Crónica del viaje a la isla de Santa Juliana – Miguel Ángel Salinas Gilabert

Ahora que sólo quedamos a bordo el almirante y yo, en este desabastecido navío, ha tres días y medio que comencé a contravenirlo en sus ordenanzas. Por nada y menos me hubiera pasado por la quilla si las circunstancias fueran las habituales, tal y como hizo con Mauricio el portugués y otros tantos tripulantes. Pero en esta precisa hora el almirante sabe que no le cabe más remedio que consentirme en cada uno de mis antojos, pues, siendo yo el último hombre operativo, el único que le queda a bordo, le va a resultar imprescindible el tenerme en todo momento de su parte. Al menos es lo que estimo, que por pura lógica sentimental es harto improbable que me dé muerte, como acostumbraba a hacer semanas antes, en cuanto se le contrariaba…

Para empezar, le cuestioné, al almirante, su grado de almirante. Como más arriba dije, salvo yo, no le quedan ya más hombres a quien gobernar, por lo que «en mi humilde opinión, señor almirante, no tiene razón de ser su almirantazgo», le manifesté, en esos mesmos términos, exactamente así expresados. Todo henchido de cólera empuñó y me amenazó con su alfanje, uno que, según presume, heredó de un tatarabuelo de parte de padre, que se lo arrebató éste a un caudillo moro en no sé cuál batalla que tuvo lugar allá por las estribaciones de Granada; que es una maravilla la empuñadura que tiene, el alfanje, toda ella labrada en filigrana de oro, y con una enorme esmeralda por remate. Mas yo, indiferente a los improperios que, como culebras enrevesadas, iba escupiendo por la boca y en mi contra el almirante, osé aventurarme dentro de su camarote, para servirme una jarra de un vino dulzón y delicioso que yo sabía que ahí escondía, dentro de un tonel mediano, el mesmo aguardiente que le requisó al reverendo padre Blas de Zárate, al poco de expulsarlo deste navío y abandonarlo a su suerte. «A su salud, señor almirante, y a la del Rey de España», dije alzando la jarra y ofreciendo un brindis al aire, sin esperanza alguna de que mi cortesía fuera correspondida, como así resultó suceder…

Pobre diablo, el almirante… Me da hasta mucha pena verlo ahí solo y ultrajado por mí, como a infanta por bufón enano. Pero en el fondo me importa un bledo toda esa vanagloria suya cargada de galones, y las ínfulas de navegante experimentado con que solía alardear antes de ahora, delante de todos los vasallos que solía avasallar, que a no pocos dellos mandó, como digo, pasar por la quilla. Por culpa de su cerrazón ha más de cinco semanas que venimos navegando como ánimas en pena por esta mar océana, que vamos medio desbrujulados pues, por lo visto, y al parecer, todo este divagar sin sentido comenzó cuando el piloto portugués, el tal Mauricio, erró en sus estimaciones y esa isla que habíamos venido a buscar, por ser rica en especias, la que nombran en los mapas la Santa Juliana, y por la mesma que yo me enrolé finalmente en esta aventura, más bien desventura diría ahora yo, pues, como digo, por fin resultó que la tal isla de Santa Juliana no estaba allí donde cabía esperar que estuviese, y, por no dar su brazo a torcer, el almirante, y por no virar en redondo y regresar por do habíamos venido, ordenó al piloto, al tal Mauricio, que enderezase el rumbo por los derroteros por do ahora el almirante estimaba que el piloto se había desviado del rumbo verdadero para no dar con la Santa Juliana, unos 13 grados a estribor, y así anduvimos dando vueltas y revueltas y más circunvalaciones, en torno a la supuesta isla de Santa Juliana pero sin dar con ella, y tantos fueron los rodeos y merodeos que al final parte de la tripulación perdió la paciencia y se amotinó, tres cuartos en total más o menos, y en éstas el almirante dio la orden de resistir ante los desleales, que, la verdad sea dicha, a mí todo ese asunto del motín y la noble causa del almirante ni me iban ni me venían, que yo estaba con una grande desazón como la que les entra a los enamorados no correspondidos, por lo de no dar con la Santa Juliana y las mujeres que, según comentan ciertas crónicas, ahí habitan y que yo he venido a buscar, y que por eso me enrolé en esta travesía, y no por otra razón, que, por lo visto, se encuentran las tales mujeres tan al natural como sus mesmas madres las parieron y trajeron al mundo, y con las teticas al aire que son un primor de contemplarlas sin que ellas se turben, más bien lo contrario, parece que les gusta que los hombres se las miren y hasta se las dejan tocar y más, que son bien lujuriosas y viciosas, según me dijo uno que conoció a otro que contó haber estado en la Santa Juliana anteriormente en una expedición en que todos murieron menos el que lo contó, pero el caso es que, al final, los leales al almirante, aun siendo inferiores en número, consiguieron doblegar a los amotinados por estar mejor pertrechados y con más armas, pero con tan graves consecuencias para todos los que entraron en disputa, que muchos dellos fueron malheridos e incluso muertos, tanto de la parte de los sublevados como de los leales, y, tras las sanguinarias escaramuzas, y a pesar de que restaban ya pocos tripulantes sanos y fuertes para gobernar el barco, el almirante dio la orden de tirar por la borda a los pocos sublevados que no fueron muertos, y eso que yo le sugerí que no hiciera tal majadería porque más convenía ponerles grilletes y tenerlos bien vigilados, pues, en habiendo quedado tan menguada la tripulación para algo valdrían en manteniéndolos vivos, pero el almirante me miró despreciativamente como sólo él sabe mirar, y no me hizo caso, y allá a la mar que terminó arrojando a todos los que no merecieron su consideración, fueran vivos, difuntos o maltrechos, incluso a los fieles a su causa los tiró a la mar en estando malheridos porque para qué alimentarlos, si para nada servían ya, y, por añadidura, mandó pasar por la quilla al piloto portugués, el tal Mauricio, como castigo por su mala navegación, y tras la penitencia quedó el piloto algo desmembrado y mutilado y muy desmejorado e inútil para manejar el timón, con lo que finalmente ordenó el almirante que también lo arrojasen como a los demás por la borda, más bien lo que quedaba ya dél, que no era mucho; pobre hombre, aunque fuera portugués, y todo por haber errado el rumbo en tan solo 13 grados…

Y es que el almirante ha dado numerosas muestras, en este viaje, de ser hombre recto y de los que no se andan con zarandajas ni contemplaciones ni remilgos, que enseguida lo vino a demostrar, ya a los pocos días de zarpar del Puerto de Palos, cuando, en un islote próximo a las Canarias, ordenó que allí mesmo, en el islote, abandonaran al reverendo padre Blas de Zárate y a una cabra pues, según aconteció, para desazón del almirante y sorpresa de algunos, mas no de mí, lo sorprendió al reverendo en sus mesmos aposentos cuando entró en ellos sin avisar para buscar confesión, y, al parecer, andaba el reverendo desprevenido y practicando acto de sodomía con un grumetillo vivaracho al que le decían el Luciérnaga, el mesmo que trajo el reverendo padre consigo en esta expedición para su servicio, y vaya si se sirvió dél, o al menos eso indicaban los indicios que creyó advertir el almirante, pues traían ambos, cuando los pilló in fraganti el almirante, las nalgas al aire y las vergas enhiestas, y el calzón bajado el Luciérnaga y alzadas las faldas del hábito el reverendo, y, aunque como suele decirse, el hábito no hace al monje, dice mucho dél si no lo trae bien puesto, tal y como lo debe traer…

Una lástima, lo que le aconteció al Luciérnaga, tan jovencillo y con tan pocas luces pese a su apodo, que allí mesmo y en el mesmo momento en que el almirante lo halló en compañía del reverendo lo ensartó con su alfanje, y, en antes, con el mesmo alfanje ya le había cortado su miembro viril, que era una pena verlo desangrarse como a puerco en matanza, y también al padre reverendo Blas de Zárate verlo llorar y decir «mi tesorillo, mi tesorillo», que hasta el almirante debió compadecerse dél, del padre reverendo Blas de Zárate, y, en vez de pasarlo por la quilla como tiene por costumbre, le dio la oportunidad de abandonarlo en aquella isla minúscula de cerca de las Canarias, y le dejó la cabra, para que encontrase algo de sustento y consuelo por las noches.

Y por si fueran pocos los tripulantes que, a lo largo desta travesía, el almirante había ido pasando por la quilla y por su alfanje o arrojando por la borda, al poco del motín nos sobrevino una extraña peste que, según iban enfermando nuestros hombres, les salían unas úlceras que les afeaban en gran manera el rostro y que daba espanto de verlos; entonces el almirante, tal vez por temor a que la enfermedad fuese mortal, ordenó ir arrojando por la borda a todo aquel que diera muestras de haber sido contagiado, con lo que los enfermos fueron arrojados vivos y así medio enfermos como estaban porque no le salpicara la sangre al almirante si los atravesara con su alfanje, que, pese a su gallardía, sentía mucho temor de ser contagiado por la peste, y lo que es peor, los que fueron arrojados a la mar iban ya sin esperanza alguna de salvación por no poder recibir el Santísimo Sacramento de la Extremaunción, que ya el padre reverendo Blas de Zárate hacía semanas que andaba en su isla con su cabra, si es que aún seguían con vida, la cabra y él, y así anduvimos rezándole a la Virgen Nuestra Señora para que la peste remitiese, hasta que sólo quedamos vivos y sanos el almirante, yo mesmo y otros tres, y fue entonces cuando la peste se le contagió al almirante, y entonces contradijo la orden que él mesmo había dado unos días antes, pues, según él, en quedando ya tan pocos para tripular el barco quería cerciorarse de si la peste era en verdad tan mortal como él mesmo había predicho, pero los otros tres tripulantes que quedaban vivos y sanos no estuvieron tan de acuerdo con acatar las nuevas órdenes, argumentando que el almirante había perdido el juicio de resultas de la enfermedad, y porfiaron contra él, y yo mirando cómo porfiaban por arrojarlo vivo a la mar como a los otros, pero como el almirante es bien diestro en manejando su alfanje pudo doblegarlos tan fácilmente que a todos acabó por darlos muerte, con lo que ya sólo quedábamos vivos el almirante y el que les habla, y al poco también me sobrevino a mí la enfermedad, pero, ya por fortuna, ya por intercesión de la Virgen Nuestra Señora, para entonces el almirante había llegado al razonamiento de que tal vez la peste no fuera tan mortal sino un mal pasajero, como así resultó ser, y por eso nos perdonó el almirante la vida, a mí y a él mesmo.

Y ahora que ha tres días y medio que me rebelé contra sus propósitos, me mira el almirante a todas horas con grande desprecio, no solo por no acatar sus órdenes, sino además, porque no soy hombre de la mar sino de interior; que me criaron mis padres labriegos en las pedanías de una minúscula villa de nombre Torreperogil, cerca de Úbeda. Mas, ya le dije al almirante que, aunque marino experimentado yo fuera, incapaces seríamos los dos solos de gobernar todo este navío, pero no lo quiere comprender, pues su excelencia es bien cerril. Es por eso, también, por lo que no atiendo más a las órdenes que se empeña en seguir dándome, pues para qué perder el tiempo en maniobrar jarcias y amarrar cabos si ambos dos no daríamos abasto por más empeño y diligencia que pusiéramos. Mejor, creo yo, es abandonarnos a la voluntad de los vientos y de las corrientes marinas, y de la molicie, y de Dios Nuestro Señor.

Mientras algo sucede, tal vez una tempestad o una nueva peste, o quizá un calamar gigante que emerja de entre las aguas para engullirnos, andamos, el almirante y yo, la mar de aburridos en medio desta mar tan calmosa. Por entretener las horas, que son muchas sin nada que hacer, y más que otra cosa por no aguantar los improperios del almirante, he decidido encerrarme en uno de los camarotes que quedaron libres, el del reverendo padre Blas de Zárate, para escribir estas letras que, acaso nadie leerá jamás, mas a mí en algo me sirven, para poner en claro mis ideas. Que para algo habían de valerme, también, las cuatro lecciones que mal aprendí allá en Salamanca, en la universidad, a donde mi padre me envió por medio de unos dineros que le regaló un hombre viejo y rico el cual, en pasando por Torreperogil, se encaprichó de mi hermana la Paqui, nada más verla, y, a los pocos días, allá estaba el viejo, en casa de mi padre, para pedirle la mano de la Paqui pues, según afirmó, estaba muy enamorado délla y la quería como esposa; y, aunque mi hermana no estuvo muy de acuerdo con desposarse con aquel hombre que, además de viejo, tenía el rostro picado de viruela, mi padre no tuvo más remedio que concedérsela por el bien de todos, especialmente de mí, que, a cambio de los dineros que le dio el viejo me pudo enviar a estudiar a Salamanca. Depositó mi padre todo su caudal y esperanzas en mí, para que me convirtiera en hombre de provecho, de letras o algo así, para que algún día, ya en su vejez, le fuera recompensada la inversión que en mí hizo. Mas, confieso que en Salamanca anduve algo distraído en otros afanes, en los de encontrar mujer lozana y hacendosa que quisiera desposarse conmigo, mas no la encontré; y, si algunas conocí, no fueron completamente de mi agrado, y es por eso que confié todas mis ilusiones en arribar algún día a la Santa Juliana, pues, según dicen, allá no hay otra cosa más que árboles de la pimienta y mujeres, que hombres no hay, y es por eso que ellas todas andan tan alborotadas como marranas en celo; ahora que andamos extraviados y empiezan a escasear el agua y los víveres, no veo la hora de alcanzar mi sueño de pisar la tierra firme de la Santa Juliana, para que pueda comprobar, por mí mesmo, cuántas mujeres me corresponden. Tan ensoñado me ando, con conocerlas y catarlas a todas las que pueda, que por las noches creo escuchar sus gráciles voces, tan reales como si oyera sirenas cantando a lo lejos. Mas no son las voces dellas ni de sirenas las que me desvelan, sino los lamentos de siempre del almirante. Creo que ha perdido definitivamente el juicio, pues, como no hago caso a su rango de almirante, ahora me viene a decir que es Virrey, de la isla de Santa Juliana. Me ha prometido, si désta salimos, que si le hago caso en todo me concederá haciendas y cuantas mujeres yo desee. Según afirma, son todas de su propiedad, por cierto derecho que, como Virrey, le corresponde. No acabo de fiarme del todo del almirante, pues es hombre taimado; pero no quisiera yo, a estas alturas del viaje, quedarme sin lo que he venido a buscar, por más remota que sea la posibilidad de conseguirlo…

La sed turba mis pensamientos, el hambre mis intestinos. Empiezo a considerar que, igual, más me convendría contemplar de nuevo las ordenanzas del almirante, quiero decir del Virrey, por más absurdas que éstas parezcan.

Por cierto, creo aún no haberme presentado: mi nombre es Juan Fernández de Arevalillo, nacido en Torreperogil, cerca de Úbeda.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s