El recuerdo de un deseo – Mara Gonmarri

Esto no es un poema, es el recuerdo de un deseo.

Mientras suena la India a través de los decibelios,
vienes a mi mente y parece que te toco.

Era viernes. La Laguna. 13 grados.
Invierno cerrado y humedad en el aire.
Juventud borracha hasta las cejas.
Gente empapelando las calles con sus gritos y sus copas.
Vómito que es alcohol puro.
Porros en las esquinas. Farlopa en los baños.
Música para todos los gustos.
Baretos empetados con inevitable olor a sudor.
Whisky por sangre, o ginebra, o ron, o simplemente, birras.
Faldas imposibles y escotes ínfimos
y las entrepiernas de los chicos dando saltos en los ojos.

Yo, tan sólo de marcha. Igual que el resto.
Cada uno a su manera.

Las puertas del Latino son dos hojas de madera
Y al entrar se rozan levemente. 
Parecen dos cuerpos en la agonía de querer y no poder tocarse.
Salsa, salsa y más salsa. Esto es el paraíso.
A bailar.
Me sumo en un éxtasis absoluto.
El ritmo entra por los oídos hirviendo en la sangre.
Hago el amor con las canciones.
Esta es mi droga.

Y te vi. Bailando.
Brillo en los ojos. Piel bronceada permanentemente.
Sonriendo a destajo. En tu éxtasis absoluto.
Bailando.
Besando el cuello de los timbales.
Acariciando los bongós.
Abrazando la voz de los soneros.
Haciendo el amor con la música
en tu naturalidad y tu pasión por el baile.

Me miras. Te miro. Bailamos. Cada uno en su espacio.

Se me viene a la mente aquello de:
«Bailar pegados no es bailar, es como estar bailando solo,
tú bailando en tu volcán y a dos metros de ti
bailando yo en el polo».

Pero nosotros nunca bailamos, pegados como a fuego.
Me invade esta nostalgia.
Este deseo de hacerle el amor a la música con nuestros cuerpos.
Y quizá besarnos...

Sobre la autora

Empecé a escribir poesía con quince años de la mano de un amor imposible que me comía las entrañas, y en ese difícil camino de la adolescencia, me tropecé con una profesora de literatura que admiraba profundamente la poesía. A caballo entre la angustia del desamor y las redacciones de clase, descubrí que existía un espacio en el mundo en el que podía ser yo, y en el que el maremágnum de emociones que bullía dentro de mí tenía sentido. Un verso aquí, otro verso allá; la poesía se fue transformando en un arco iris de sensaciones cantadas sin voz en un papel en blanco y, en el sentido más estricto de las palabras, en el exorcismo de mis pasiones. Así fui pasando de las líneas infantiles a las rimas, al verso libre, a los intentos suicidas de estructuras prefijadas, hasta llegar a los versos sangrantes y al grito poema que se retuerce sobre sí mismo.

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