Lo que el viento se llevó: la novela detrás de la película, por Luis Carranza Torres

Artículo original

«Lo que el viento se llevó» —Gone with the Wind, en su título original— fue, antes de la película que todos conocemos, una novela de éxito. Escrita por Margaret Mitchell, se trata acaso de uno de los primeros “best sellers” antes que el término se impusiera. Su adaptación al cine solo trasladó a la gran pantalla, dio voz e imagen a lo que era ya un ícono cultural desde la literatura. 

La vida de su autora, Margaret Mitchell, en más de un sentido encuentra coincidencia con la rebeldía de su personaje insigne: Scarlett O’Hara. En la conservadora Atlanta, en el aun más tradicional Estado de Georgia, fue una de las mujeres que se volcó a tener una profesión antes que una casa con marido. 

El  Atlanta Journal la contaba desde 1922 en su plantilla. Compradora en el carácter, podía también ser decidida, era algo baja y miraba todo con ojos minúsculos y escudriñadores. Peggy, como la llamaban amigos y familia, era dinámica, se permitía llevar pantalones en la redacción en una época de invariable falda para las mujeres y asombraba a todos por la calidad de sus crónicas, entre llas se destacan un reportaje llevado a cabo en el lomo de un elefante y conseguir la entrevista imposible con el ídolo de la época, Rodolfo Valentino.

Por todo ello, no solo era de las pocas mujeres periodistas por ese tiempo, sino una de las primeras que tuvo una columna en un diario importante del sur de los Estados Unidos. 

Su obra cumbre, como suele pasar en la literatura, se le ocurrió del modo más impensado. Mientras debía reposar por una fractura de tobillo, la historia le vino a la mente y comenzó a escribirla. Su segundo marido, John Marsh, le había aconsejado escribir uno, luego de terminar de leer, en el tedio de la inmovilidad, los muchos libros de historia que él debía traerle de la biblioteca pública.

Cabe destacar que era un hombre mucho más potable que su antecesor en el cargo: Berrien «Red» Upshaw, un encantador atleta y también contrabandista con el que contrajo enlace en 1922 y cuyo matrimonio apenas llegó a los dos años.

Mucho más tranquilo, devoto de la ley y más educado, John había sido el padrino de su primera boda. Casados en 1924, las bodas de Margaret levantaban en la sociedad sureña de Georgia tantos comentarios como las actitudes de Scarlett en la novela todavía por escribirse.

Tipió la trama que iba a convertirse en ícono y leyenda en una máquina de escribir Remington, volcando en ella su vasto conocimiento respecto a la Guerra Civil estadounidense y condimentándolo con algo del drama que había sentido en la propia piel durante su vida. 

Sureña hasta la médula, Margaret se había criado escuchando historias sobre el conflicto de sus mayores, de los sinsabores de la guerra y de ese Viejo Sur que dejó de existir luego de tal conflagración. Varias veces su madre la había llevado a ver las viejas plantaciones, otrora prósperas y ahora en ruinas, para demostrarle que nada es eterno y hasta lo más próspero y al parecer bello puede desaparecer en un instante. 

 Recordaría a tales palabras por siempre: “Mi madre dijo que mi propio mundo explotaría bajo mis pies algún día. Y que Dios me ayudase si no tenía armas para enfrentarme al nuevo mundo. La fuerza de las manos de las mujeres no vale nada, pero lo que tienen en sus mentes las llevará todo lo lejos que necesiten”. Fue la idea que flota a lo largo de toda la obra, desarrollada golpe a golpe de las teclas de la máquina de escribir.

El tobillo sanó antes de concluir el tipeado y Margaret se reintegró a sus muchas ocupaciones en 1929 sin terminarlo.  Debió pasar más de un lustro, hasta después de 1935, en una visita del editor Harold Macmillan Latham a la ciudad de Atlanta en tren de caza literaria de nuevos autores. Una amiga de la periodista y antigua colaboradora del editor, Lois Cole, los presentó. Macmillan quedó encantado con su personalidad e ideas, ofreciéndole que le hiciera llegar cualquier libro que escribiera. Pero no fue tal ofrecimiento, sino el desafío de un colega que se burló de la posibilidad de que ella escribiera  algo, lo que la llevó a enviarle su manuscrito. 

No por casualidad, Margaret era tan reactiva en su personalidad como Scarlett. Para entonces, el conjunto de hojas tipeadas que componían el libro pasaba de las mil y Macmillan debió comprar otra valija para llevárselo. 

Como suele pasar con las personas impulsivas, la periodista se arrepintió de haberlo entregado. Le envió entonces al editor un telegrama pidiéndole el escrito, aún incompleto. Pero para entonces, Macmillan se había enganchado con la trama y sabía que tenía un éxito en las manos. A medio terminar, claro está. No era mucho el texto que faltaba por escribir, pero sí vital para cerrar la obra. Entre otras partes, no tenía esa primera versión el capítulo inicial. Y el personaje de esa muchacha rebelde se llamaba todavía “Pansy” y no Scarlett, un horror denominativo que su flamante editor le demandó modificar.

No por nada, Harold era uno de los editores más sagaces de Estados Unidos. Sabía bien cómo tratar con un autor inseguro. Tras consultar con el Jefe del Departamento de Literatura inglesa de la Universidad de Columbia sobre la obra, envió a la periodista por correo un jugoso cheque en calidad de anticipo del pago por los derechos de autor por quinientos dólares, para ser cobrado por ventanilla tan pronto le asegurara que completaría la novela. Mitchell dejó su actitud remisa de lado, tal como pensó el editor; pasó por el banco y firmó el contrato a mediados de 1935. 

Se tenía la expectativa de tenerlo listo para octubre de 1935. una carrera contra el tiempo para Margaret, que estuvo jalonada de dudas y escollos varios: con la inseguridad propias de cierto tipo de autor, la periodista modificaba detalles nimios, cambiaba nombres, pasaba de un título a otro y pedía prórrogas para la entrega. 

Con amabilidad y firmeza, Macmillan la apresuró tanto como pudo. Cada vez más personas en el mundo editorial preguntaban por ese libro que no terminaba de acababarse. Que el viejo león de las novelas estuviera tan detrás de un proyecto, concitaba más y más interés. No era usual que se mostrara tanto despliegue alrededor del libro que tendría más de mil páginas, con el costo de edición que ello traía aparejado.

Harold se hacía el disimulado los días pares y cerraba pingües negocios en los impares, como brindar información sobre el producto a los estudios de cine o cerrar un acuerdo para que el Club Mensual del Libro, quizás el más importante de los servicios de suscripción de libros de la época, lo incluyera en su catálogo, con un pedido inicial de más de cincuenta mil ejemplares.

Al fin, la novela se concluyó en marzo de 1936. Harold suspiró con alivio y, tres meses después, se editada su primera edición. Tal como Macmillan Latham estimaba, fue un éxito de proporciones. Las ventas se elevaron aun más de los ejemplares reservados cuando la novela empezó a circular y ser leída. Para la Navidad de 1936 tal cifra había superado el un millón de copias, sin dar muestras de atenuarse. 

La novela estuvo 21 semanas en el primer puesto del prestigioso Book Review del diario The New York Times. Al año siguiente ganó el Premio Pulitzer en la categoría de Novela y el National Book Award. A un año de publicada, sus ventas superaban el millón y medio de ejemplares. Para un público lector que había padecido la Gran Depresión, la trama de resiliencia y supervivencia ante la adversidad, más la heterodoxa historia de amor entre sus protagonistas, los hizo adoptar la historia rápidamente. Aun cuando el tiempo pasaba, las librerías no dejaban de llamar a la editorial de Macmillan para pedir nuevos ejemplares. 

No faltaba mucho para su ingreso al mundo del cine. Antes de ser publicada la primera edición, en mayo de 1936, el productor cinematográfico David O. Selznick compró los derechos para llevar a cabo una película basada en la novela. Selznick no era particularmente entusiasta al respecto, de hecho ni había leído la novela, pero sí una de sus editoras de historias de mayor confianza: Katharine «Kay» Brown Barrett, a quien se le hizo llevar una copia de la obra por salir. 

Su leal y cercana colaboradora veía allí un éxito y Selznick se rendió a ello. Sabía que ella tenía esa intuición especial para detectarlos, de ver el oro donde todos los demás solo percibían arena. Lo había probado varias veces, por caso en 1928 luego que Radio Corporation of America adquiriera la RKO, cuando adquirió los derechos de la novela del oeste de Edna Ferber, Cimarron, por la cifra récord de 125.000 dólares. Lo que parecía una demencia se transformó en una película que recaudó mucho más; fue un sonoro triunfo de taquilla y se llevó el premio de la Academia a mejor película de 1931. 

Por eso, apenas salida la primera edición, el 6 de julio de 1936, Kay, actuando en nombre y representación de Selznick, adquirió los derechos cinematográficos de la obra extendiendo un cheque de 50.000 dólares, otra cifra récord para tales operaciones en la época.

El resto, es un clásico del cine. 

Sobre el autor

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Escritor.

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