Pelirroja de espaldas contemplando el horizonte en medio del monte.

Oh Natasha, Natasha | Miguel Ángel Salinas Gilabert

La tenue luz del móvil me concedía la dimensión de tu espalda, desnuda y desdibujada. Yo en vela, mientras tú dormías a pierna suelta. Postergabas, una noche más, mis ancestrales ansias de adentrarme en ti. ¡Oh Natasha, Natasha!…

Tú, montaña glacial, te deslizabas a la deriva sobre la cama hasta colisionar con mis pies calientes. Cuando entibiaba los tuyos te desprendías de los abrazos, dabas media vuelta y te sumergías en insaciables sueños, los de un tronío que no llegaste a encontrar en la austeridad de mi alcoba. Tal vez ya estés de regreso en Rusia, y desde tu frío país recuerdes con nostalgia mi acolchado edredón de pluma falsa…

Desplumaste mi valiosa colección de certezas del mismo modo que mi cartilla de ahorros. Siempre tuve la sensación de que nuestro amor hacía aguas por algún agujero, que se evaporaba como las botellas de vodka del mueble bar, con las que jugabas a recomponer tu ánimo voluble. He de confesarte que te prefería borracha, pues, a pesar de la falta de lucidez, entonces no escatimabas simpatía. Me embelesaba tu sonrisa despreocupada, aunque fuera un tanto estúpida. ¡Oh Natasha, Natasha!…

Ni siquiera me dejaste un adiós… En cuanto advertí que tu ausencia era definitiva, arranqué la pila del reloj que cuelga de la pared, en un vano intento de detener las horas. Sin embargo, cada segundo cuenta desde que te marchaste. No he cambiado de sábanas en las 534 horas transcurridas. Sé que no tiene sentido, pues entre los pliegues sudados ni un átomo queda ya de tu fragancia. Pero, igual que un perro en celo, no puedo evitar el husmear por todas partes, en la enfermiza búsqueda de tu rastro volatilizado.

Insisto en hallarte hasta en las telarañas de cada rincón. ¿Y te acuerdas del helecho que adornaba la sala de estar? Le he retirado todo suministro de agua. Sus hojas, antes verdes, han transmutado a unos tonos cobrizos que me recuerdan al tinte de tu cabello alborotado. También te cuento que he extraviado a propósito el mando del televisor: sin fútbol ni telenovela, me condeno a mí mismo a pensar en todo momento en ti…

Recuerdo cuando encontré, perdido en la bandeja del correo basura, aquel primer mensaje tuyo: «Hola, me llamo Natasha. Soy en una pequeña ciudad en Rusia en Siberia, muy frío pero yo mucho cariñosa y romántica. Soy 24 años y encantaría conocer a hombre romántico también como yo». ¡Por fin, el amor, se dignaba a merodear por los confines de mi monótona existencia! No me lo pensé dos veces y contesté con diligencia a tu solicitud de amistad, en inglés, a pesar de mi desencuentro con la lengua de Shakespeare. En tu siguiente mensaje, la palabra love apareció veinticuatro veces. ¡Qué bien parecías conocer mis debilidades, ¡oh Natasha!, y, en definitiva, a mí, que toda la vida fui un romántico empedernido!…

El resto ya lo conoces. ¡Oh Natasha, Natasha!… Te confieso, ahora, que en absoluto me agradaban las visitas furtivas de tu primo, siempre tan a deshora, a menudo en mi ausencia. Sentía tremendos celos cuando lo recibías con aquellos empalagosos abrazos, y, más que nada, detestaba sus toscos ademanes, y la excesiva familiaridad que se tomaba conmigo y en la casa. Pero a fin de cuentas, si transigí fue porque sabía que Vladimir era tu única familia aquí. ¿Acaso obré mal, cuando lo único que hice fue sacrificarme por ti?

Si algo te molestó de mí, al menos podías haber intentado verbalizarlo. Claro que, por otro lado, el idioma siempre fue un obstáculo: ni yo hablaba el ruso, ni tú el español, y cuatro palabras mal pronunciadas en inglés nos sirvieron de poco. Mas por mi parte, bien sabes que nunca necesité ni te pedí explicaciones, ni justificantes ni recibos, o facturas de ninguna clase. Me fueron indiferentes los pormenores que condimentaban la verdad de nuestra historia, tanto como las palabras. Pero ahora, de nuevo en mi soledad, me gustaría escuchar otra vez, de tus labios, la única frase que alcanzaste a pronunciar en mi idioma, durante aquella primera semana de pasión desmesurada en que llegaste a mí : «Te quiero, amor». Aunque solo fueran palabras de mentira. ¡Oh Natasha, Natasha!…

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