Yo maté a nuestro amor con el puñal de la costumbre | Joel Estrada

Me sometí a un leve proceso quirúrgico que me dejó en cama por más o menos cuatro días. Posterior a ello, comencé a reanudar mi rutina diaria hasta donde las posibilidades me lo permitían, pero dos meses después tuve ciertas complicaciones. Una función que se vio afectada por esta ligera intervención fue la de caminar. Llevo ya tres meses en recuperación y sigo sin sentirme mejor. He ido recuperando poco a poco algunas cosas habituales de mi día a día, no obstante, el hecho de poder salir a dar un paseo o simplemente a sitios cercanos, como el súper, la panadería o el banco, se me ha imposibilitado de una manera peculiar: con cada paso que doy, las vibraciones producidas por el impacto de la planta de mi pie contra el asfalto, suben de manera continua, generando un dolor constante y cada vez mayor.

Durante esta peripecia en la que me encuentro sumido, platicaba con un compañero acerca de los efectos posteriores a la cirugía, destacando que me arrepentía de haber decidido hacérmela, únicamente por la imposibilidad y el dolor que me produce el simple, monótono y cotidiano acto de caminar. Él, quién meses atrás había sufrido un accidente y llevado casi medio año de recuperación me comentó que su terapeuta le había enseñado a caminar. Suena extraño, lo sé.

La enseñanza del terapeuta en cuestión se puede resumir en tres sencillos pasos: 1) apoyar talón, 2) estirar rodilla, 3) apoyar punta. Repitiendo esto sencillos pasos uno aprende a caminar correctamente.

Al principio no le tomé importancia, caminar es un acto tan cotidiano que resulta casi imposible imaginar que alguien necesite instrucciones para ello. Sin embargo, decidí intentarlo. Ese mismo día por la tarde, horas después de la charla con mi compañero, decidí salir y poner a prueba los consejos de su terapeuta. Cogí mi chaqueta, la billetera y las llaves, me calcé las zapatillas más cómodas y salí. Una vez fuera, comencé a caminar despacio, siguiendo con cuidado las instrucciones básicas: apoyar talón, estirar rodilla y apoyar punta, luego, repetir con el otro pie.

¡Vaya sorpresa la que me llevé! En breve llegué a mi lugar de destino, lento pero seguro. El dolor que acompañaba cada paso era menor al esperado. De vez en vez me sentía confiado y en un intento por recuperar mi velocidad habitual, dejaba de prestarle atención a mi manera de desplazarme, entonces volvía el dolor, me hacía parar, pero no bastaban más que sesenta segundos para reanudar el paso con los sencillos consejos de aquel terapeuta. Descubrí que, siguiéndolos, el dolor aminoraba y me permitía recorrer distancias más largas.

Las indicaciones del terapeuta eran correctas y mi razonamiento equivocado. Es decir, a pesar de que la gran mayoría de las personas caminamos de manera automática, pocos lo hacen de la manera correcta. Algo similar, creo, ocurre con el amor. Cuando amamos a alguien llevamos a cabo ciertas acciones, que por muy insignificantes que nos parezcan, las realizamos porque esa persona nos importa, para demostrar nuestro interés, una manera más de decirle “me importas”, una forma más de amar.  Pero, llegado un punto, repetimos una y otra vez esos pequeños gestos que solíamos usar de manera tan frecuente que terminamos por ejecutarlos de una forma automática e inadecuada. Entonces la sorpresa se vuelve monotonía y el encanto, hastío.

Yo no lo sé, pero creo que deberíamos prestar más atención en las cosas simples y la rutina, ¿cuánto de ello no es meramente repetición automática?, ¿cuánto no habrá perdido ya su magia?

Justo ahora que lo pienso, quizá eso fue exactamente lo que pasó conmigo. En algún punto perdí norte y la magia, me dejé llevar por la rutina y lo espontáneo se volvió predecible, lo sincero, forzado y el amor que tanto le tenía terminó por alejarla de mí. Me arrepiento un poco de la manera tan patética en que se fue. Me dolió, sin duda. Todavía me duele. Todo terminó tan bien que cuesta creerlo. Intentando ser el novio perfecto cavé mi propia tumba. Yo maté a nuestro amor con el puñal de la costumbre. Hice de todo por tenerla conmigo y al final eso fue lo que la alejó de mí. Nunca tuve la fortuna de desabrochar el body rojo con el que tanto deseé ver envuelta su piel, pero gocé la dicha de verla partir feliz, sin arrepentimientos y contenta por ya no tener que lidiar conmigo nunca más.

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