De haber estado aquí, el silencio no me mataría de ruido | Joel Estrada

Me levanté temprano, preparé café, un par de tostadas y huevo; lavé todos los trastes sucios del fregadero y los puse a escurrir; limpié la barra, la alacena y vacié la basura; acomodé los trastes secos y me preparé otro café. Por la tarde, para comer, preparé arroz con guisantes, pechugas a la plancha y patatas cocidas. La cena únicamente fue una manzana picada, bañada en miel, un tazón pequeño de avena con yogurt griego natural y un té de jengibre y limón.

Regresando a la habitación me senté sobre la cama con las piernas cruzadas y me dispuse a leer. Alcancé el tomo XIX de la Colección de Sigmund Freud y lo cogí. Abrí el libro casi por la mitad, justo donde señalaba el separador. Leí “Una neurosis demoníaca en el siglo XVII” y “La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis”, antes de bajar por una cerveza. Eran alrededor de las tres con treinta y tres de la madrugada. Lo recuerdo porque comencé a llorar.

Dejé el libro sobre la almohada y me levanté de la cama. Limpié mis lágrimas y apagué la luz. Encendí el reproductor y le di al play. La bocina Sonos comenzó a vibrar al ritmo de “Plastic Love” de Mariya Takeuchi, interpretada por Friday Night Plans y mi corazón se quebró un poco más al escucharla. La letra cuenta la historia de una mujer que perdió al hombre que realmente amaba. Inevitablemente me sentí identificado. Tú nada sabes de este éxito, pero es el tipo de canción que, cuando la escuchas por primera vez, parece que siempre ha estado ahí, habitando en tu interior, escondida muy en el fondo, oculta y marinada en algún lugar de la corteza cerebral o como un recuerdo irreconocible, un recuerdo imposible de recordar, proveniente del inicio mismo de la existencia, un recuerdo del útero. Cuando suena la melodía, puedes sentir cómo te fundes en ella y cómo ella pasa a formar parte de ti; la melodía es tu vida vida y tú estás en la melodía —en este caso, sentado en el distrito de Kabukicho de Tokio— desolado, confundido y con el corazón roto, pero también empapado por un ardiente instinto de aventura, sediento de estimulación, placer y alcohol.

Me quedé dormido casi al amanecer. Lo último que recuerdo fue haber pausado el reproductor y ponerle seguro a la puerta. Dormí terrible, por cierto. El peso de tu cuerpo hubiera puesto el equilibrio que faltaba en mi cama, sueños y fantasías. De haber estado aquí, te hubiese preguntado, antes de dormir, si deseabas que subiera al monte de Venus a salvar el mundo; si te apetecía que descubriera el lenguaje profundo de tus manos; si te gustaría que nos dijéramos lo importante sin hablar. De haber estado aquí, intentaría explicarte que te quiero, pero no me gustas y el misterio del porqué nada quema más que el fuego cuando se acaba de apagar. De haber estado aquí, tus brazos habrían servido de almohada, mi piel de consorte y el silencio no me mataría de ruido.

—Joel Estrada

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