La caravana de la muerte – Susana Astorga

De pequeña solía jugar en la cocina en donde estaba Saturnina. Ella solía ser muy reservada, observando callada y seria todo lo que ocurría a su alrededor. La recuerdo vestida con polleras y una lliclla de vivos colores, la cual iba atada sobre su blusa. Toda mi infancia la vi realizando labores en mi hogar.

Para mí, ella no tenía una vida más allá de nosotros. Siempre estaba limpiando, cocinando o cuidándome. Se levantaba antes que todos en la casa y se iba a dormir al último. Nunca me pregunté si era feliz, si tenia sueños o cuáles serían los pesares que colmaban su alma. Cuando fui creciendo, empecé a observarla más, vi cómo sus arrugas asomaron por su rostro curtido, y cómo filamentos plateados aparecieron en sus largas trenzas.

Un buen día decidí sentarme con ella y preguntarle cómo había llegado a nuestra casa.

—Niña —me dijo pausadamente—, quisieron matarnos, pero no pudieron. Eso sí, nos hicieron sufrir mucho y solo algunos pudimos aguantar. Fue en 1883 y hoy siento que ha pasado hace tanto que casi se ha perdido en los recovecos de mi memoria. En ese entonces nuestro destino le pertenecía al reino de España, y ahora ese mismo destino les pertenece a los patriotas, dicen, a los libertadores. En esa época era una niñita, tendría 7 años y no entendía cuál era la culpa que debía cargar. Un buen día nos dijeron que debíamos irnos de la lúgubre prisión en la que estábamos para cumplir una condena que ya había tardado demasiado en llegar.

Mientras hacía una pausa en la que acomodaba su mantón, me quedó mirando y luego continuó diciendo:

—Nos ordenaron ir patacala desde el Cusco hasta el Callao, atravesando diversas ciudades para que los indios escarmentáramos y no nos atreviéramos siquiera a soñar con la libertad. La revolución indígena había sido casi imposible de sofocar y los españoles no estaban dispuestos a pasar nuevamente por una lucha tan cruenta. Así que ahí estábamos setenta y dos mujeres y diecisiete niños partiendo hacia un destino desconocido para nosotros, sin saber qué esperar. Nuestras madres trataban de abrigarnos para que no enfermáramos en el camino y trataban de llevar a cuestas lo que se pudiera para comer. Aquel día nos reunieron a todos e iniciamos nuestro largo viaje, sin imaginar lo que vendría después, sin saber que posteriormente este sería conocido como la marcha de la muerte. ¿Cómo saberlo en ese entonces? Se trató de un recorrido muy penoso —dijo mientras limpiaba las escasas lágrimas que brotaron de sus ojos—. En el grupo estaban mi mamá, mi abuela la mamita María, mis tías y mis primos. Los más wawitos iban en las llicllas, los que podíamos lo hacíamos caminando y, mientras tanto, la mamita María nos recordaba por qué estábamos ahí: “las mujeres indígenas siempre hemos estado al pie del cañón, desde antes de la conquista y durante todo el virreinato”, hablaba en quechua para que los soldados que nos custodiaban no entendieran. “Cuando vinieron los españoles combatimos, fuimos espías en sus casas, nos sublevamos con nuestros hombres, reclutamos gente, conseguimos pertrechos. No dejen que el lugar de la mujer indígena se pierda en el olvido”, nos decía resueltamente, ella era muy valiente.

»Desde el momento de nuestra partida, aquel lejano día de octubre, la salud de todos ya se encontraba mermada por los años de reclusión y de maltrato. Las violaciones, los golpes, las torturas de nuestro grupo eran el pan de cada día. Afuera a nadie le importaba la suerte que sufríamos, ni siquiera a aquellos por los que nuestros padres, madres y abuelos lucharon. Era como si fuéramos los grandes apestados de la sociedad. Habían prohibido que mencionáramos a nuestro Inca José Gabriel Túpac Amaru.

—¿A quién? —le pregunté sin entender de quién hablaba.

—Túpac Amaru, nuestro último inca —respondió fastidiada; luego continuó—. Pero usted, niña, qué va a entender, si a nadie en este lugar le importa la suerte de los indios. Fueron tres meses terribles. Vi morir a mi abuela, a mi madre, a casi todos mis primos. Éramos víctimas del hambre, del frío y las enfermedades, y yo así pequeña como era, comía de las sobras que encontraba. Solo podía seguir el paso porque estábamos encadenados los unos a los otros y me jalaba el grupo en el que iba. Para cuando habíamos atravesado Huamanga, Huancavelica, Huancayo y estábamos entrando a Cañete empecé a ver gallinazos en el cielo dando vueltas, esperando una nueva presa. Para ese entonces ya estaba muy débil y nadie me podía ayudar a continuar, así que soltaron mis cadenas y me dejaron abandonada a mi suerte. Estando ahí tirada en el piso, podía ver a los gallinazos esperando que muriera para abalanzarse sobre mí.

Suspiró quietamente mirando al vacío, como si pudiera ver a la criatura echada sobre la tierra.

—Luego, sentí que alguien me cargaba. Vi a mi madre sosteniéndome sonriente, y luego de eso perdí el conocimiento. Cuando me desperté estaba en una choza, con Tomasa, una esclava de la casa, velando mi sueño. Ella me había recogido, se había compadecido de mí y me había traído a escondidas a la casa del patrón. Su ama, tu abuela, la quería tanto que la dejó quedarse conmigo y cuando me recuperé pude servir acá. Muchos años después, me enteré de que, de ese grupo de setenta y dos mujeres y diecisiete niños, solo quince llegaron al Callao con vida, y que la mayoría de ellos murió en el naufragio del buque que los llevaba camino al destierro. Yo todavía me acuerdo de mi tierra, del cielo azul, de las montañas llenas de eucaliptos. Aún por las noches sueño a mi madre acurrucándome hacia ella, sintiendo su calor, su aliento. Aún puedo escuchar a mi abuela, implorándome que no deje caer en el olvido nuestra historia. Así que ahora le suplico que la escriba, que no muera conmigo. Yo no sé leer, tampoco escribir, pero si hay algo que he de cumplir es aquella promesa: no dejar que ella se pierda en el olvido.

Sobre la autora

Soy Susana, abogada de profesión, madre de tres niños traviesos por convicción. Amante de la historia, de los libros y del buen café.

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