Principio y despedida – Mara Gonmarri

La primera vez que te vi no eras tú a quien yo miraba,
en tus ojos, otras luces, en tus manos, otras playas,
en tu contorno perfecto otra realidad hallaba.

Te marchaste casi un mes, no me di cuenta de nada,
hasta que volviste a mí y te colaste en mi cama,
correteando en mis labios por las calles italianas.

No puedo más que decir que desperté consternada,
y tú desde la ignorancia preguntaste: ¿Qué te pasa?
Yo no pude contestar más que un: «No me pasa nada».

Y empezaron las angustias por revelarte en mis noches,
por pensarte, por amarte y deshacerme en reproches,
cuando esperaba impaciente en las esquinas tu nombre.

Tropezarnos cada día en veinte metros cuadrados,
fue una cruel encrucijada que me desterró a tus manos:
calor de ritmo sensual tan ausente y tan cercano.

Hasta que conté mis cartas por debajo de la mesa,
y me sobraba un dolor: no cerré bien esa puerta,
y te la pinté en la cara sin saber que estaba abierta.

Tres que fueron y serán seis reunidos en esta secta,
que me invade por las calles y me acosa en las esquinas,
que me estampa contra el suelo y penetra mis aceras.

Desterrado aquel recuerdo, te recompuse en ti mismo,
y me besa el buenos días con mariposas de circo,
porque en tus labios se rifan carcajadas de tomillo.

Pero hay días que me amas sin saber aún la manera,
y mis tristes capilares se transforman en tormentas,
cuando me dices te quiero desbordando mis esquemas.

Es normal, no me comprendes, sé que no es algo sencillo,
desramarse en mis temores, desnudarse en mi cinismo.
No es nada fácil amar en mi pasta de membrillo.

No te culpo por vestir los ojos con la dulzura,
las manos con la pasión, los labios con la ternura,
por pintar la primavera con un toque de locura.

No te culpo por viajar sin palabras por mis campos,
y acomodarte un rincón en la claridad del llano
para recoger al sol mis nostalgias y letargos.

Yo no quiero ser el eco de una hembra enardecida,
ni la lluvia que se moja en la piel de tu lascivia,
ni tampoco ser el semen que se escapa sin medida.

Lo diré sólo una vez, es principio y despedida:
quiero ser esa pasión que te destruya la vida,
y te hunda en el abismo en el que estoy sumergida.

Sobre la autora

Empecé a escribir poesía con quince años de la mano de un amor imposible que me comía las entrañas, y en ese difícil camino de la adolescencia, me tropecé con una profesora de literatura que admiraba profundamente la poesía. A caballo entre la angustia del desamor y las redacciones de clase, descubrí que existía un espacio en el mundo en el que podía ser yo, y en el que el maremágnum de emociones que bullía dentro de mí tenía sentido. Un verso aquí, otro verso allá; la poesía se fue transformando en un arco iris de sensaciones cantadas sin voz en un papel en blanco y, en el sentido más estricto de las palabras, en el exorcismo de mis pasiones. Así fui pasando de las líneas infantiles a las rimas, al verso libre, a los intentos suicidas de estructuras prefijadas, hasta llegar a los versos sangrantes y al grito poema que se retuerce sobre sí mismo.

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