No sólo somos seres para la muerte, somos seres en duelo | Joel Estrada

A veces alguien sabio te explica de qué está hecha la vida, y entonces constatas que aunque tenías casi todos los ingredientes de su receta, los mezclabas en un orden y una proporción incorrectos. Entonces llega ese Jean-Baptiste Grenouille del filme El perfume e, intuitivamente, combina estos ingredientes delante de nuestras narices con la facilidad con la que Calígula ordenaba una ejecución.

TOTEKING

Voy camino a casa, dentro de un gusano gigante de metal rojo. He salido a dar un paseo a Parque Hundido con el fin de agotar la poca energía que me queda. Llevo más de dos meses sin poder dormir bien y cuando lo hago, sueños de angustia inundan mi almohada. No entiendo qué es lo que sucede. Hace cinco meses habría apostado por el estrés acumulado, pero hoy es difícil creerlo. Tengo la vida casi segura. Soy una persona obsesiva, así que no me cabe duda, si mantengo el ritmo de vida actual, puedo vivir tranquilo por lo menos quince años más. He hecho las cuentas infinidad de veces y cada mes vuelvo a corroborar. Repito, soy una persona obsesiva.

Durante el recorrido de regreso, observo a las personas de a pie que circulan por la ciudad. Navego por una de las avenidas principales de esta gran urbe, muerto de cansancio, con los párpados hinchados, las ilusiones marchitas y la sonrisa cubierta siempre con una mascarilla negra. Es la moda de este nuevo mundo de mortandad. Cuesta creer que un pequeño microorganismo compuesto de material genético, tan insignificante y endeble, haya puesto al mundo de cabeza hace ya un año y cambiado por completo las reglas del tablero de este juego llamado vida.

De cualquier forma, desafortunadamente yo sigo vivo, reptando por la existencia, sin objetivo ni motivo alguno que me haga valorar el simple acto de respirar. No entiendo qué hago aquí. Me pregunto una y otra vez, ¿por qué sigo soportando este suplicio?, ¿qué caso tiene?, ¿cuál es la finalidad? Debe existir un significado oculto, pienso, y me consuelo con la fantasía de algún día poder hallarlo. Así que mientras tanto, trazo caminos breves que no llegan a ningún lado: estudiar una licenciatura, conseguir un buen trabajo, ahorrar e invertir para seguir llevando una vida tranquila, tener sexo con la chica que me gusta, fingir que siempre estaré para ciertas personas, llamar “amigos” o “familia” a esas personas, etc. Calculo cada paso, anticipándome para encajar todas y cada una de las piezas de este puzzle, modificando el camino y la dirección, mi conducta, mis afectos, mis palabras.

Nuevamente: soy una persona obsesiva y al parecer un buen actor, también.

Mientras la mirada se me pierde en el recorrido, sin prestar atención particular a nada, los pensamientos me revolucionan en la cabeza, corren de un lado para otro, saltando de idea en idea, sin control ni dirección alguna, pero con las mismas interrogantes. Una especie de asociación libre que comienza a brincar de recuerdo en recuerdo: regreso a la última vez que degusté mariscos en un buffet y luego paso a la escena donde conocí a mi actual pareja por primera vez, me desplazo por las memorias que tengo de la universidad y retrocedo a mi infancia temprana, específicamente al recuerdo que tengo de mi hermano rompiendo mi juguete favorito. Recuerdo de pronto que debo redactar varios ensayos. ¡Malditos ensayos! Odio las formas de evaluación académicas. Me gusta escribir, pero no bajo normas y límites, no por obligación. Me gusta ser libre a la hora de escribir. Navego con la mirada fija en la ventana del transporte público y mientras ésta se inundada de imágenes aleatorias a la velocidad del vehículo, mi cabeza hace lo mismo con memorias que creí olvidadas.

Después de un tiempo intento tomar el control de mi pensamiento, piso el freno y mi mente se detiene en algo específico. Recuerdo las tesis planteadas por Freud en El malestar en la cultura, tal como las vimos en el seminario Cultura y psicoanálisis. Notamos que dichas tesis pueden considerarse como un punto de convergencia y de partida inevitables para el análisis del vínculo presente entre el psiquismo y la sociedad, su cultura. Reflexionamos un poco acerca de la cultura y su relación con la psique. A través de ésta y otras lecturas, pude vislumbrar y recorrer el trayecto que va desde un malestar tolerable, inevitable y hasta cierto punto necesario, que hace posible la vida en sociedad, a un estado que produce mortificación, un estado que incordia, que atormenta, que lacera y puede incluso imposibilitar la participación del sujeto en la vida social, con efectos negativos en la psique.

Recuerdo también que, en el mismo texto, frente a la perspectiva de Rolland, que apuntaba que el sentimiento religioso era un sentimiento oceánico y que ofrecía la sensación de lo eterno, Freud sostenía que dicho sentimiento únicamente era una evocación de la unión que en el origen experimentaba el infante con la madre. La necesidad de lo religioso, entonces, era una manera de reformular la necesidad de la protección paterna, con el intento de restituir el narcisismo originario. Así entonces, el propio cuerpo, sumado al mundo exterior y su hostilidad, y a la insatisfacción presente en los vínculos con los semejantes, terminaban convirtiéndose en semilleros de malestar. Freud ponía énfasis en el malestar derivado de lo displacentero de dichos vínculos, sobre los cuales se edificaba la cultura como una tentativa de remediar al mismo. Para conseguirlo, ésta hacía uso de las instituciones sociales; sin embargo, el efecto represivo que éstas imponían, arrastraba al sujeto nuevamente al malestar.

Lo primero que Freud rescataría de sus reflexiones, sería el carácter protector de la cultura, pero también la ambivalencia que existe en ella: el hombre no puede hallar la felicidad plena en ésta, pero sin ella no puede sobrevivir. La cultura entonces, generaría lazos que sustituyen a aquellos a través de los cuales los sujetos intentan satisfacer sus deseos, para reducir el malestar del hombre por la evidente resignación pulsional a la que es sometido por la misma. De esta manera, sostendrá Freud, que la cultura generaría los vínculos amorosos, apartados de su fin originariamente sexual. De aquí, entre otras cosas, se derivaría el mandamiento cristiano que reza «amarás a tu prójimo como a ti mismo». No obstante, dirá Freud, este mandamiento está destinado al fracaso, debido a la hostilidad originaria del ser humano para con sus congéneres, expresión fundamental de la pulsión de muerte. Esta agresividad inherente a la naturaleza humana es también fuente de placer; la otra es el amor. El malestar en la cultura está entonces unido a la presencia de la pulsión de muerte, como complemento y opuesto de Eros. La lucha entre estas dos pulsiones, ocupa y somete tanto a la psique como a la vida social.

Es en este punto donde mi atención se fija, inevitablemente, en la pulsión de muerte, pero específicamente en la palabra “muerte”. Vienen a mi cabeza las clases en donde abordamos el texto Duelo y melancolía y las sesiones en mi análisis en donde hablé acerca de ello. «La persona en melancolía está en la enfermedad —le comentaba a mi analista—, y nosotros como acompañantes, tenemos que hacer algo para que pase a la salud, pero esa manera escindida de pensar me parece cómica». A mi parecer, ésta es una forma simplista de concebir el mundo, divida por una línea que separa la salud de la enfermedad, pero, me pregunto, ¿qué sucede con la persona que desea vivir en la melancolía o que simplemente no desea vivir? Freud, si no mal recuerdo, asociaba ésta a un duelo permanente en el sujeto. Siempre me he preguntado ¿qué de malo tendría eso?, ¿acaso no estamos ya siempre en un duelo eterno? Con el paso de los seminarios y el tiempo, sumado a los numerosos datos biográficos que vamos adquiriendo sobre la vida y obra de Freud, puedo entender por qué su interés se fija en este tema. Aquí también se aborda la pulsión de muerte; sin embargo, no puedo dejar de preguntarme ¿por qué no lo vio a la inversa, como algo positivo?

Alguna vez leí en algún lugar que la muerte era la posibilidad que imposibilitaba todas nuestras posibilidades; es decir, que la muerte es la posibilidad presente siempre en todas nuestras posibilidades, porque cuando nacemos, ya estamos lo suficientemente maduros para morir. Situar la muerte no como un asunto biológico, sino como una posibilidad existencial fue una especie de suerte para mí. La muerte es la posibilidad más posible de todas. En todo momento, mientras existimos, la posibilidad de la muerte está entre nosotros. Al nacer ya es posible esa posibilidad para nosotros. Esto nos permite cuestionarnos cómo es vivir sabiendo que la muerte es una posibilidad siempre presente; no está en el horizonte, no está más allá, en un futuro a largo plazo, es una posibilidad en todo momento posible. A mi parecer, pensar así, nos permite una reflexión y exploración más profundas.

Salto ineludiblemente a mis años de bachillerato, en donde Sartre nos decía, en la clase de filosofía que, «somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros». A mi mente llegan los retractores de Freud, acusándolo de una visión reduccionista. Regreso a lo anterior y recuerdo lo que podría definir como mi primer acercamiento a la muerte, cuando un tío mío falleció y en los rosarios la gente se acercaba con su ahora viuda y hablaban sobre las pérdidas y los duelos. Entendí que de alguna manera hay quienes hacen de cada pérdida un duelo. Reducen todo a la expresión: toda pérdida es un duelo. Creo que es muy peligroso pensar así. Hacen de la pérdida una lógica que concluye con: pérdida igual a duelo. Pero no creo que sea así. No toda pérdida se vive como un duelo. Tomando nuevamente la frase somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros, diría que el duelo no es el hecho, no es la pérdida, el duelo es lo que hacemos con la pérdida.

Recuerdo que a raíz de este acontecimiento comencé a asistir a terapia. Yo le comentaba a la terapeuta «murió mi tío y todos piensan que tengo que llorar, que debo hacerlo. Ciertamente no me siento triste y me siento incómodo porque piensan que soy una mala persona por no querer llorar. No puedo sentirme triste por él, al contrario, me siento muy alegre, me siento muy aliviado porque para mí no pasa por ahí».

Vuelvo hacer un salto, diez años en el futuro. Estoy en la universidad, leemos a Camus. Hace un par de semanas también leí un artículo que hablaba sobre él a través de una entrevista hecha a su hija. En alguna de sus obras, no logro recordar cual, él señalaba que el suicidio era uno de los temas más filosóficos. ¿Vale o no la pena vivir?, esa es la pregunta más filosófica para Camus. Pregunta que no nos permitimos hacernos ya, la sociedad da por sentado un rechazo al suicidio. Hoy día, en especial en estos tiempos, podemos encontrar diversas redes e instituciones con campos de prevención contra el suicidio. Hay que rescatar. Hay que rechazar al suicidio, es su slogan.

No digo con esto que debamos montar una campaña en pro del suicidio; pienso, mejor dicho, que habría que cuestionarnos: ¿qué está pasando con nuestra vida?, ¿merece la pena vivir nuestra vida tal como la estamos viviendo?

Es muy común y muy frecuente escuchar la frase «hay que buscar muertes dignas» y de aquí salto a otro tema. Pienso que primero tendríamos qué preguntarnos, ¿qué es una muerte digna?, ¿qué se requiere para una muerte digna?, ¿de qué hablamos con respecto a una muerte digna?, ¿para quiénes es posibilidad una muerte digna?, ¿en qué medida, la muerte digna, en ocasiones es un privilegio que tiene que ver con aspectos sociales, políticos y económicos?, ¿quiénes no tienen derecho a una muerte digna?

Viendo el panorama actual, creo que es complicado aspirar a una muerte digna en lugares donde no es posible, primero, una vida digna. Imaginemos, por ejemplo, las experiencias de duelo vinculadas con la violencia, desapariciones, feminicidios, homicidios, delincuencia, etc. Nuevamente, es complicado buscar y promover muertes dignas donde no hay vidas dignas.

Quiero dejarlo claro, no es promover el suicidio, es preguntárnoslo. ¿Vale la pena?, ¿en qué momento sí y en qué momento no?, ¿bajo qué condiciones es posible vivir y bajo qué condiciones no resulta vivir nuestra vida? Es una pregunta muy potente.

Creer que tenemos que vivir a costa de lo que sea, bajo cualquier circunstancia, no solo es peligroso, sino también es cruel. Expongo brevemente mi caso: no encuentro razones para obligarme a seguir existiendo, no le veo un sentido, y no por una cuestión depresiva. Simplemente no le veo sentido, lo señalé desde el inicio. No encuentro razones, pero sigo aquí por la angustia que me genera la incomprensión de los demás y porque no puedo aspirar simplemente a una muerte tranquila y placentera como lo sería una inyección de morfina, así que me someto al autoritarismo moral social de preservar la vida por sobre el genuino deseo de vivir.

¿Qué es lo que he tratado de señalar con todo esto? Un intento, una esperanza por despatologizar la melancolía, el duelo infinito, este malestar en la cultura del que tanto hablamos pero que a la vez nos cuesta tanto definir. Creo que el psicoanálisis nos brinda una posibilidad para ello, que no significa que la única. No me atrevo a hablar desde el psicoanálisis como psicoanalista, porque no me sitúo desde ahí, soy apenas un formando, pero creo que tiene aspectos bastante valiosos, pienso esto desde mi rincón.

Desde mi perspectiva, la experiencia del duelo no es algo que se cierre, no es algo que se termine o se concluya; mientras vivimos, nuestras experiencias existen con nosotros. Por tanto, veo al duelo como un duelo infinito. Que, ojo, no significa dolor infinito, pero sí duelo infinito en tanto que somos seres de memoria. Por ejemplo, lo podemos ver con completa claridad en nuestro país, México, en fechas como el primero y dos de noviembre, donde ponemos nuestras ofrendas, recordamos a nuestros muertos, conmemoramos, hacemos memoria con otros. Es posible justo por un duelo infinito, porque habitan en nosotros mientras existimos. Duelo infinito en tanto que somos seres de memoria. En tanto que somos seres de memoria los otros dejan de estar con nosotros para estar en nosotros. Mientras existimos existen en nosotros. Me parece algo fantástico, pues nos permite reconocer el duelo como una experiencia que habita en nosotros.

No solo somos seres para la muerte, como lo creí entender en De guerra y muerte, somos seres en duelo, somos seres en continuas despedidas. ¿Quién nos hizo así, siempre en despedida? Creo que debemos reconocer el duelo, no como un asunto accidental, no como un asunto ajeno a la existencia, sino como un asunto constitutivo del existir.

En algún momento, una coordinadora nos decía «algunas de las lecturas que verán a lo largo de su formación pueden ser muy fuertes, a algunos les moverán un poco y a otros un poco más, puede que demasiado». Quizás a esto se refería.

Me encuentro agotado, un tanto confundido. Estoy por llegar a casa. No sé ni cómo lo he conseguido. Me he dejado llevar por las asociaciones que surgían sin cesar en mi cabeza. He escrito esto en el móvil y pienso en lo tedioso que será transcribirlo para la entrega final del seminario. No estoy convencido del resultado, tampoco tengo idea de si en realidad he dicho algo coherente, pero tengo que volver al punto de inicio donde comenzó esta redacción. Detesto hacer ensayos. Lo odio con todo mi ser. No me interesa en lo absoluto. Es aquí donde me convierto en uno de esos seres, enemigos de la cultura. Sólo puedo concluir, expresando grosso modo, que a mi manera de ver las cosas es inevitable y hasta cierto punto necesaria la existencia de malestar en la cultura, teniendo éste distintas causas y fuentes. Como ya lo dijimos, la cultura brinda distintos destinos para nuestro universo pulsional, pretendiendo tramitar dentro de ciertos términos la satisfacción del mismo. La cultura, hasta donde podemos ver, se nos presenta como un espacio de gestión de diversas pulsiones, apoyado en sus instituciones, en las relaciones entre los individuos que estas instituciones producen, y en la sublimación procurada por objetos como el arte, las representaciones religiosas, etc. No obstante, existen situaciones en la cultura donde todo esto se ve dificultado. El generado por el autoritarismo moral de la existencia, por ejemplo, es uno de ellos.

Sostengo firmemente —y tal vez me tachen de pesimista—, que el estado de nuestra cultura actual debería ser pensado como un estado que va más más allá del malestar en la cultura. Desde mi perspectiva, el autoritarismo moral que nos obliga a preservar la vida por sobre el genuino deseo de vivir, debe considerarse como un estado traumático particular, que surge por la presencia en los sujetos de una persistente angustia de desamparo, que es desencadenada por fallas en las funciones del espacio sociocultural.

La consecuencia de esto, es que cada vez se vuelve más complejo saber cuál es nuestra función dentro de la sociedad, el sentido de ésta y de nuestra participación, ni siquiera sabemos si seguir adheridos a dicha sociedad. Resulta obvio: esta crisis de las instituciones sociales provoca que las mismas dejen de cumplir ese propósito de amparo que Freud veía en ellas y que, por consiguiente, no permitan que la psique pueda depositar la pulsión de muerte.

Sobre el autor

Joel Estrada es licenciado en Pedagogía por la Universidad Pedagógica Nacional de la Ciudad de México y actualmente está realizando su formación en Psicoanálisis en el Círculo Psicoanalítico Mexicano. Ha publicado la serie Ceniza y Tinta, conformada por las antologías poéticas A pesar de sus pedazos (2016), Con Amor y Odio (2019) y, para este año, tiene proyectado publicar Kintsugi, el tercer y último libro de la serie. Joel Estrada lleva un ritmo de producción literaria activo y se le puede continuar leyendo también en su blog de WordPress.

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