Mujer de vestido azul caminando descalza por el pavimento empedrado.

Anastasia cambia de opinión – Miguel Ángel Salinas Gilabert

Incluso en las inmediaciones del río, encima del puente, aquella mañana hacía un calor insoportable. A pesar de la sofocante sensación, Anastasia andaba ebria de felicidad. Sin saber por qué, ella, que acostumbraba a estar medio amargada, ese día se sentía contenta. Quizá el bochorno acrecentaba en su interior cierto desequilibrio hormonal a su favor. Sin dudarlo, de manera improvisada, se encaramó al pretil del puente para arrojarse al vacío y abandonarse al fluir revuelto de las aguas. Quería aprovechar aquel momento de felicidad extrema para finiquitar, con buen sabor de boca, su deambular vacilante por la vida…

Ya en lo alto del pretil recapacitó un instante: «para un día en que estoy contenta, ¿me lo voy a perder?». Cambió de opinión. De un brinco saltó en sentido contrario al vacío, o lo que es lo mismo, hacia la vida. Fue como nacer de nuevo, pero con tan mala fortuna, que aterrizó sobre una caca de perro. «¡Vaya! —pensó—. Está claro que hoy va a ser mi día de suerte. Debería jugar a la lotería».

Atravesó el puente dejando un sutil rastro de mierda, el de la huella impresa e intermitente de su zapato de tacón. Ni se inmutó por ello. Un poco más adelante detuvo su paso decidido frente a un portal, y restregó la suela del zapato en el escalón de acceso al edificio. El portero de la finca, que por deformación profesional no era ajeno a la curiosidad, salió con pereza del cuchitril en que dormitaba, para ver qué andaba haciendo aquella joven en los confines de su territorio. Pero ya era demasiado tarde, cuando alcanzó a descubrir el numerito que Anastasia acababa de formarle. Mal resignado, le gritó desde lejos en vano: «¡Me cagüen tu puta madre; ojalá te mueras o te pille un autobús! ¡Anda y tírate por un puente, cacho zorra!».

Anastasia pasó por un kiosco en el que un ciego expendía cupones.

—Deme el tres, para el sorteo de mañana. O mejor el cinco. No, el cuatro. O bueno, sí, mejor el uno; o no, el dos. O venga, sí, deme el tres. 

El pobre ciego iba moviendo sus ojos inútiles al ritmo en que Anastasia cambiaba de números. 

—O me da cualquier número, con tal de que no sea par. Elíjalo usted, a ver si me trae suerte…

Al final, el hombre le entregó a Anastasia el número que menos había vendido aquella mañana: el nueve.

Anastasia pensó que debía poner el boleto a buen recaudo. Recapacitó enseguida que para qué tanta precaución, si nadie se lo iba a robar. Sopesó si albergarlo entre sus poco pronunciados pechos, al estilo de las señoras mayores de busto generoso. Se preguntó si acaso esas mujeres maduras, entradas en carnes y años, soñaban con ladrones traviesos jugueteando entre sus tetas… Imaginando la escena sintió algo de repulsión, por lo que finalmente guardó el boleto en el bolsillo oculto de su falda.

Taconeó apresurada sobre la acera cuando advirtió que venía el autobús, pero tras alcanzar la parada lo dejó marchar. Prefirió continuar a pie, rumbo a casa. En seguida se sintió cansada, hastiada de la vida, agotada por tanta calor… A paso cansino alcanzó la siguiente parada, y entonces sí, tomó el primer bus que llegó, sin siquiera mirar el número ni para dónde iba. Ya dentro del bus, persiguió el hilillo refrescante del aire acondicionado, hasta ir a sentarse junto a una anciana.

—Estos autobuses nuevos, huelen medio raros —comentó la anciana al cabo de un rato.

Anastasia no dijo nada; simplemente miró de reojo la suela de su zapato. Se sintió molesta por el comentario de la vieja, así que decidió apearse en la próxima parada. Cuando el bus abrió las puertas, recibió un bofetón de bochorno en toda la cara. Justo en frente, a la altura de la parada, el rótulo de un local rezaba: Bar La cañita. «Mira qué bien —se dijo—; me apetece una cervecita».

Entró en el bar y pidió una caña.

—Bueno no, mejor me va a poner una Coca Cola. Bien fría, por favor, que con esta calor…

El camarero, que ya había empezado a tirar la caña, miró a Anastasia con ese aire de resignación del profesional que está de sobra acostumbrado a lidiar con clientes volubles.

Anastasia saboreó con gusto la Coca Cola: primero un trago profundo, luego un sorbo más pequeño. Entonces recordó que aquella bebida le producía gases. Pidió la cuenta y, tras pagar, salió del bar. Allí, sobre la barra, quedó abandonado el vaso de Coca Cola, derritiéndose sin prisa los cubitos de hielo, en el aguachinado jarabe a medio consumir.

Ya en la calle, una nueva bofetada de calor vino a recordarle a Anastasia los pequeños sinsabores de la vida. Se le antojó un helado de chocolate, más que nada para refrescarse un poco. «Pero el helado engorda tanto…», musitó, añadiendo un hondo suspiro. Por esta vez, estaba decidida a hacer una excepción. Aunque para su desgracia, no había ningún kiosko de helados a la vista…

Continuó caminando, y percibió una gota de sudor deslizándose por su rostro sofocado. Sacó del bolsillo de la falda el cupón que le había comprado al ciego, y empezó a abanicase. Mas aquel minúsculo papel no le brindaba brisa alguna, así que, más airada que aireada, hizo un gurruño con el papelito y lo arrojó al suelo sin contemplaciones. Suspiró aliviada al toparse con una fuente de agua, que adivinó bien fresquita. Deseaba tanto remojarse las sienes, el rostro, los brazos, un poco el cabello… Pero fue grande su decepción, al comprobar que el caño estaba seco. Entonces se imaginó como al principio de la mañana, encaramada sobre el pretil del puente, dispuesta a saltar al río. Sintió una enorme lástima de sí misma, y maldijo su poca visión para aprovechar aquella oportunidad que le había ofrecido la vida: al menos, si se hubiera lanzado a la corriente, ahora estaría a remojo y no con tanta calor…

Para colmo de males, sus pies, prisioneros en los zapatos de tacón, se le estaban cociendo a fuego lento como en el interior de dos pequeñas marmitas. Decidió descalzarse, abandonar los tacones sobre la calzada. Sintió un gran alivio. Ya con los pies desnudos y libres, se reconoció feliz. Y así, descalza y persiguiendo la acera de la sombra, continuó zigzagueando por esos senderos ondulantes de su mundo interior, con la ligera intención de retomar en algún momento el camino a casa, pero sin ningún rumbo fijo…

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