Cruz de sangre – Gabriel Valdovinos Vázquez

Relato ficticio enmarcado
en hechos históricos reales.

¡Despierta, Paula!

—¿Qué pasa, Tiburcio?

—Para la oreja, agudiza el oído. ¿Oyes un galope allá por el rumbo de la barranca de Alcaraces?

—¡Ay, Tiburcio! ¿Serán tus nervios que no te dejan ni pegar los párpados?

—No, Paula. Debe ser la gente del General Cristero Dionisio Ochoa. Prepara mi morral, aunque sea con lo poco que tengas, no importa. Pásame una carabina y el revólver viejo. Tú quédate con la escopeta para que defiendas el jacal y a los chiquillos, por si algún bandido o algún animal se acerca.

—¡Claro que no, Tiburcio! Ya la guerra me quitó a mi padre y a dos de mis hermanos. Era yo una niña cuando ellos se fueron a la revolución para defender sus tierras, su libertad y su familia. De ellos aprendí que, por Dios, por la Patria y por la Familia debe entregarse todo, hasta la vida misma. ¿Crees que sería capaz de dejar ir solo al único hombre que he querido, a enfrentarse contra esos ejércitos infernales del gobierno dictador? Si por falta de fuerza, mas no de valor, perdí a mi padre, hoy en su memoria, en nombre de mis hijos y para mayor gloria de Dios, esos descastados conocerán la furia de una hija, de una madre y de una esposa que lucha por defender los derechos de su familia. Allá al pasar por Montitlán dejamos a los chiquillos con su abuela Tranquilina. Tú y yo marcharemos juntos a la trifulca. El padrecito Enrique Ochoa escuchó mi juramento de estar contigo hasta que la muerte nos separe, y él ha de ser quien me dé el Requiescat in Pace si una bala endemoniada me arranca de tu lado.

—Si así lo tienes decidido, no tiene caso intentar que cambies de parecer. Te conozco y sé que es imposible hacer que des marcha atrás en tus decisiones. Ya todos los recursos están agotados, Paula. Desde que el presidente Plutarco Elías Calles empezó a endurecer las restricciones religiosas y la relación iglesia-estado, se ha recurrido a todas las instancias legales, a manifestaciones pacíficas, se ha buscado el diálogo y, aun así, los abusos del gobierno se han vuelto intolerables. Asesinan a sangre fría a los sacerdotes, los expulsan de sus conventos, saquean las iglesias. Es tal la intolerancia, que hasta a las casas entran a tomar presos a los católicos para luego, sin posibilidad de defensa, ultrajarlos y asesinarlos peor que a animales salvajes. Destruyen impunemente toda manifestación de culto, por más privada y particular que esta sea.

—Pos yo no entiendo casi nada de lo que me dices, Tiburcio, pero puedes estar seguro que todos los que se atrevan a prohibir que mis hijos se eduquen en el amor al Creador, se van a arrepentir de haber hecho encorajinar a Paula Arreguín.

—Eso no lo dudo, Paula. Mira, toma este revólver viejo. Escóndelo bien entre tus naguas. Tiene una sola bala. Si vez que Tiburcio está en peligro de morir en manos de esos criminales, prefiero que seas tú quien me quite la vida. ¿Lo prometes?

—¡Eso y más, Tiburcio! También la usaré para despacharte al infierno si veo que te tiemblan las patas frente a los federales. No será mi marido el primer correlón de mi familia.


—Tiburcio, vengo en nombre del Capitán y Rey Supremo, y del General Dionisio Eduardo Ochoa a convocarte para la defensa de nuestros derechos, ante los excesos del presidente Calles y del gobernador del Estado de Colima, Francisco Solórzano Béjar, que ha expulsado al Obispo José Amador Velasco. Él, junto con su curia diocesana, se trasladó a Tonila para escapar de los designios anticlericales. En Caucentla hemos improvisado un cuartel y tenemos como Capellán al Padre Don Enrique de Jesús Ochoa. ¿Te acompañará tu esposa?

—Sí, señor. A la espera de sus indicaciones.

—De momento nos vamos todos al cuartel. Ahí la asignarán a la brigada de María Guadalupe Guerrero. Ella comanda un grupo de mujeres muy valientes que se encargan de conseguir municiones, información, víveres para los soldados de Cristo Rey y tender trampas y señuelos a las tropas de los generales callistas Ávila Camacho, J. Jesús Ferreira y otros más.


De 1926 a 1929, fueron años de lucha intensa, sangrienta y desigual. Los Cristeros peleaban con mucha astucia y valor, pero sin pertrechos, sin alimentos, sin organización. Sólo tenían de su lado el conocimiento de los cerros y barrancas que circundan el volcán. Y lo más importante: su fe en la protección divina. Cual valientes, fervorosos y esforzados macabeos, sus diezmadas tropas sorprendían a las columnas federales, emboscaban al ejército causando bajas muy sensibles, volviéndose invisibles nuevamente entre la espesura de la montaña, las inescrutables cuevas y pasadizos o las inaccesibles barrancas.

Fue en una de esas “jupias” capitaneados por el jefe Cristero Ramón Cruz, que Tiburcio y unos cuantos cruzados más hicieron frente al contingente enemigo. Era una noche lluviosa cuando Paula vio al hombre de su vida, sin parque y sin armas, caer de rodillas y levantar los brazos en cruz hacia el cielo, y acallar el estruendo de la tormenta con voz de trueno, al grito de Viva Cristo Rey, mientras un relámpago iluminaba el semblante del cobarde que de manera artera rociaba plomo en el pecho del insurgente.

Paula, llena de odio, oculta tras una roca, intentaba inútilmente accionar el viejo revólver. El rostro del asesino que terminó con la vida de su amado Tiburcio, quedó claramente grabado en su memoria.

Cuando los militares se retiraron, salió de su escondite, besó la frente de su héroe y con valentía mojó las palmas de sus manos en la sangre que brotaba a raudales de aquel viril corazón, para pintar una cruz en la gran roca, a la vez que juraba con la bravura que siempre le caracterizó, que no iría a reunirse de nuevo con Tiburcio, antes de cobrar venganza por tan cruel crimen en contra del pueblo y de la religión.

Paula siguió trabajando arduamente, ahora a las órdenes de Angela Gutiérrez, en beneficio de la causa cristera. Fue en San Gabriel que este grupo de mujeres prepararon una trampa al ejército callista del General Manuel Ávila Camacho, envenenando con extractos de candelilla y otras hierbas las principales fuentes de agua de donde se abastecerían los soldados.

Quiso el destino que Paula encontrara en una situación por demás comprometedora al soldado que había victimado a su esposo a sangre fría aquella noche lluviosa y con el mayor aplomo sacó el viejo revólver y cobró la afrenta pendiente.

La reacción del escuadrón enemigo no se hizo esperar y el cuerpo de Paula sucumbió destrozado por una nutrida lluvia de metralla proveniente de todas partes.

Por eso te traje hasta aquí, hijo, para que conocieras esta gran roca, que aún conserva la cruz de sangre que, con increíble entereza de ánimo, tu bisabuela trazó con sus propias manos, con los restos de su recién fallecido esposo, y no descansó hasta dar cumplimiento a ese segundo juramento de honor, gracias al cual tú y tantas otras generaciones, hemos recibido lecciones de fe, de patriotismo, de lealtad y amor sin igual a la familia, a la Patria y a Dios.

Sobre el autor

Autor de los libros Jubileo, Destellos Desafíos y Naufragios. Colabora en diversas revistas de España, Estados Unidos de América, México, Perú y Argentina. Escribe narraciones cortas, sobre temas sencillos y cotidianos. Pretende llevar al lector, a través de la magia de las palabras, a paraísos maravillosos ubicados en nuestro entorno o en nuestros recuerdos y habitado por seres extraordinarios con los que vivimos todos los días.

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