Salmo 91 – Gabriel Valdovinos Vázquez

No, yo nunca haría semejante cosa. Eso sería no tener entrañas. ¿Dejar solo a mi Apolonio? ¿Abandonarlo a su suerte? ¡Jamás! ¿Huir como rata en quemazón? ¡Nunca! Tons, ¿pa qué me hizo mujer mi Dios? No, yo no soy cría de correlones. Traigo el braguero bien ceñido.

En denantes sí me asusté; hay ratos en que me encorajino, pero qué le voy a hacer. Esta es mi cruz, algo tiene uno que padecer para merecer. Mira que arrancarme mis matitas de yerbabuena, mi árnica y mi estafiate; y plantar ahí guácimas y coliguanas, nomás pa hacerme desatinar.

Venía yo aquí nomás, cruzando el canal con una barañas pa atizar la lumbre, cuando oí la refusilata de mis gallinas. ¡Jesús, María y José! Por entre el cercado lo alcancé a divisar. Traíba mi cazuela, la última que me quedaba, la jondeaba por todos lados corriendo y espantando al animalero. ¡Diosito Santo, aplaca la furia de este hombre! Y mira tú de mi vida, redepente que se las abarraja, yo nomás apreté muncho los ojos y los dientes, se me desguanzaron los brazos y me temblaron las patas.

¡Ay, madre mía, qué susto! Se me fue el tercio de leña contra la puerta y pensé que con el ruido iba a abalanzarse contra mí, así de bravo como andaba. No paraba el aleteo y el grito de dolor de mi gallina. Fui abriendo poquito a poquito un ojo. Imagínate lo que sentí al ver mi última cazuela hecha pedazos, desparramada por el suelo. Y mi gallina, la chanita, la más chambona, rete buena pa poner, me sacaba hasta diez pollitos en cada echada. Ahí tirada, con las patas pa’rriba, un ala pa’llá y la otra pa’cá. El pescuezo torcido pa’trás, el pico abierto, la lengua de fuera y hasta de los ojos le brotaba sangre. ¿Tú crees que yo la iba a poder curar?

Dios quera que se vaya a dormir pronto este hombre, pa poder meterme y desplumarla antes de que se ponga tiesa y ni pal caldo sirva. Porque has de saber que siempre quere buena comida. ¿Pos yo de dónde, hijo de mi alma? Me da veinte pesos cada ocho días; a él le encanta que yo le haga barbacoa. Mira, se arrima a la cazuela y todito se acaba, la deja limpia, arremanga tortillas que es un contento. Se va hasta el último rincón del patio y allá se está orute y orute, hasta que se le baja lo harto y allá a medianoche viene a tirarse en su petate.

Ya me da vergüenza, el carnicero me ve con lástima; yo noto que me da muncha carne por veinte pesos. Pero con eso apenas le hago mindongo pa un día. Yo me la paso tragando puras tortillas con sal o queso. Pero en el nombre sea de Dios, que agarro valor y que le digo: mira Polito, no me des dinero; tú arrímame todos los menjurjes y yo llegando de trabajar sacando copra te hago el friongo. Nomás se hizo el desentendido, y ve nomás que sainete me vine a encontrar.

Mi Apolonio antes era un buen hombre. Muy trabajador, muy cariñoso. Tenía su buen negocio, unos hornos grandes y munchos mozos en su panadería. A todos los poblados mandaba pan y birotes. En las fiestas de los Santos Reyes, en las procesiones de la Pasión y los altares de los fieles difuntos siempre estaban los arreglos de pan que sólo él sabía cómo hacer. La gente lo procuraba para que les hiciera cruces grandes de pan, cemas, conchas, ofrendas, de todo.

Pero todo eso se acabó. Esa mujer me lo enredó con sus malas mañas. Se burló de él, por quitarle todo le trabajó con brujería de la mala. Me cuentan que en cuanto cerraba su negocio, salía él corriendo como loco hasta el río. Y ahí se revolcaba como burro en la arena caliente.

Hasta que de plano ya no supo de él; ya no fue bueno pa trabajar. Tuve que vender mi jacalito pa llevarlo a la capital con los curanderos. Ellos me dieron las señas. No hay jierre, se trata de esa indina mujer que le tiene mala entraña. Pero se acabaron mis centavitos y no le alcanzaron a hacer el trabajo pa quitarle ese mal puesto.

Mi Polito sí me quere; eso me queda claro. ¡Cómo no me va a querer! Si te cuento que cuando el ciclón nos llegó de noche, yo entre sueños oía cómo rechinaban las latillas del caballete y del tejabán. Redepente, sentí que me jaló del brazo para que despertara. Yo con un poncho me tapé mis vergüenzas y me bajé del catre. Él se paró en la puerta, empujando fuerte el horcón que estaba por derrumbarse y me gritaba «¡salte, salte!», y ahí se estuvo hasta que yo salí a la vereda y divisábamos cómo volaban las palapas y se derrumbaba la casa.

Por eso, mientras Dios me alargue la vida, todas las noches me hago la dormida, y cuando oigo que ya está roncando tirado en su petate, me paro junto a sus hombros, junto mis manos en dirección de su frente y le rezo un Salmo al Dios del Cielo, pa que mi Polo recupere su salud.

Y así, durante toda su vida, aquella Madre oró por su hijo preso entre los infiernos de la esquizofrenia y confiada repite hasta la eternidad el Salmo que le dio valor y fortaleza para llevar el cumplimiento de su maternidad a grado heroico. «Refugio mío y fortaleza mía, ¡mi Dios, en quien confío!» Sal. 91.

Sobre el autor

Autor de los libros Jubileo, Destellos Desafíos y Naufragios. Colabora en diversas revistas de España, Estados Unidos de América, México, Perú y Argentina. Escribe narraciones cortas, sobre temas sencillos y cotidianos. Pretende llevar al lector, a través de la magia de las palabras, a paraísos maravillosos ubicados en nuestro entorno o en nuestros recuerdos y habitado por seres extraordinarios con los que vivimos todos los días.

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