Desempolvando la esperanza – Gabriel Valdovinos Vázquez 

¡Me da gusto encontrarte de nuevo! Apenas al abrir esta caja y ver el envoltorio de periódico y plástico más grande, me imaginé que eras tú. 

Bien recuerdo que nos quedamos platicando largo rato en los primeros días de este año, antes de guardarte aquí. 

Aún con el buen sabor de boca por los sencillos platos y espirituosas bebidas, pero sobre todo por los gratos momentos, los fuertes abrazos, los sinceros apretones de mano, la cercanía en las fotografías, los amontonamientos a la hora de repartir los bolos y el pastel; o al tirarse al suelo en pos de las golosinas que llovían a raudales al romper las ollas de las piñatas. 

Momentos de cercanía sin censura, abrazos libres de riesgo, sonrisas sin cubrebocas, saludos sin gel anti bacterial, un cálido y reconfortante beso en la frente en vez de un frío y amenazante termómetro infrarrojo. 

Corazones rebosantes, barrigas también. Proyectos promisorios, propósitos elevados, retos inspiradores… 

Hoy con gran apatía, con más sumisión que emoción, ayudo a mi esposa a preparar y reparar los adornos decembrinos que por enésimo año reutilizaremos en nuestro hogar. 

Muchas lucecitas ya no encienden. Y así, tantas ilusiones han ido perdiendo fulgor hasta apagarse. 

Varios pastorcitos ya no están. Ausentes que se cuentan por miles. Vacíos insustituibles. Hijos y esposas que inesperadamente se convierten en huérfanos y viudas. 

Al burro se le rompió una pata. Y no hay ni quien se la reconstruya. A tratar de sobrevivir con la escases por ungüento y el sufrimiento por vendaje. 

Los rebaños de borregos y las parvadas de patos están menguadas. Las economías se desgajan para gozo de unos cuantos y angustias de muchos austeros bolsillos. 

Las ollas y las cazuelas de las pastorcitas están vacías. Los zarzos con telarañas de tanto estar sin nada. Las despensas flacas y las comidas más espaciadas. Las tortillas, los frijoles y los “blanquillos” caros como el oro. Las carnes, las frutas y las verduras, solo pa los “fifís”.

La panadería huele a abandono, el taller del alfarero y la carpintería de la aldea cerraron; los artesanos andan pidiendo caridad. 

Los jornaleros trabajan la tierra, pero no encuentran quien les compre los frutos de sus cosechas. 

Se fundió el foquito rojo del infierno. Qué bueno, al fin que ya ni encuentro al “chamuco”, y no pienso salir a comprar otro. 

Todo es incertidumbre, desconsuelo y confusión. 

Veré qué puedo arreglar. Casi nada, creo. 

Por eso hago este recuento contigo, para dejarte a ti esta “chambita”, habilidoso artesano y laborioso carpintero. Tú has sido el siempre presente, jefe, guía, modelo y protector de toda esta aldea desde hace más de dos mil años. 

A ti te encomiendo que todo luzca bello, resplandeciente y esperanzador en estas fechas y para siempre, gran Patriarca de la Familia de Nazaret.

Sobre el autor

Autor de los libros Jubileo, Destellos Desafíos y Naufragios. Colabora en diversas revistas de España, Estados Unidos de América, México, Perú y Argentina. Escribe narraciones cortas, sobre temas sencillos y cotidianos. Pretende llevar al lector, a través de la magia de las palabras, a paraísos maravillosos ubicados en nuestro entorno o en nuestros recuerdos y habitado por seres extraordinarios con los que vivimos todos los días.

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