Mes diez después de ti – Ernesto Pérez Vallejo

Si perdonar es olvidar, te pido perdón si nunca acepto tus disculpas. Hablo en el hipotético caso de que, un día cualquiera, aparezcas con el arrepentimiento entre los labios y dices perdón con la boca pequeña, como cuando pedías un segundo helado. Hace unos meses quería borrarte de mi vida, tener la capacidad de destruir tus recuerdos. Que existieras era un lastre, un peso enorme e invisible que viajaba conmigo. Era duro llevarte a cuestas y no poder tocarte, jodido aceptar tu compañía sin que hicieras acto de presencia, un fracaso sin medidas que estuvieras sin estar, que vivieras sin vivirme y que murieras sin matarme.

Sin embargo, ahora creo que no necesito olvidarte, es más, pienso que hacerlo sería como arrancar el mejor capítulo del libro de mi vida. Luego, al leerme sin esas páginas, ni siquiera sabría lo que es la verdadera felicidad. Y tampoco lo que es estar en el más profundo infierno. Y ambas cosas son necesarias. Quiero saber quién soy y es indudable que para llegar a ese conocimiento tengo que decir tu nombre en voz alta. Que para saber de dónde vengo es más importante hacer mención a tu cintura que a mi barrio, que para tener cierta idea de dónde quiero estar tengo que cerrarte las piernas en los huecos de mi memoria donde aún perviertes a la lluvia.

Te necesito, necesito tu peso invisible y tu adiós sin portazo, tu ausente compañía y tu maleta de ruedas girando la curva que cerraba una vida, tu vivir sin matarme y mi morir sin vivirte. Necesito que existas, saber quién fuiste para que el puto espejo del baño me diga quién soy. Y, sobre todo, me diga por qué.

Y no, no podría nunca aceptar tu perdón, porque no es sólo que no quiera olvidarte, es que ni siquiera podría. 

Sobre el autor

Ernesto Pérez Vallejo nació en 1979. Vive en un pueblo pequeño de Cádiz: Campamento-San Roque. Escribe desde muy pequeño para salir ileso. Canta mal y en la ducha, no sabe tocar ningún instrumento, ni hacer muñecos graciosos con plastilina. Le gusta el mar desde fuera y el amor desde muy dentro. Su superhéroe favorito es su padre, su color preferido, el azul daltónico. De mayor siempre quiso ser hombre y a veces cree que está a punto de conseguirlo. Sueña siempre pero solo lo recuerda si son sueños eróticos. Le gusta Bukowski, con él aprendió lo amplia que puede ser la literatura y lo fácil que es amarla lejos de los colegios. Odia las multitudes, el exceso de poder y de maquillaje, la música alta en los coches, cualquier guerra que no sea de almohadas, cualquier almohada que no sea compartida. Pero sobre todo, odia odiar. Ama la vida. Piensa que hay pocas cosas más crueles que la duda y también duda de eso. Si alguien le preguntara, hoy o mañana, qué es lo que más le sorprende del mundo, diría sin pensarlo dos veces: Que alguien se detenga a leerme. Así que, en su nombre, otra vez, gracias por la sorpresa.

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