Sin nombre – Carlos Ruiz Zafón

Barcelona, 1905

Años más tarde me dijeron que la vieron por última vez cuando enfilaba aquella sombría avenida que conducía a las puertas del Cementerio del Este. Atardecía y un viento helado del norte arrastraba una bóveda de nubes rojas sobre la ciudad. Caminaba sola, temblando de frío y dejando una estela de pasos inciertos en el manto de nieve que había empezado a caer a media tarde. Al llegar al umbral del camposanto la muchacha se detuvo un instante para recobrar el aliento. Un bosque de ángeles y cruces se insinuaba tras los muros. El hedor a flores muertas, cal y azufre le lamió el rostro, invitándola a entrar. Se disponía a seguir su camino cuando una punzada de dolor se abrió paso por sus entrañas como un hierro candente. Se llevó las manos al vientre y respiró hondo, resistiendo la náusea. Por un instante interminable sólo existió la agonía y el miedo a no poder dar un paso más, a caer desplomada frente al portón del cementerio y a que la encontraran allí, al alba, abrazada a sus verjas de lanzas como una figura de hiel y de escarcha, el hijo que llevaba en el vientre atrapado sin remedio en un sarcófago de hielo.

Hubiera sido tan fácil entregarse allí, tendida sobre la nieve, y cerrar los ojos para siempre. Pero sentía latir aquel aliento de vida en sus entrañas, un aliento que no quería apagarse, que la mantenía en pie, y supo que no se rendiría ni al dolor ni al frío. Reunió fuerzas que no tenía y se levantó de nuevo. Lazos de dolor se anudaban en su vientre, pero los ignoró y apretó el paso. No se detuvo hasta haber dejado atrás el laberinto de sepulcros y estatuas enmohecidas. Sólo entonces, al levantar la mirada, sintió un soplo de esperanza al ver recortándose en la tiniebla del crepúsculo la gran puerta de hierro forjado que conducía a la Vieja Fábrica de Libros.

Más allá, el Pueblo Nuevo se extendía hacia un horizonte de cenizas y sombra. La ciudad de las factorías dibujaba el reflejo oscuro de una Barcelona hechizada por cientos de chimeneas que sangraban a su aliento negro sobre el escarlata del cielo. A medida que la muchacha se adentraba en la madeja de callejones atrapados entre naves y almacenes cavernosos, sus ojos reconocieron algunas de las grandes estructuras que apuntalaban la barriada, desde la factoría de Can Saladrigas hasta la Torre de las Aguas. La Vieja Fábrica de Libros se distinguía entre todas ellas. De su perfil extravagante emergían torres y puentes colgantes que sugerían la obra de un arquitecto diabólico que había descubierto el modo de burlar las leyes de la perspectiva. Cúpulas, minaretes y chimeneas cabalgaban en un babel de bóvedas y naves sostenidas por docenas de arbotantes y columnas. Esculturas y relieves serpenteaban por sus muros, y cimborios acribillados de ventanales desprendían agujas de luz espectral.

La muchacha observó la batería de gárgolas que remataban sus cornisas y supuraban trazos de vapor que esparcían el perfume amargo a tinta y a papel. Sintiendo que el dolor prendía de nuevo en sus entrañas, se apresuró hasta la gran puerta principal y tiró del llamador. El eco amortiguado de una campana se escuchó tras el portón de hierro forjado. La muchacha miró a sus espaldas y advirtió que en apenas unos instantes el rastro de sus pisadas había quedado velado de nuevo por la nieve. Un viento helado y cortante la acorralaba contra el portón de hierro forjado. Tiró de nuevo del llamador con fuerza, una y otra vez, pero no obtuvo respuesta. La tenue claridad a su alrededor parecía desvanecerse por momentos, las sombras se extendían rápidamente a sus pies. Consciente de que no le quedaba mucho tiempo, se retiró unos pasos del portón y escrutó los ventanales de la fachada principal. Una silueta se recortaba en una de las vidrieras ahumadas, inmóvil como una araña en el centro de su tela. La muchacha no atinaba ver su rostro o a reconocer más que el trazo de un cuerpo femenino, pero supo que estaba siendo observada. Agitó los brazos y alzó la voz pidiendo ayuda. La silueta se mantuvo inmóvil hasta que, de repente, la luz que la perfilaba se extinguió. El ventanal quedó oscurecido por completo, pero la muchacha pudo advertir que los dos ojos que la observaban fijamente permanecían en la sombra, inmóviles, brillando al crepúsculo. Por primera vez el miedo le hizo olvidar el frío y el dolor. Tiró del llamador por tercera vez y, cuando comprendió que así no obtendría tampoco respuesta, empezó a golpear la puerta con los puños y a gritar. Golpeó hasta que le sangraron las manos, suplicando socorro hasta que se le quebró la voz y las piernas ya no pudieron sostenerla. Abatida sobre un charco helado, cerró los ojos y escuchó el palpitar de vida en su vientre. Al poco, la nieve comenzó a cubrir su rostro y su cuerpo.

El anochecer se esparcía ya como tinta derramada cuando la puerta se abrió proyectando un abanico de luz sobre su cuerpo. Dos figuras que portaban faroles de gas se arrodillaron junto a ella. Uno de los hombres, corpulento y con el rostro picado de viruela, apartó el cabello de la frente de la muchacha. Ella abrió los ojos y le sonrió. Los dos hombres intercambiaron una mirada y el segundo, más joven y menudo, señaló algo que brillaba en la mano de la muchacha. Un anillo. El joven hizo ademán de arrebatárselo, pero su compañero le detuvo.

Entre ambos la auparon. El mayor y más fuerte de los dos la tomó en sus brazos y ordenó al otro que corriese a buscar ayuda. El joven asintió a regañadientes, y se perdió en el anochecer. La muchacha mantenía la mirada sobre los ojos del hombre corpulento que la llevaba en brazos, murmurando una palabra que no llegaba a formarse en sus labios cortados por el frío. Gracias, gracias.

El hombre, que cojeaba ligeramente, la condujo a lo que parecía una cochera apostada junto a la entrada a la fábrica. Una vez en el interior, la muchacha pudo escuchar otras voces y sintió cómo varios brazos la sostenían y la tendían sobre una mesa de madera frente a un fuego. Poco a poco, el calor de las llamas fundió las lágrimas de hielo que perlaban su cabello y su rostro. Dos muchachas, tan jóvenes como ella y ataviadas como doncellas, la envolvieron en una manta y empezaron a frotarle los brazos y las piernas. Unas manos que olían a especias le llevaron una copa de vino caliente a los labios. El líquido tibio se esparció por sus entrañas como un bálsamo.

Tendida sobre la mesa, la muchacha escrutó la sala con la mirada y comprendió que se encontraba en una cocina. Una de las doncellas le acomodó la cabeza sobre unos paños y la muchacha dejó caer la frente hacia atrás. Tendida así podía ver la sala invertida, las ollas, sartenes y útiles suspendidos contra la gravedad. Fue así como la vio entrar. El rostro pálido y sereno de la dama de blanco se aproximaba lentamente desde la puerta, como si caminara sobre el techo. Las doncellas se apartaron a su paso y el hombre corpulento, bajando la vista con un amago de temor, se retiró deprisa. La muchacha escuchó los pasos y las voces alejándose y comprendió que estaba a solas con la dama de blanco. La vio inclinarse sobre ella y sintió su aliento, cálido y dulce.

—No tengas miedo —murmuró la dama.

Sus ojos grises la estudiaban en silencio y el dorso de su mano, la piel más suave que jamás había conocido, le rozaba la mejilla. La muchacha pensó que la dama tenía la presencia y el porte de un ángel roto, caído del cielo entre telarañas de olvido. Buscó el cobijo de su mirada. La dama le sonrió y le acarició el rostro con infinita dulzura. Permanecieron así durante casi media hora, casi en silencio, hasta que se escuchó un vocerío en el patio y las doncellas regresaron acompañadas del hombre joven y de un caballero enfundado en un grueso abrigo que portaba un gran maletín negro. El médico se apostó a su lado y procedió a tomarle el pulso. Sus ojos la observaban con nerviosismo. Le palpó el vientre y suspiró. La muchacha apenas pudo entender las órdenes que el doctor impartía a las doncellas y a los criados que se habían congregado en torno al fuego. Sólo entonces tuvo fuerzas para recobrar la voz y preguntar si su hijo nacería sano. El doctor, que a juzgar por su expresión los daba a ambos por muertos, se limitó a cruzar una mirada con la dama de blanco.

—David —musitó la muchacha—. Se llamará David.

La dama asintió y la besó en la frente.

—Ahora tienes que ser fuerte —le susurró la dama, tomando su mano con firmeza.

Años más tarde supe que aquella muchacha de apenas diecisiete años yació en silencio absoluto, sin articular ni un gemido, con los ojos abiertos y las lágrimas cayéndole por las mejillas mientras el doctor le abría el vientre con un bisturí y traía al mundo a un niño que sólo la podría recordar a través de las palabras de extraños. Me he preguntado infinidad de veces si llegaría a ver cómo la dama de blanco le daba la espalda para tomar al bebé en sus brazos y lo acurrucaba contra su pecho de seda blanca mientras ella extendía sus brazos y suplicaba que le dejasen contemplar a su hijo. A menudo me he preguntado si aquella muchacha pudo oír el llanto de su hijo alejándose en brazos de otra mujer cuando la dejaron sola en aquella sala en la que permaneció tendida en el charco de su sangre hasta que regresaron para envolver su cuerpo, que aún temblaba, en un sudario. Me he preguntado si sintió cómo una de las doncellas forcejeaba con el anillo en su mano izquierda y le desgarraba la piel para robárselo mientras arrastraban su cuerpo de vuelta a la noche, y los dos hombres que la habían rescatado lo aupaban ahora a un carromato. Me he preguntado tantas veces si respiraba todavía cuando los caballos se detuvieron, y los dos tipos tomaron el sudario para lanzarlo a la riera que arrastraba las aguas residuales de cien fábricas rumbo a la tundra de chabolas y cabañas de caña y cartón que cubrían la playa del Bogatell.

He querido creer que en el último momento, cuando las aguas fétidas la escupieron al mar y el sudario que la envolvía se desplegó a la corriente para entregar su cuerpo a una tiniebla sin fondo, ella supo que el niño que había dado a luz viviría y la recordaría siempre.

Nunca supe su nombre.

Aquella muchacha era mi madre.

Sobre el autor

Carlos Ruiz Zafón fue un novelista español. Su obra más importante es La sombra del viento, con quince millones de ejemplares vendidos y ganador de numerosos galardones. La obra fue seleccionada en la lista confeccionada en 2007 por 81 escritores y críticos latinoamericanos y españoles entre los cien mejores libros en lengua española de los últimos veinticinco años.​

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