todo es posible. En aquel lugar tengo una gran mansión. Es blanca y reluciente, rodeada de muros tan altos que es difícil apreciar el atardecer; tiene un gran jardín con un pozo seco y oscuro; y ventanales tan inmensos que ni el crepúsculo puede cubrir. En ocasiones, la oscuridad del pozo susurra mi nombre. Es una voz casi imperceptible, sutil, pero que no descansa hasta ser oída; me busca en mis escritos, en mi ropa, en mi cama, en mis libros. Es una oscuridad que me extraña. Pero inocentemente ignora que ya estoy en todas esas cosas. Estoy en el rastro que dejé en mi cama al levantarme, en el aroma de mi abrigo luego de usarlo, en el capítulo de un libro que no terminé, en las líneas de este texto que escribo. Estoy en todos los libros que escribí y que nadie nunca va a leer. En mi mansión no pasa el tiempo y los recuerdos se exhiben en extraordinarias salas como perpetuas obras de arte. Dentro, fieles se reúnen a rezar mientras el coro interpreta la melodía de la tragedia. Mi mansión existe. Estoy seguro. Tan seguro como Schreber de sus nervios. ¿Eso me convierte en loco? Él hablaba con Dios. Pero yo no creo en Dios. Lo que creo es más cercano a la ciencia ficción que todo lo que figura en la Biblia. Porque, seamos honestos, todos lo sabemos, pero nadie dice que Dios jamás hace una mierda para responder a las plegarias de la gente. «Los caminos de Dios son misteriosos». Dios no puede salvarnos a ninguno. Porque es poco elegante. La elegancia es más importante que el sufrimiento. Ese siempre ha sido su designio. «Fue el hombre quién creo a Dios a su imagen y semejanza. ¿Estás hablando de Dios o del hombre?», pregunta uno de mis tantos yoes. El hombre no es ningún Dios. No le divertiría nada ser Dios. Desafiar a Dios, por otro lado, esa es su idea de la diversión. Nada excitaría más al hombre que ver desmoronarse esta mansión, en plena reminiscencia, llena de recuerdos, con la muerte cantando. Sencillamente le encantaría. Y cree que a Dios también le complacería.

A veces sueño con ese pozo. En mis sueños, siempre caigo dentro y el fondo me succiona, me transporta a la casa donde crecí. Es raro porque nunca aprendí a nadar.

Hoy, en la ducha, se me ocurrió la idea de bajar al pozo de mi gran mansión y encerrarme en él. No quería ir nada más que hasta el fondo. Dejé que las tinieblas de mi demencia me envolvieran. Sólo ahí puedo volver a coger la mano que ya no me toca pero que tanto me pesa, sumergido en mis alucinaciones. Han pasado dos días desde entonces y a duras penas he conseguido salir. Tengo miedo. La realidad no me satisface y un adiós pesa como mil ausencias. Los pasos que no di también duelen. Por eso vivo metido en mi seco pozo oscuro. Me pregunto, qué haré cuando baje de nuevo y me entregue a las fauces de mi psicosis en potencia y ya no sea capaz de salir de ahí. Tengo miedo, porque sé que en algún momento sucederá. Me desvaneceré y olvidaré la realidad. Peor aún, ni siquiera seré capaz de recordar que hay un camino de vuelta. No lo querré saber tampoco. A veces hay que hacer algo malo para evitar hacer algo peor.

Paso más tiempo dentro de mis fantasías que en la propia realidad. Ahí encuentro todo lo que perdí y mucho menos dolor. La realidad no puede proporcionarme lo que mi imaginación no deja de gritar. Nadie te enseña a superar una ausencia, y cuando por fin aprendes, ya es tu hora de irte. Yo aún no veo la mía. Y lo deseo tanto. Las personas me preguntan qué me ha pasado. No me sucedió nada. simplemente sucedí.

«No me psicoanalice —le dije a mi analista—. No me gustaré si me psicoanaliza». Lo mismo les pido a ustedes. No les gustaré si me psicoanalizan. No me digan nada si es que mi relato tiene estructura y lógica. Eso significaría que estoy completamente loco. Si no la tiene, también.

Por último, me gustaría compartirles un pequeño fragmento de un escrito que llevo grabado en las muñecas, porque pienso que el dolor es más llevadero si se convierte en historia:

«Me quería pegar un tiro, pero me faltaba el arma y el valor. Nada me sacaba de esta jaula de huesos y entrañas, de heridas que aún no olvido y de tristezas que ya me olvidaron. El dolor era un océano y nunca aprendí a nadar».1

Espero que este texto no les haga tanto daño como a mí.

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1 Texto de Santiago Castro.

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