Añoranza – Susana Astorga

Me encuentro sentada en un café entrevistando a Shakeeta sobre sus raíces, esta es una mujer afroamericana proveniente del sur de Estados Unidos. Mientras sostengo la bebida entre mis manos, ella empieza a decir:

—¿Sabes? Ser afroamericano no es fácil; hay demasiadas ideas sobre ello. Los blancos tratan de darle una apariencia de normalidad al convivir con nosotros en sus ciudades, en sus pueblos. Tratan de hacer parecer como si en nuestras relaciones con ellos fuéramos iguales y como si siempre hubiera sido así, pero esto es falso. Mi madre no podía sentarse en el mismo asiento que un blanco, mi padre no podía ir al mismo colegio que un blanco, mis tíos no podían ir al mismo cine al que iban los blancos, mis primos mayores no podían entrar a los restaurantes de blancos; les prohibían el ingreso, colocaban carteles señalando que no podían entrar negros, mejicanos y perros. ¿Te imaginas eso? Y ahora, esta misma gente nos dice: «Deja atrás el pasado, es hora de mirar hacia el futuro». ¿De qué pasado hablan? ¿Del de esclavitud, del de discriminación, del de falta de oportunidades?

Me mira fijamente y continúa:

—Pero no creo que lo entiendas, ¿y sabes por qué? Porque tendrías que tener un pasado ligado al abuso y la esclavitud para comprenderlo. ¿Sabes de dónde provienes? ¿Dónde están tus raíces?

Me quedo sorprendida por la pregunta. Shakeeta me hizo regresar a la niñez. Recuerdo cómo, orgullosas, mis abuelas decían ridículamente a los nietos sobre nuestro origen: «Conquistadores, no conquistados». Sentí vergüenza de ese pasado, pero es cierto, no pude comprender el dolor de no saber de dónde provienes.

Luego prosigue:

—Yo, a diferencia de millones de mis hermanos, sé de dónde provengo. Mis antepasados vinieron en el último barco que entró ilegalmente por Mobile, que es un puerto a un par de horas de acá. Este barco se llamó Clotilde, y en 1860 llegaron 110 de los que fueron los últimos esclavos traídos a estas tierras, y ahí vino la bisabuela de mi bisabuela, una niña de trece años vilmente secuestrada en Nigeria por traficantes y vendida por cien dólares en África. Ella fue separada de sus padres, de sus hermanos, le negaron la vida que por derecho le tocaba tener en su comunidad y, en vez de eso, fue arrancada de su lugar y llevada al otro lado del mundo.

Se detiene un instante y luego pregunta mirándome fijamente a los ojos:

—¿Tienes algún hijo de esa edad?

A lo que le respondo casi imperceptiblemente:

—Sí, uno de ellos tiene once años.

Luego me mira nuevamente y dice:

—Ella tenía trece, solo dos años más que tu hijo, ¿te imaginas qué sería de tu vida si te arrancaran de esa manera a tu hijo?

Sin dejarme responder, continúa:

—Según se cuenta en mi familia, ella narró que lloró toda la noche previa a que el barco zarpara, presa de un dolor y desesperación que hasta ese día habían sido ajenos a su corazón. Al día siguiente, para terror y vergüenza suya, fue desnudada, humillada y llevada a una bodega del barco con más de cien personas e iniciaron el viaje de aproximadamente seis semanas a través del Atlántico. No fue un crucero de placer, ¿sabes? Convivieron durante ese periodo con sus excrementos, murieron dos personas, los niños pequeños sufrían terriblemente sin que sus madres pudieran hacer nada para reconfortarlos, no podían ni darles de beber agua; cuando llegaban los alimentos estaban avinagrados, y así con el dolor en el alma por el desarraigo y la incertidumbre llegaron a América, la tierra de la libertad —esto último lo dice con una sonrisa sarcástica, mientras se para a recoger el café que ha pedido.

Regresa y continúa hablando:

—Todos nos invitan a callar ese pasado, creen que de alguna manera nos reivindican haciendo películas con duques y reinas inglesas negras, cuando ellos fueron el origen de toda nuestra opresión. Es como si trataran de borrar todo lo que sufrimos —suspira un momento—; sin embargo, siempre nos dicen «deja ya el pasado, tienes que ir hacia delante». ¿Acaso le dicen eso a los judíos cuando hablan de su holocausto? No y definitivamente no lo hacen; ellos hacen memoriales por todo el mundo para que todos veamos su gran desgracia, su desgracia que también pertenece al pasado. ¿Acaso alguien les dice: «ya no conmemores la liberación de los campos de concentración»? No, nadie se los dice. ¿Acaso alguien les dice que dejen de cobrar las millonarias reparaciones por su holocausto? Tampoco, todos nos recuerdan todos los años el inmenso dolor sufrido por los judíos; sin embargo, ¿quién habla del holocausto africano? Nadie habla de él, nadie habla de los más de veinte millones de africanos que fueron enviados a América, nadie habla del tráfico de africanos transahariano aprovechado por los árabes y de los africanos traficados a Europa, nadie habla de las millones de familias separadas, de los hijos vendidos frente a sus madres, de las mujeres y niñas violadas.

Intempestivamente guarda silencio, como temiendo haber hablado de más.

Luego replica:

—Y ahora, no solo nos dicen «olvida tu pasado», sino que lo peor radica en que nos quieren culpar del destino de nuestra gente. Nos dicen que otros africanos fueron los que vendieron a los esclavos, como si esa gente hubiera tenido otra opción; si no vendías a otros pueblos ten por seguro que tu pueblo era el arrasado y vendido. No se justifica ciertamente, pero ¿quiénes eran los consumidores? Los europeos, los árabes, los colonizadores en el nuevo mundo. ¿Acaso alguien culpa a los judíos de su propio holocausto porque hubo judíos que colaboraron con los Nazis? Obviamente no, todos tenemos claro que fueron los nazis los culpables de las atrocidades perpetradas. Entonces, ¿cuál es la diferencia con nosotros? ¿Qué posibilidad tenían los otros reinos en África contra el poderío europeo si se negaban a vender a otras tribus? Y así todos nos culpan y nos piden que olvidemos porque ya somos libres, por que supuestamente ahora todos somos iguales.

Se queda mirando alrededor de nosotras en el café donde estamos, y me dice:

—¿Ves a tu alrededor?

Miro a mi entorno, solo hay afroamericanos. Luego continua diciendo:

—Esta es la realidad, ya no estás en tu barrio bonito, o en el centro comercial de la zona en la que vives que es amplio, espacioso, mucho menos en el café que sueles frecuentar. Hoy estás viendo mi realidad, la realidad de una mujer afroamericana, de una mujer que ha decidido no usar una peluca lacia, o que haya tratado de blanquearse para ser más aceptada por los blancos de esta ciudad.

Shakeeta bebe un poco de su café y dice:

—A pesar de los cientos de años, de que trataran de borrar de nuestra mente nuestra cultura y nuestras raíces, no lo lograron; a pesar de que muchos fueron separados, vendidos, asesinados, o que no tuvieron un padre o madre que transmitiera oralmente quiénes éramos y de dónde proveníamos, África continúa en nuestro corazón.

Sobre la autora

Soy Susana, abogada de profesión, madre de tres niños traviesos por convicción. Amante de la historia, de los libros y del buen café.

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