El tiempo del molino de Misia, Olga Tokarczuk

La gente piensa que vive con más intensidad que los animales, las plantas y, especialmente, las cosas. Los animales sienten que viven más intensamente que las plantas y las cosas. Las plantas sueñan que viven más intensamente que las cosas. Pero las cosas duran, y este durar es más vivo que cualquier otra cosa.

El molino de Misia surge porque las manos de alguien combinaron madera, porcelana y bronce en un objeto único. La madera, la porcelana y el bronce materializaron la idea del molino. Moler granos de café y echar agua hirviendo después. No hay nadie a quien se pueda atribuir la invención del molino; porque crear es solamente recordar lo que ya existe más allá del tiempo, en otras palabras, desde el principio de los tiempos. El hombre es incapaz de crear de la nada: esa es una facultad divina.

El molino tiene una panza hecha de porcelana blanca y en la panza, una abertura donde un cajoncito de madera almacena los frutos de su trabajo. La panza está cubierta por un sombrero de bronce, con una manija que termina en un pedacito de madera. El sombrero tiene un hoyo que se cierra, donde se vierten los granos de café con su golpeteo.

El molino fue producido en el taller de alguna fábrica para terminar en la casa de alguien, donde cada mañana se muele café. Unas manos, cálidas y vivas, lo sostuvieron. Lo apretaron contra los pechos de alguien, donde bajo manta o franela latía un corazón. Luego el ímpetu de la guerra lo trasfirió desde su lugar seguro en la repisa de la cocina hasta una caja con otros objetos, dentro de maletas y bolsas y hasta los carros del tren en el que la gente se alejaba en una huida plagada del pánico ante una muerte violenta. Como las demás cosas, el molino absorbió toda la confusión del mundo: imágenes de trenes baleados, arroyos de sangre estancados, casas abandonadas mientras un viento diferente jugaba con sus ventanas año con año. Absorbió la calidez de los cuerpos enfriándose y la desesperación al abandonar lo familiar. Las manos que lo tocaron lo rozaron con una cantidad inconmensurable de pensamientos y emociones. El molino los aceptó, porque todo tipo de materia tiene esta capacidad: aprehender aquello que es efímero y transitorio.

Michal lo había encontrado muy lejos en el este y lo había escondido en su mochila del ejército como botín de guerra. Esa tarde, cuando los soldados hicieron una parada para pasar la noche, había olfateado su cajoncito: olía a seguridad, a café, a hogar.

Misia sacó el molino afuera, a la banca en el frente de la casa, y le dio vueltas a la manija. El molino funcionó ligero, como si jugara con ella. Misia observó el mundo desde la banca mientras el molino giraba y molía un espacio vacío. Pero un día, Genowefa echó un puñado de granos negros y le pidió que los moliera. Entonces la manija no giró con suavidad. El molino se atoró, y lenta, sistemáticamente, empezó a trabajar y a crujir. Ya no estaba jugando. Había tanta seriedad en la labor del molino que nadie se hubiera atrevido a pararlo. Todo se convirtió en moler. Y luego el molino, Misia y el mundo entero se unieron en la fragancia del café recién molido.

Si a un objeto lo observas de cerca con los ojos cerrados para evitar que las apariencias que las cosas exudan a su alrededor te engañen, si te permites ser desconfiado, podrás ver su rostro verdadero, al menos por un momento.

Las cosas son entes empapados de otra realidad donde no hay tiempo ni movimiento. Sólo es posible ver su superficie. El resto, escondido en otra parte, define la importancia y el significado de cada objeto material. Un molino de café, por ejemplo.

El molino es justo una pieza de material impregnada del concepto de moler.

Los molinos muelen, y es por eso que existen. Pero nadie sabe lo que el molino significa en general. Quizá el molino sea una partícula proveniente de una ley de transformación total, fundamental; una ley sin la cual este mundo no giraría o sería totalmente distinto. Quizá los molinos de café sean los ejes de la realidad alrededor de los cuales todo gira y se desenrosca, quizá sean más importantes para el mundo que la gente. Y quizá ese molino único de Misia sea el pilar de lo que llamamos Primigenio.

El tiempo de Dios, Olga Tokarczuk. Anagrama.

Traducción de Ester Rabasco Macías, Bogumiła Wyrzykowska

Sobre la autora

Olga Nawoja Tokarczuk es una escritora y ensayista polaca, autora de adaptaciones escénicas, poeta y psicóloga. Ganadora del Premio Literario Nike de literatura polaca y del Premio Nobel de Literatura de 2018 anunciado el 10 de octubre de 2019.​

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