Una señorita de Barcelona – Carlos Ruiz Zafón

Laia tenía cinco años la primera vez que su padre la vendió. Fue un acuerdo inocente y piadoso, sin más malicia que la que inspira el hambre y el apremio de adeudos. Eduardo Sentís, fotógrafo y retratista sin fortuna ni gloria, acababa de heredar el estudio del que había sido su mentor y patrón durante más de veinte años. Había empezado allí como aprendiz y meritorio, pasado luego a ayudante y, finalmente, tras recibir el título, que no el salario, a fotógrafo y adjunto a la gerencia. El estudio estaba ubicado en un amplio local situado en unos bajos de la calle Consejo de Ciento y albergaba cuatro platós, dos salas de revelado y un almacén rebosante de equipo anticuado y en precario estado. Con él Eduardo heredó los numerosos impagados que dejaba su patrón, que había sido hombre más de lentes y placas que de claridad en las cuentas. En el momento de su fallecimiento, Eduardo Sentís llevaba más de seis meses sin cobrar su sueldo. En palabras del albacea, el traspaso post mórtem del negocio y del misérrimo patrimonio que venía de guarnición aspiraban a ser una justa recompensa por su devota y austera dedicación. Tan pronto luz y taquígrafos descendieron sobre las cuentas del negocio, Eduardo Sentís comprendió que más que herencia lo que su patrón le había dejado a cambio de dedicarle su juventud y esfuerzo era una simple maldición. Tuvo que despedir a todos los empleados y afrontar la supervivencia del estudio, y la suya, a solas. Hasta la fecha, buena parte del negocio que generaba el estudio se concentraba en efemérides familiares de diverso cuño, desde bodas y bautizos hasta funerales y comuniones. El tema de pompas fúnebres y entierros era una especialidad de la casa, y Eduardo Sentís se había acostumbrado a iluminar y retratar mejor a los difuntos que a los vivos, que además nunca salían desenfocados en las largas exposiciones porque no se movían ni tenían que contener la respiración.

Fue su reputación como retratista de tinieblas la que le granjeó un encargo que, al principio, parecía sencillo y sin gran complicación. Margarita Pons, infanta de cinco años e hija de un acaudalado matrimonio con palacete en la avenida del Tibidabo y colonia industrial a orillas del Ter, había fallecido víctima de unas extrañas fiebres el día de año nuevo de 1901. Su madre, doña Eulalia, había caído en una crisis nerviosa que los médicos de la familia se habían apresurado a suavizar con generosas dosis de láudano. Don Federico Pons, páter familias y caballero sin lugar ni tiempo para sentimentalismos, había visto morir a más de un hijo y no derramó lágrima ni lamento. Ya contaba con un heredero primogénito varón sano y con buena disposición. La pérdida de una hija, si bien triste, no dejaba de suponer un ahorro de patrimonio familiar a largo y medio plazo. Su intención era celebrar el funeral y proceder al entierro en el panteón familiar del cementerio de Montjuïc con celeridad a fin de restablecer la rutina del trabajo diario cuanto antes, pero doña Eulalia, criatura frágil y propensa a dejarse engatusar por las siniestras damas de la sociedad espiritista La Luz de la calle Elisabets, no estaba en condiciones de pasar página con tanta determinación. A fin de acallar sus suspiros, don Federico accedió a que se realizase una serie de retratos de la difunta infanta que su madre deseaba, antes de que los empleados de la funeraria procediesen al eterno envasado del cadáver en un ataúd de marfil punteado de cristales azules.

Eduardo Sentís, retratista de difuntos, fue convocado al palacete de la avenida del Tibidabo donde residían los Pons. La propiedad quedaba oculta entre una frondosa arboleda a la que se accedía por una puerta de verjas metálicas sita en la esquina de la avenida y la calle José Garí. Era un día gris y malcarado, una astilla de aquel invierno hostil y propenso a brumas que tan mala fortuna había traído al pobre Sentís. Como no tenía con quien dejar a su hija Laia, hizo que esta le acompañase. Con la niña de una mano y su maletín de lentes y fuelles en la otra, Sentís abordó el tranvía azul y se plantó en el palacete de los Pons con el propósito de empezar el año con ingresos contantes y sonantes. Fue recibido por un sirviente que le guio a través del jardín hasta el caserón y, una vez allí, fue conducido a una pequeña sala de espera. Laia lo miraba todo con ojos de fascinación, porque nunca había visto un lugar como aquel, que parecía salido de un cuento de hadas, pero de los de madrastra pérfida y espejos envenenados de malos recuerdos. Arañas de cristal pendían del techo, estatuas y cuadros flanqueaban muros, y gruesas alfombran persas cubrían el suelo. Sentís, contemplando aquella fortuna en peso muerto, se sintió tentado de subir su tarifa. Fue recibido por don Federico, que apenas le miró a los ojos y le habló con el tono que reservaba para lacayos y operarios de fábrica. Tenía una hora para tomar una serie de retratos de la infanta difunta. Al ver a Laia, don Federico frunció el ceño con desaprobación. Era dogma extendido entre los varones de su familia que la utilidad del género femenino se concentraba en la alcoba, la mesa o la cocina, y aquella mocosa no reunía ni edad ni alcurnia para ser considerada en ninguno de los tres supuestos. Sentís excusó la presencia de la niña alegando que la urgencia del encargo le había impedido encontrar quien cuidase de ella. Don Federico se limitó a exhalar un suspiro de desaprobación e indicó al fotógrafo que le siguiera escaleras arriba.

La infanta había sido dispuesta en una habitación del primer piso. Estaba tendida en un amplio lecho cubierto de lirios blancos con las manos cruzadas y rodeando un crucifijo sobre el pecho, una tiara de flores en la frente y ataviada en un vestido de seda vaporosa. Dos criados custodiaban la puerta en silencio. Un haz de luz de ceniza caía desde la ventana sobre el rostro de la infanta. Su piel había adquirido la apariencia y el color del mármol. Venas azules y negras recorrían su tez cuasi transparente. Sus ojos estaban hundidos en las cuencas y los labios eran de color púrpura. La habitación hedía a flores muertas.

Sentís indicó a Laia que esperase en el corredor y procedió a armar su trípode y su cámara frente al lecho. Calculó que tomaría seis placas en total. Dos primeros planos con una de las lentes largas. Dos planos medios de cintura para arriba y un par de planos generales a cuerpo entero. Todas desde el mismo ángulo, porque sospechaba que un perfil o un tres cuartos de acentuarían la red de venas y capilares oscuros que afloraban bajo la piel de la niña y resultarían en unas estampas si cabe más siniestras de lo que la situación imponía. Una ligera sobreexposición quemaría de blancos la piel y suavizaría la imagen con un aura más cálida y difuminada para el cuerpo y mayor profundidad de campo y detalle en el contorno. Mientras preparaba las lentes advirtió que algo se movía en un extremo de la habitación. Lo que al entrar había tomado por una estatua más resultó ser una mujer de negro con el rostro cubierto por un velo. Era doña Eulalia, la madre de la infanta, que sollozaba en silencio y se arrastraba por la habitación como un alma en pena. Se acercó a la niña y le acarició el rostro.

—Mi ángel me habla —le dijo a Sentís—. ¿No la oye usted?

Sentís asintió y siguió con sus preparativos. Cuanto antes salieses de allí, mejor. Una vez estuvo listo para empezar a tomar las primeras imágenes, el fotógrafo le pidió a la madre que se retirase unos instantes del campo de visión de la cámara. Ella besó en la frente al cadáver y se colocó detrás de la cámara.

Andaba tan enfrascado Sentís en su tarea que no advirtió que Laia había entrado en la habitación y permanecía de pie a su lado, mirando congelada a la niña muerta que estaba tendida sobre el lecho. Antes de que pudiese reaccionar, la señora de Pons se acercó a Laia y se arrodilló frente a ella. «Hola, mi cielo. ¿Eres tú mi ángel?», preguntó. La señora de la casa tomó a la hija de Sentís en sus brazos y la apretó contra su pecho. Sentís sintió que se le helaba la sangre. La madre de la difunta cantaba una nana para Laia y la mecía en sus brazos, le decía que era su ángel y que nunca más se iban a separar. En aquel instante apareció don Federico, que procedió a quitarle a la niña de los brazos y a llevarse a su esposa de la habitación. Doña Eulalia lloraba y suplicaba que la dejasen junto a su ángel, los brazos extendidos hacia Laia. Tan pronto se quedaron solos, el fotógrafo expuso las placas tan rápido como pudo y guardó su equipo. Al salir, don Federico le esperaba en el recibidor de la casa con el pago por sus servicios en un sobre. Sentís advirtió que el sobre contenía el doble de la cantidad acordada. Don Francisco le observaba con una mezcla de anhelo y desprecio. Le hizo la oferta allí mismo: a cambio de una generosa suma de dinero, el fotógrafo traería al día siguiente a su hija al palacete de los Pons y la dejaría hasta el anochecer. Sentís, estupefacto, miró a su hija y luego a Pons. El industrial dobló la suma ofertada. Sentís negó en silencio. «Piénselo», fue cuanto le dijo Pons al despedirse.

El fotógrafo pasó la noche en vela. Laia encontró a su padre llorando en la penumbra del estudio y le tomó la mano. Le dijo que la llevase a aquella casa, que ella sería el ángel y que jugaría con la señora. A media mañana llegaban a las puertas del palacete. A Sentís se le entregó el dinero a través de un lacayo y se le dijo que volviese a las siete de la tarde. Vio a Laia desaparecer en el interior del caserón y se arrastró avenida abajo hasta encontrar un café en lo alto de la calle Balmes, donde le sirvieron una copa de brandi, y otra, y otras más, y cuantas fueron necesarias hasta que llegó la hora de ir a recoger a su hija.

Aquel día Laia lo pasó jugando con doña Eulalia y las muñecas de la difunta. Doña Eulalia la vistió con las ropas de la muerta, la besó y sostuvo en sus brazos contándole cuentos y hablándole de sus hermanos, de la tía, de un gato que habían tenido pero que había huido de la casa. Jugaron al escondite y subieron al ático. Corrieron por el jardín y merendaron frente a la fuente del patio, dando migas de pan a los peces de colores que surcaban las aguas del estanque. Al crepúsculo, doña Eulalia se tendió en el lecho con Laia a su lado y sorbió su vaso de agua con láudano. Así, abrazadas en la penumbra, cayeron las dos dormidas hasta que uno de los criados despertó a Laia y la acompañó a la puerta, donde esperaba su padre con los ojos enrojecidos de vergüenza. Al verla cayó de rodillas y la abrazó. El lacayo le tendió un sobre con el dinero y le dio instrucciones para que trajese a la niña a la misma hora al día siguiente.

Aquella semana, Laia acudió cada día al palacete de los Pons para convertirse en el pequeño ángel, para jugar con sus juguetes y llevar sus ropas, para responder con su nombre y desaparecer dentro de la sombra de la niña muerta que embrujaba cada rincón de aquella casa triste y oscura. Al sexto día sus recuerdos eran los de la pequeña Margarita, y su existencia pasada se había evaporado. Se había convertido en aquella presencia deseada y había aprendido a encarnarla con más intensidad que la propia difunta. Había aprendido a leer miradas y anhelos, a escuchar el temblor de corazones enfermos de pérdida y a encontrar los gestos y los roces que consolaban lo inconsolable. Sin saberlo había aprendido a convertirse en otra per sona, a ser nada y nadie, a vivir en la piel de otros. Nunca le pidió a su padre que no la llevase a aquel lugar, ni le contó lo que acontecía en las largas horas que pasaba en su interior. El fotógrafo, ebrio de dine ro y alivio, ahogaba su conciencia en la pretensión de una buena obra, de un acto de piedad cristiana. «Si no quieres, no tienes que ir más a esa casa, ¿me oyes? —le decía cada noche su padre al regresar del palacete de los Pons—. Pero les hacemos un bien».

El pequeño ángel se evaporó al llegar el séptimo día. Dijeron que doña Eulalia se había despertado de madrugada y al no hallar a la niña a su lado había empezado a buscarla frenéticamente por toda la casa, creyendo que todavía estaban jugando al escondite. El láudano y la oscuridad la condujeron hasta el jardín, donde creyó oír una voz y encontrar la mirada de un pequeño ángel con el rostro surcado de venas azules y los labios negros de veneno que la llamaba bajo las aguas del estanque y la invitaba a sumergirse en ellas y a aceptar el abrazo helado y silencioso de la tiniebla que la arrastraba y le susurraba: «Madre, ahora estaremos juntas para siempre, como tú querías».

Durante años el fotógrafo y su hija recorrieron ciudades y pueblos de todo el país con su circo de engaños y placeres. A sus diecisiete años Laia había aprendido ya a encarnar vidas y rostros a partir de unos pliegos de papel, de una vieja fotografía, de un relato olvidado o de unos recuerdos que se resistían a morir. A veces su arte servía para resucitar la añoranza de un primer amor secreto y prohibido, y su carne trémula despertaba bajo las manos de amantes ya en retirada, gentes que habían podido comprarlo todo en la vida menos lo que más deseaban y se les había escapado.

Negociantes sobrados de dinero y faltos de vida despertaban, acaso por unos minutos, en el lecho de mujeres que la muchacha había construido a partir de un anhelo secreto, de las páginas de un diario o de un retrato de familia, y cuyo recuerdo los acompañaría el resto de sus vidas. En ocasiones el milagro de su arte alcanzaba tal perfección que el cliente perdía la noción de que se trataba tan solo de una ilusión para nublar sus sentidos y envenenarlos de placer durante unos instantes. Creía entonces el cliente que la muchacha era quien pretendía ser, que el objeto de su deseo había cobrado vida y no quería dejarlo machar. Estaba dispuesto a perder la fortuna o la vida yerma y vacía que había arrastrado hasta entonces por vivir el resto de su ilusión en brazos de aquella muchacha que se encarnaba en aquello que uno más deseaba.

Cuando esto sucedía, y sucedía cada vez más a menudo, porque Laia había aprendido a leer el alma y el deseo de los hombres con tal precisión que incluso su padre sentía a veces que el juego había ido demasiado lejos, ambos huían de madrugada como fugitivos y se ocultaban en otra ciudad, en otras calles, durante semanas. Entonces Laia pasaba los días escondida en la suite de un hotel de lujo, durmiendo casi todo el día, sumida en un letargo de silencio y tristeza, mientras su padre recorría los casinos de la ciudad y perdía la fortuna que habían acumulado en apenas unos días. Las promesas de abandonar aquella vida se rompían de nuevo y su padre la abrazaba y le susurraba que solo habría una ocasión más, un cliente más, y que después se retirarían a una casa junto a un lago donde Laia nunca más debería dar vida a los deseos ocultos de algún caballero adinerado y enfermo de soledad. Laia sabía que su padre mentía, que mentía sin saber que lo hacía, como todos los grandes mentirosos que primero se mienten a sí mismos y luego ya son incapaces de apreciar la verdad aunque les apuñale en el corazón. Sabía que mentía y le perdonaba, porque le quería y porque en el fondo deseaba que el juego continuase, que pronto pudiese encontrar otro personaje al que dar vida y con el que llenar, aunque apenas fuese unos días o unas horas, aquel gran vacío que iba creciendo en su interior y se la comía viva por las noches, cuando esperaba entre sábanas de seda y en suites de hoteles de categoría el regreso de su padre, ebrio de licor y fracaso.

Cada mes Laia recibía la visita de un hombre maduro y de semblante derrotado, al que su padre llamaba el doctor Sentís. El doctor, un hombre frágil que vivía escudado tras unos lentes con los que con fiaba ocultar su mirada de desesperanza y derrota, había visto días mejores. De joven, en años más prósperos, el doctor Sentís había tenido un consultorio de prestigio en la calle Ausias March por el que pasaban damas y damiselas en edad de merecer o de recordar. Allí, abiertas de piernas y tendidas en la sala con techos azules, la crema de la burguesía barcelonesa no tenía secretos ni pudores para el buen doctor. Sus manos habían traído al mundo a centenares de infantes de buen asiento, y sus cuidados y consejos habían salvado las vidas y a menudo las reputaciones de pacientes que habían sido deseducadas para que buena parte de su cuerpo, la parte que más quemaba y latía, guardase más secretos que el misterio de la Santísima Trinidad.

El doctor Sentís tenía las maneras serenas y el tono amistoso y saludable de quien no ve vergüenzas ni sonrojos en las cosas de la vida. Afable y tranquilo, sabía ganarse la confianza y el aprecio de mujeres y muchachas atemorizadas por monjas y frailes de alquiler que no se palpaban las vergüenzas más que en penumbra y a instancias del maligno. Les explicaba sin rubor ni aspavientos el funcionamiento de su cuerpo, y les enseñaba a no sentir pudor alguno ante lo que, según él, no era más que la obra del Señor. Por supuesto, un hombre de talento y éxito, íntegro y honrado, no podía durar en la buena sociedad. más temprano que tarde llegó su hora. La caída de los justos siempre viene de la mano de quienes más les deben. No se traiciona a quienes nos quieren hundir, sino a quienes nos brindan la mano, aunque solo sea para no reconocer la deuda de gratitud que tenemos con ellos.

En el caso del doctor Sentís, la traición llevaba tiempo esperándole. Durante años el buen doctor había asistido a una dama de alta alcurnia que transitaba en un matrimonio sin roce ni casi palabras con un hombre a quien apenas conocía y con quien había yacido dos veces en veinte años. La dama, a fuerza de costumbre, había aprendido a vivir con telarañas en el corazón, pero no se resignaba a acallar el fuego entre las piernas, y en una ciudad donde tantos caballeros gustaban de tratar a sus esposas de santas y de vírgenes y a las de los demás de furcias y busconas no le costó encontrar amantes y peregrinos con los que matar el tedio y recordar que estaba viva, aunque solo fuese de cuello para abajo. Las aventuras y desventuras en lechos ajenos comportaban sus riesgos y la dama no tenía secretos para el buen doctor, que se aseguraba de que sus muslos pálidos y anhelantes no cayesen presa de males y dolencias de escasa reputación. Las pócimas, ungüentos y sabios consejos impartidos por el doctor habían mantenido a la dama en estado de inmaculado ardor durante años.

Quiso la vida, como suele quererlo siempre que tiene oportunidad, que las bondades del médico le fuesen retornadas en hiel y malicia. La buena sociedad de toda ciudad es un mundo casi tan pequeño como su reserva de honestidad, y estaba cantado que llegaría el día maldito en que alguno de aquellos amantes de media hora, por miseria o por despecho, o mejor aún por interés, desvelaría la vida secreta y ardiente de una mujer solitaria y triste ante los ojos afilados de sus compañeras en la envidia. La historia de la puta de medias de seda, apodo con que algún chafardero con ínfulas de literato la bautizó, corrió como sangre caliente por los dimes y diretes de una comunidad que vivía de la maledicencia y el recelo.

Caballeros distinguidos, entre risotadas, se complacían en describir con pelos y señales los encantos de la señora caída en puta de medias de seda, y sus no menos distinguidas y despreciadas esposas murmuraban cómo aquella ramera derribada, que había pasado por amiga suya, había realizado actos innombrables y había corrompido el alma y los bajos de sus esposos e hijos a cuatro patas y con la boca llena, haciendo gala de unas acrobacias lingüísticas que no habían aprendido en sus once años en las aulas del Sagrado Corazón. La historia, que crecía y se tornaba más extravagante cada vez que pasaba de labios, no tardó en llegar al augusto marido de la llamada puta de las medias de seda. Se dijo después que la culpa no la tuvo nadie, que fue por propia elección que la dama dejó la morada familiar, que abandonó sus ropas y sus joyas, que se mudó a un piso frío, sin luz ni muebles, de la calle Mallorca y que un buen día de enero se tendió en la cama frente a la ventana abierta y se bebió medio vaso de láudano, hasta que su corazón se detuvo y sus ojos, abiertos al viento helado del invierno, se quebraron de escarcha.

La encontraron desnuda, sin más compañía que una larga carta que tenía la tinta aún fresca en la que confesaba su historia y culpaba de todo al doctor Sentís, que la había aturdido con sus pócimas y sus taimadas palabras para que se entregase a una vida de abandono y lujuria de la que solo la oración y el encuentro con el Señor a las puertas del purgatorio podían salvarla.

La carta, en facsímil o en extracto de palabra, circuló ampliamente entre las gentes de bien y en cuestión de un mes el libro de visitas del consultorio del doctor Sentís estaba vacío, y su semblante taciturno y tranquilo había pasado a ser el de un paria al que apenas se le entrega una mirada o una palabra. Tras meses de penuria, el doctor intentó buscar empleo en los hospitales de la ciudad, pero ninguno quiso aceptarle porque el marido de la difunta, que de puta de medias de seda había pasado a santa mártir de manto blanco, era hombre de largo alcance y había dado orden y amenaza de que cualquiera que concediese tregua al doctor Sentís iba a unirse a él en el país de los olvidados.

Con el tiempo y la invisibilidad, el buen doctor descendió de las nubes de algodón de la Barcelona pudiente y pasó a habitar el infinito sótano de sus calles, donde centenares de putas sin medias de seda y de almas desheredadas acogieron sus servicios y su honestidad, si no con dineros que apenas tenían, sí con respeto y gratitud. El buen doctor, que había tenido que malvender su consultorio en la calle Ausias March y su chalet en San Gervasio para sobrevivir en los años difíciles, adquirió un piso modesto en la calle Condal, donde moriría muchos años más tarde, feliz y cansado, sin remordimientos.

Fue en aquellos primeros años, en que el doctor Sentís recorría prostíbulos y meublés del Distrito Quinto armado de medicinas y sentido común, cuando se tropezó con el fotógrafo que intentó prestarle, sin cobrar, los talentos de su hija. El fotógrafo había oído que el doctor había perdido a una hija con solo catorce años, de nombre Laia, y que su esposa le había abandonado poco después incapaz de sostener la pérdida que les unía. Quienes le conocían decían que el buen doctor vivía embrujado por la tragedia de la muerte de Laia, a quien no había podido salvar pese a todos sus esfuerzos. El fotógrafo, a quien el doctor había librado de una infección de oído que había estado a punto de costarle la escucha y la cordura, quería corresponderle en especia y estaba convencido de que, estudiando las fotografías y los recuerdos que el doctor guardaba de la muerta, su hija podría devolverla a la vida y devolverle al doctor, si cabe por unos minutos, lo que más había querido en el mundo. El doctor declinó la oferta, pero trabó cierta amistad con el fotógrafo y acabó por convertirse en el médico de su hija, a la que visitaba cada mes y a la que mantenía a salvo de las enfermedades y males propios de su profesión.

Laia adoraba al doctor y anhelaba sus visitas. Era el único hombre que conocía que no la miraba con deseo ni proyectaba en ella fantasías sin remedio. Podía hablar con él de cosas que nunca hubiera mencionado a su padre y podía confiarle sus temores e inquietudes. El doctor, que nunca juzgaba a sus pacientes ni las ocupaciones que la vida había elegido para ellos, no podía ocultar el reparo que le producía el modo en que el fotógrafo vendía los mejores años de su hija. A veces le hablaba de la hija que había perdido, y ella sabía sin necesidad de que nadie se lo dijera que era la única a quien el doctor confiaba sus secretos y sus recuerdos. Íntimamente, ella deseaba poder tomar el lugar de la otra Laia y convertirse en la hija de aquel hombre triste y bondadoso, y abandonar al fotógrafo, al que la codicia y la mentira habían acabado por convertir en un extraño que caminaba con las ropas de su padre. Lo que la vida le había negado se lo otorgaría la muerte.

Al poco de cumplir los diecisiete años, Laia, supo que estaba embarazada. El padre podía haber sido cualquiera de los clientes que a razón de tres por semana sostenían las deudas de juego del fotógrafo. Al principio Laia ocultó el embarazo a su padre y urdió mil excusas para, durante los primeros meses, evitar las visitas del doctor Sentís. Corsés y el arte de que los demás viesen en ella lo que querían ver hicieron el resto. Al cuarto mes de embarazo uno de sus clientes, un médico que había sido rival del doctor Sentís y que ahora había heredado buena parte de sus pacientes, advirtió la circunstancia en el transcurso de un juego en el que Laia, esposada de pies y manos, se sometía a un cruel reconocimiento a manos de un doctor al que los gemidos de dolor de sus pacientes le calentaban el espíritu. La dejó sangrando desnuda sobre la cama, esposada, donde la encontró su padre horas después.

Al descubrir la verdad, el fotógrafo prendió en pánico y se apresuró a llevar a su hija a una mujerona que practicaba malas artes en un sótano de calle Aviñón para que se deshiciera del noble bastardo que llevaba en las entrañas. Rodeada de velas y cubos de agua maloliente, tendida en un camastro sucio y ensangrentado, Laia le dijo a la vieja bruja que tenía miedo y no quería hacer daño a la criatura inocente que llevaba en el vientre. Al asentimiento del fotógrafo, la bruja le dio a beber un líquido verdoso y espeso que nubló su entendimiento y rindió su voluntad. Sintió que su padre la sujetaba por las muñecas y que la bruja le separaba los muslos. Sintió algo frío y metálico abrirse camino en sus entrañas como una lengua de hielo. Delirando, creyó oír el llanto de una criatura que se retorcía en su vientre y le suplicaba que la dejase vivir. Fue entonces cuando la explosión de dolor, de mil cuchillas royéndole las entrañas, de fuego quemándola por dentro, se apoderó de su ser y le hizo perder el conocimiento. Lo último que pudo recordar fue que se sumergía en un pozo de sangre negra y humeante y que algo, o alguien, tiraba de sus piernas.

Despertó en el mismo camastro bajo la mirada indiferente de la bruja. Se sentía débil. Un dolor sordo y ardiente le consumía el vientre y los muslos, como si todo su cuerpo fuese una cicatriz en carne viva. Su mirada febril se encontró con la de la bruja. Preguntó por su padre. La bruja negó en silencio. Perdió de nuevo el sentido y cuando volvió a abrir los ojos supo que estaba amaneciendo por la claridad que se filtraba desde un ventanuco que daba a ras de calle. La bruja estaba de espaldas a ella, preparando algún mejunje que olía a miel y alcohol. Laia preguntó por su padre. La bruja le tendió una taza caliente y le dijo que bebiese, que se sentiría mejor. Bebió y el bálsamo cálido y gelatinoso calmó ligeramente la agonía que le roía el vientre.

—¿Dónde está mi padre?

—¿Ese era tu padre? —preguntó la bruja con una sonrisa amarga.

El fotógrafo la había abandonado, dándola por muerta. Su corazón había dejado de latir durante dos minutos, explicó la bruja. Su padre, al verla muerta, había echado a correr.

—Yo también creía que estabas muerta. Pero un par de minutos después abriste los ojos y volviste a respirar. Date por afortunada, niña. Alguien en lo alto debe de quererte mucho, porque has vuelto a nacer.

Cuando Laia reunió fuerzas para ponerse en pie y acudir al hotel Colón, en cuyas habitaciones habían vivido durante tres semanas, el recepcionista le informó de que el fotógrafo se había marchado un día antes sin dejar señas. Se había llevado toda su ropa y tan solo había dejado atrás el álbum de fotografías de Laia.

—¿No dejó ninguna nota para mí?

—No, señorita.

Laia pasó una semana buscándole por toda la ciudad. Nadie había vuelto a verle por los casinos y cafés en los que era habitual, aunque todos le recordaron que le dijese, si le veía, que acudiese a saldar sus deudas y cuentas pendientes. A la segunda semana supo que no volvería a verle y, sin hogar ni compañía, acudió al doctor Sentís, que al verla supo al instante que algo andaba mal e insistió en reconocerla. Cuando el buen doctor comprobó el daño que la vieja bruja había causado en las entrañas de la muchacha se deshizo en lágrimas. Aquel día el hombre recuperó una hija y Laia encontró, por primera vez, a un padre.

Vivían juntos en el modesto piso del doctor en la calle Condal. Los ingresos del médico eran mínimos, pero fueron suficientes para matricular a Laia en una escuela de señoritas y mantener la ficción de que todo iba a salir bien durante un año. La avanzada edad del doctor y algún descuido en las dosis de éter con que, a escondidas, intentaba paliar el dolor de su existencia, habían hecho mella en él. Sus manos empezaban a temblar y estaba perdiendo la visión. El hombre se apagaba y Laia dejó la escuela para cuidarle.

Con la vista, el buen doctor empezó a perder también la noción de las cosas y a creer que era su verdadera hija, que había regresado de entre los muertos para cuidarle. A veces, cuando le sostenía en sus brazos y le dejaba llorar, Laia también lo creía. Cuando los escasos ahorros de él se agotaron, Laia se vio forzada a desenterrar sus artes y volver al ruedo.

Libre de las ataduras de su padre, Laia descubrió que sus facultades se habían multiplicado. En apenas unos meses los mejores establecimientos de la ciudad se peleaban por sus servicios. Se limitaba a un cliente por mes, al más alto precio. Durante semanas estudiaba el caso y creaba la identidad de la fantasía que iba a encarnar por unas horas. Nunca repetía con un cliente. Nunca desvelaba su verdadera identidad.

Corrió la voz en el barrio de que el viejo doctor vivía con una joven de belleza deslumbrante, y de entre tinieblas y rencores resurgió su antigua esposa, que tras años de abandono quiso volver al hogar para terminar de amargar la vejez de un hombre que ya no veía ni recordaba y cuya única realidad era la compañía de una muchacha a la que tomaba por su hija muerta, que le leía libros viejos y le sostenía en sus brazos llamándole, y sintiéndole, padre. La señora Sentís consiguió, con la ayuda de jueces y policías, echar a Laia de la casa y, casi, de la vida del doctor. Encontró refugio en una institución regentada por una antigua profesional de la alcoba, Simone de Sagnier, y pasó unos años intentando olvidar quién era, intentando olvidar que el único modo de sentirse viva era dando vida a otros. Por las tardes, cuando se lo permitía la esposa del doctor, Laia acudía a recogerle a su piso de la calle Condal y se lo llevaba de paseo. Acudían a lugares y jardines que él recordaba haber compartido con su hija, y allí, Laia, la Laia que él recordaba, le leía libros o le refrescaba recuerdos que no había vivido pero que había hecho suyos. Pasaron así casi tres años en que el viejo doctor Sentís se iba apagando semana a semana, hasta aquel día de lluvia en que yo la seguí hasta el domicilio del doctor y Laia recibió la noticia de que su padre, el único que había tenido, había muerto aquella noche con su nombre en los labios.

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