Mes uno después de ti – Ernesto Pérez Vallejo

Todavía estiro la mano por las mañanas hacia tu hueco. Y duermo para el lado izquierdo para que seas lo primero que vea al despertarme. No consigo acostumbrarme a tu ausencia, no la soporto. Ni siquiera la asumo. No es una cuestión de esperanza, simplemente no acepto la derrota. No hallo el modo de salir ileso. Me duele igual callar tu nombre que gritarlo. Es como tener una herida en la punta del dedo con el que te tocas el resto de la piel: en realidad sólo te duele el dedo, pero lo ignoras.

A mí sólo me dueles tú, pero se me está quejando el mundo.

La calle es un inmenso agujero. No tener tu mano al otro lado es como estar en una eterna caída. Apenas salgo.

La casa tampoco ayuda mucho. Estás por todas partes y en ninguna. Te has olvidado tu olor, parte de tu ropa, dos palabras de amor en el espejo del baño, un cuadro a medio pintar, ese maldito cantautor en la radio, una lágrima en mi chaqueta preferida y un viaje de ida al centro del infierno, por el atajo que existe en el cajón de tus bragas.

Espero que donde estés no te encuentres bien, y que me eches de menos. Que te duela decir mi nombre, que te agobie callarlo. Que la calle también sea un puto agujero; la cama, una guerra; dormir, un suplicio. Que no consigas escribir la palabra orgasmo en el crucigrama de tu coño. Y si lo haces, que sea con una herida en la punta del dedo. Que ignores si es placer por ti misma o el dolor de mi ausencia.

Y que vuelvas. A por todas las cosas que te has olvidado, sobre todo a por mí, la más importante. 

Sobre el autor

Ernesto Pérez Vallejo nació en 1979. Vive en un pueblo pequeño de Cádiz: Campamento-San Roque. Escribe desde muy pequeño para salir ileso. Canta mal y en la ducha, no sabe tocar ningún instrumento, ni hacer muñecos graciosos con plastilina. Le gusta el mar desde fuera y el amor desde muy dentro. Su superhéroe favorito es su padre, su color preferido, el azul daltónico. De mayor siempre quiso ser hombre y a veces cree que está a punto de conseguirlo. Sueña siempre pero solo lo recuerda si son sueños eróticos. Le gusta Bukowski, con él aprendió lo amplia que puede ser la literatura y lo fácil que es amarla lejos de los colegios. Odia las multitudes, el exceso de poder y de maquillaje, la música alta en los coches, cualquier guerra que no sea de almohadas, cualquier almohada que no sea compartida. Pero sobre todo, odia odiar. Ama la vida. Piensa que hay pocas cosas más crueles que la duda y también duda de eso. Si alguien le preguntara, hoy o mañana, qué es lo que más le sorprende del mundo, diría sin pensarlo dos veces: Que alguien se detenga a leerme. Así que, en su nombre, otra vez, gracias por la sorpresa.

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