Náufrago – Paulina Mora

Me encuentro en esta playa desolada, sola, aferrándome a una idea, a una simple idea, plana y sin acertijos: que eres como el mar. Un inmenso vacío, un abismo en el que me adentré por propia voluntad y que terminé ahogándome hasta el cuello para solo percibir sal en mis ojos. Eres como un misterio, de esos a los que me empeñé en resolver y poco comprendí que no tenía que solucionarte, sino que solamente tenía que entenderte, abrazar esas inseguridades y prometerte una isla para nosotros dos, lo que no te dije fue que también quería una isla para mí sola y quizás, para otros acompañantes.

Nunca fui sincera contigo, no te dije lo que anhelaba o lo que realmente deseaba, me dejé llevar por tu oleaje; primero me mojaste los pies poco a poco mientras aún me encontraba en la arena, incitándome a entrar, a conocerte, me tocabas lentamente pero sin espantarme, me mostrabas las maravillas que podías hacer con la frescura de tu orilla, y entonces, decidí entrar de lleno a lo desconocido, nadé sin tocar el fondo pero siempre con tu mano como mi acompañante, aún podía ver la arena de la orilla, eso me daba seguridad de seguir y seguir y seguir hasta encontrarme perdida, ser un náufrago en todo lo azul, enamorarme perdidamente de todo lo que tenías para enseñarme: dónde colocar la pierna, dónde suspirar, dónde besar, dónde amar.

Algo me jalo al fondo, sentí los arañazos, escuché las voces, saboreaba la sangre y ya no eras tú el que me mecía, era la indiferencia, eras tú con otro rostro, con otras intenciones, de quererme siempre pero de alguna forma ya no me querías en tu hábitat, comenzaste a visitar otras playas y no te culpo, porque quizá yo te empujé a eso. Me vestí de barco para salvarme, para que me extrañaras un tiempo y funcionó, pero ya no te quería como el capitán, sino como un simple navegante, que pudiera ir y venir a su antojo, siempre y cuando yo le permitiera el paso.

Me miro los lazos, la vela, he perdido el rumbo y me perdí en un océano que desconozco, y te extraño, extraño tu calma, tu furia en la cama, tu mano en la madrugada, la cantidad de preguntas que llegaste a resolver y que hoy te veo de lejos con uno de esos cachivaches que solo me muestran lo feliz que eres sin mí, y te deseo toda la felicidad, la paz, la calma que alguien pueda darte y que nadie te la quite, que ni siquiera yo sea capaz de arrebatártela.

Por eso no me permito entrar como un salvavidas a tu mar, me he prohibido con la bandera roja que ahí ya no puedo navegar, nadar, naufragar, ni inmiscuirme a una existencia a la que ya no quiero ni puedo pertenecer.

Pero eso no significa que no añore algún día, permitir sentarme en la arena mojada, saborear la sal en mi lengua, alargar mi mano hasta mojarme, y ojalá, algún día, mi precioso mar me dejes entrar como un extraño o como una vieja amiga a explorarte de nuevo con este amor que he creado entre aguas.

Paulina Mora

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