Mandé todo a la mierda | Joel Estrada

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Me acosté y lloré, y me dispuse a sentir de nuevo, a admitir que era humana, sensible.
SYLVIA PLATH

Mandé todo a la mierda y grité. Grité hasta quedarme sin voz. Me quedé sin voz y seguí gritando. En ese momento lo único que deseaba era desvanecerme en el viento al igual que mis gritos ya enmudecidos. Era consciente del daño irreversible que le causaba a mis cuerdas vocales, no obstante, pensé: ¿de qué me sirven si mi nombre ya ha desaparecido de su vocabulario?

            Grité por aproximadamente una hora. Al momento de quedarme sin aliento lo entendí, entendí la soledad que me rodeaba y lo solo que siempre había estado. Un nuevo hueco se abrió en mi pecho. Había estado gritando por una hora y nadie había venido a ver lo que sucedía. Era casi imposible creer. Por mucho que mis gritos encerrasen el dolor más inmenso y profundo del universo, alguien debía haberlos escuchado, alguien debió sentir curiosidad y acercarse, por morbo, por inercia, por el simple hecho de ser humano. Pero nadie acudió en mi ayuda. Estaba solo. Solo y roto.

            Me tiré al suelo y lloré sin hacer ruido alguno. Mi llanto mudo inundó el mundo y lo comprendí todo. Pude sentir la tristeza que habitaba mi cuerpo. Era una tristeza tan profunda que al intentar arrancarla podía sentir sus raíces aferrándose a mis intestinos. Aun así di un par de tirones más antes de desistir. Quería arrancarla, pero el dolor era tan intenso que en cada tirón la vida misma se me escapaba. Y entonces lo entendí todo nuevamente. No importaba cuántos libros hubiese leído estudiando el comportamiento humano ni las horas de terapia en pareja acumuladas ni los años que ella hubiera desperdiciado conmigo; seguía siendo humano. Yo seguía siendo un humano común, corriente y abandonado.

            Al levantarme del piso me dirigí a la estación de metro más cercana. Eran casi las once y media de la noche. Si aceleraba el paso, podría llegar en veinte minutos al Metro Universidad. Alcanzaría al último tren en salir y éste me llevaría lejos de aquí, me sacaría de esta maldita ciudad. Salvaría la vida de este miserable condenado a morir.

            Nunca he sido muy social y es porque me incomoda la idea de incomodar a los demás, así que aprendí a vivir apartado. Estaba solo, pero con el resto. Aprendí a vivir alejado. Tomaba su mano, pero ella ya no quería sostener la mía. Así pasé la primera mitad de mi vida; la otra mitad, siendo invisible y desechable, un objeto intercambiable por cualquier otra cosa. Por eso había decidido coger ese tren casi a medianoche, porque lo que menos quería era incordiar al resto. Los pasajeros serían pocos. Los vecinos ya se enterarían de mi partida de alguna manera y qué mejor que cuando ya no esté presente. Detestaría ver la cara de incomodidad que les genero hasta con los buenos días, otra vez. Mis propiedades ya pasarían a ser problema de alguien más. Mi madre entendería y respetaría mi decisión y mi padre me perdonaría algún día. Por lo visto, todo estaba acomodado para coger ese tren. Como diría una amiga: es una señal del universo.

            Llegué al metro universidad rayando las doce y pude acceder a los andenes. Ubiqué la dirección de la que saldrían los vagones y me aproximé. Había calculado todo minuciosamente. El tren llegaría a una velocidad lo suficientemente fuerte como para derribar el muro de la indiferencia y progresivamente la reduciría hasta detenerse y esperar a ser abordados. Los vagones traseros quedarían frente donde yo estaba parado.

            Escuché el silbato que anunciaba la llegada del tren cuando aquella tristeza que me habitaba me abrazó de nuevo. Sentí a mi cuerpo hundirse en un gran vacío y desvanecerse en las tinieblas de la madrugada. Entonces lo comprendí. Había pasado solo la mitad de mi vida y la otra mitad fingiendo no estarlo. Era justo coger ese tren. La falta que me atravesaba era inmensa, enorme. Nada de lo que hiciera, si me hubiese quedado aquí, habría hecho la diferencia. Al final esa tristeza era yo. Por eso mis escritos. Por eso tantos estudios. Por eso mi apatía frente a la vida. Por eso el odio hacia los finales felices, porque yo jamás tendría uno. Por eso. Por eso. Por eso. Por eso repetir y repetir; caer, levantarse y repetir; hacerse sangre con la misma piedra. Por eso las canciones tristes. Por eso el insomnio. Por eso ahorrar una fortuna y dejársela a la mama. Por eso. Por eso. Por eso. Porque la falta que me atravesaba era inmensa, enorme. Por eso, hiciese lo que hiciese, acumulara lo que acumulara, moldeara cuanta cosa moldeara, nada haría la diferencia. Porque mi falta es enorme y ¡nada la puede llenar!

            Mandé todo a la mierda, cerré los ojos y sonreí. Sonreí hasta que mis ojos se desvanecieron. Escuché al metro aproximarse. Inhalé profundo y seguí sonriendo. En ese momento lo único que pensaba era que pronto desaparecería de aquí por fin, gracias a ese tren y que la tristeza que sentía pronto se esfumaría. Lo escuché aún más cerca. Era consciente de la decisión irreversible que había tomado, no obstante, pensé: mamá lo entenderá. Papá me perdonará.

            Mandé todo a la mierda por tercera vez y salté.

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