Ese futuro posible | M. R.

Si tuviera que definir mi vida con palabras, no sería muy difícil comenzar. Siendo honesta, podría enumerar una lista interminable de sinónimos que podrían describirla, pero ninguno de manera exacta.

“Lista” e “inteligente” fueron unas de las primeras palabras con las que me definieron. Aun sin conocerme, mis padres ya tenían escrito un camino, el que consideraron mejor para mí, sin saber que esas dos simples palabras crearían un peso difícil de cargar.

Siempre fui una chica con escasa autoestima; mis relaciones amorosas se resumen a unas cuantas. Nunca encajé en el prototipo de chica por la que, comúnmente, los chicos se sienten atraídos. Desde secundaria, mi círculo de amigas siempre estuvo repleto de chicas bonitas; desde hermosas chicas con cabellos rizados, hasta rubias con cabello largo y lacio de estatura pequeña, todas con una encantadora imagen que representaba el perfecto ejemplo de una mujer… de una chica popular.

Desde ese momento las inseguridades me atacaron. ¡Todas eran despampanantes! No había duda de ello y fue inevitable que la comparación se hiciera presente. Aun cuando intentara no hacerlo, porque desde mi perspectiva, yo no era nada de aquello. Nada.

La palabra “bonita” nunca había estado junto a mi nombre en alguna oración. Al final yo no era bonita, ni sociable, ni llamativa. No era perfecta.

Jamás, en todo mi paso por preparatoria, hubo alguna confesión; nunca tuve un enamorado, ni siquiera una carta de amor y por mucho que ese tipo de cosas me parecieran superficiales y sin sentido, quizá, solo quizá, me hubiese conformado con un poco de aquello: alguna palabra, alguna mirada, un suspiro, cualquier cosa que me hiciera entender que yo no era un número ajeno a toda esa ecuación.

Siempre fui testigo de esos pequeños detalles hacia mis amigas: miradas, cumplidos, palabras bonitas. Nunca recibí nada parecido, pero los escuchaba hacia todas ellas.

 Con el paso del tiempo y junto con una solicitud de amistad, apareció un chico. Jamás lo había visto, pero al parecer teníamos un amigo en común. Se presentó de la manera más extraña que pudiera esperar, con palabras bonitas cada dos por tres, cumplidos, dedicatorias, etc. Todo eso de lo que fui testigo tiempo atrás ahora iba dirigido a mí. Y como era de esperar, saltaron las dudas. Hablamos por cerca de dos años a través de mensajes. Dos años en los que me di cuenta, como si fuera una nueva revelación, una aceptación a un hecho que no podía controlar (y que francamente no me importaba aceptar), que él era lo que yo buscaba. Supe que sólo quería mantenerme cerca de él. Lo que eso pudiera significar o a dónde podría llegar aquello, realmente me tenía sin cuidado. Así comenzó una pequeña amistad hasta que llegó el día en que no pude evitar la propuesta para salir y con ello salieron a relucir esas antiguas inseguridades, otra vez. ¿Como era posible eso? ¿Por qué no, simplemente, se conformaba con las pláticas a través de mensajes? Yo no me consideraba lista, linda o agradable. ¿Qué va a pasar si lo que ve no es lo que esperaba?, ¿qué va a pasar cuando se dé cuenta que mi verdadero yo dista mucho, quizá, de la imagen que se generó en su cabeza?

Hay decisiones con el poder suficiente para romper un corazón y yo no me sentía preparada para eso, le tenía pavor al rechazo, a su rechazo.

Llegue al punto de encuentro asustada, nerviosa, esperando lo peor. No sabía a quién buscar porque jamás lo había visto. Mi vista viajo por toda la estación buscando algo o alguien, intentando encontrar a una persona, quizá igual de nerviosa que yo, igual de asustada, igual de insegura. Y ahí, entre toda la multitud de personas, destacó ese alguien: un chico con lentes de pasta gruesa, de estatura promedio, vestido con un suéter a rayas y un gorro negro. No estaba segura, pero algo me decía que era él. Por un momento me sentí emocionada, como cuando esperas algo por mucho tiempo y al final lo obtienes, pero después todo eso se fue abajo, las inseguridades fueron más fuertes que la emoción y me escondí, me coloqué tras uno de los pilares de la estación, no sabía qué hacer, entré en pánico, quería huir, pero no lo hice.

En este punto puedo asegurar que quedarme a pesar del miedo fue la mejor decisión que pude tomar. En mis escasos veintitrés años jamás había experimentado una cita como tal. Quizá en mis antiguas relaciones no fui merecedora de una, no lo sé. De lo único que estoy segura es que él me dio todo eso y más: los detalles, las cartas, los abrazos, las palabras bonitas. Todo era para mí y no podía creerlo. No creía merecerlo. No creía merecer a ese extraordinario ser humano que era él.

Hablamos del pasado, del presente y del futuro; de memorias y anécdotas. Jamás había hablado tanto con, hasta ese momento, un desconocido para mí.

El tiempo pasó. Con altibajos, la relación funcionó, y así todo fue por buen camino durante siete años.

Hace algunos meses esa relación de siete años terminó. Todo en común acuerdo. Aún había cosas del pasado que debíamos sanar y que nos dañaban a ambos. La vida ocupa hacerle resistencia y eso es algo que debo aprender. Terminamos con la promesa de, si en un futuro nos volvemos a encontrar, poder continuar un camino juntos, sin miedos, sin inseguridades; amándonos como desde hace mucho, porque a veces, incluso los amores que se creen más grandes, se acaban.

Todavía tengo la esperanza de escuchar un «te amo» salir de su boca. Eso es todo lo que quiero escuchar. Esas simples palabras que fueron privadas para mí por tanto tiempo, como si fueran prohibidas, como si no las mereciera.

Sé que ambos nos complementamos perfectamente y la vida nos cruzó en el momento adecuado. Huir y esconderme ya no es necesario, porque ahora todo lo que necesito es avanzar, seguir y moverme, pero junto a él. Espero de todo corazón, ese futuro sea posible.

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