Pez con apariencia de piraña naranja, lo que parece su reflejo en el cristal de una pecera

La piraña vegetariana | Miguel Ángel Salinas Gilabert

La fauna

Si es que sale de casa, el parque de El Retiro es el lugar que Néstor escoge siempre para dejar pasar, sin más, el tiempo. Se entretiene contemplando el devaneo de gente ociosa que, como él, no racanea con las horas…

Entre caminos jardineros, bordeados de plátanos de paseo y castaños de indias, niños y perros andan sueltos, sin que a nadie parezca preocuparle el libre albedrío de sus naturalezas. Con un poco de suerte pueden divisarse, también a su aire, algunas ardillas, que se animan a destrepar de los árboles para empacharse con las chucherías con que nietos y abuelos las malcrían. Quienes pretenden abandonarse a la lectura pronto pierden la concentración, por los chismorreos altisonantes de las cotorras argentinas, y los magreos de esos pobres aprendices de amantes que ni una habitación pueden permitirse, ni aun en las pensiones más sórdidas de Madrid. Tal vez por eso, por resarcirse de su incapacidad para acabar con las acaloradas conversaciones de las cotorras, los animalistas menos sentimentales propugnan la castración masiva de los gatos asilvestrados, esos que, como ellos, gandulean a todas horas por el parque. Bajos los pinos piñoneros debaten también, entre otras cosas, sobre la conveniencia de dar de comer a las ardillas, contagiándose sus conversaciones del ritmo cansino de sus galgos desgarbados. Los gatos del parque, por su parte, están más bien a favor del amor libre y desaforado, y, sobre todo, del engorde sin miras de las ardillas, su bocado predilecto.

No acaba aquí la diversidad faunística del parque. Si es que el sol aprieta, sobre el césped se pueden encontrar muchachas-lagarto de piel anfibia. Agazapadas tras sus bikinis, atrapan los esmirriados rayos ultravioletas que, a duras penas, logran traspasar el contaminado cielo de Madrid. Se perturba Néstor si las observa de reojo, aparentemente tan a mano, pero tan inalcanzables para todos. En cambio, se siente seguro de sí mismo con los confiados gorriones que se atreven a comer de su mano, y más aún con las glotonas palomas. Aunque por encima de todos los bichos, sus preferidos son las carpas del estanque: hay algo de sensual y orgiástico en su culebreo fluido y voraz, cuando se entregan, sin pudor, a la bacanal de migas de pan con que acostumbra a agasajarlas.

En ocasiones, Néstor, al salir de su desdeñable trabajo, se siente tan deprimido que no tiene ánimo para acudir al parque ni a parte ninguna. Se queda entonces en casa. Mientras la alimenta con pedacitos de carne cruda, contempla, por horas, a la piraña que habita en su pecera…

Hugo

Encontré la pecera en la basura; no parecía rota ni nada. No sé: la gente se aburre y tira de todo, aunque esté como nuevo. Sabía que a Néstor le gustaban los animales, porque lo había visto cientos de veces en El Retiro, dando de comer a toda clase de bichos. También le echaba pan duro a las carpas del estanque; ¡joder, esos peces se tiran al pan como auténticas pirañas!… Se me ocurrió regalarle a Néstor la pecera; yo no la quería para nada. Me pareció que sería un puntazo, ya de paso, regalarle también una piraña: no sé, supongo que me vinieron a la cabeza las carpas. Igual hasta le hacía compañía, la piraña, porque se notaba a la legua que Néstor debía andar bastante solo. Así que me tiré el rollo y me acerqué a una de esas tiendas de animales que tanto detesto, para comprarle uno de esos peces de dientes afilados. Sinceramente, no estoy nada a favor de la compra-venta de animales, y mucho menos de que anden encerrados. Pero en fin, aunque parezca una contradicción, lo hice por una buena causa. Mis colegas y yo nos echamos unas risas, cuando allí, en El Retiro, y delante de todos, le entregué a Néstor la piraña. No mostró demasiado entusiasmo: simplemente me dio las gracias y se marchó con la piraña y la pecera para su casa.

Dentro de lo que cabe, Néstor es un tío con suerte. Según nos fue contando, a base de irle tirando poco a poco de la lengua, cuando sus padres murieron —su madre no hace demasiado— le dejaron la casa como herencia. Resulta un alivio no tener que preocuparse por la hipoteca, el alquiler o las mudanzas. Sé de lo que hablo, yo comparto un piso de alquiler. Por lo que Néstor nos dijo, instaló la pecera en el comedor; por su cuenta compró el filtro de depuración del agua y los demás accesorios, el calentador y no sé qué cosas más. También nos contó que decoró el fondo de la pecera con piedrecitas, y un par de plantas de esas subacuáticas.

No le conocíamos mucho ni demasiado bien, a Néstor, sólo de verlo por el parque, pero algo nos fue contando de su vida, a base de preguntar. Aunque no todo: escondía lo principal, lo de su trabajo. Por fuerza nos llamó la atención cuando le vimos la primera vez, porque mis colegas y yo somos bastante sensibles con el maltrato animal. Incluso algunos colaboramos con alguna asociación animalista. Nos resultó extraño ver a alguien tan joven como él, alimentando a toda clase de animales, como si fuera la típica vieja tarada que da de comer a las palomas. Aunque era raro y solitario nos cayó bien, sobre todo a Berta. Claro que a Berta siempre le atraen los tipos de lo más raro; a mí nunca me ha hecho ni puto caso. Tampoco es que yo sea del todo convencional, eso desde luego. No nos sorprendió demasiado que Berta se enrollara con él. Aunque, sinceramente, yo creo que más bien lo adoptó, como si fuera uno de sus gatos. Todos somos más de perros, salvo Berta, que ha ido recogiendo gatos por la calle. De momento tiene tres. La verdad es que Néstor es un poco como un gato. Yo prefiero a los perros. Tengo un galgo que rescaté de un refugio animal.

La piraña

Las pirañas son unos peces de agua dulce que habitan en las aguas templadas de ciertos ríos de Sudamérica. Son tan voraces como las carpas de El Retiro. Aunque, según qué cánones de belleza, las pirañas tal vez sean mucho más feas. Ante los ojos de Néstor, su piraña carece por completo de la viscosa sensualidad de las carpas del estanque…

Un día a Néstor se le ocurre introducir otros peces en la pecera, para que hagan compañía a la piraña. Pero la piraña, como ser insociable que es, no recibe demasiado bien a los nuevos inquilinos: se los merienda, igual que los gatos de El Retiro a las ardillas. En cierto modo, la piraña se parece a Néstor: prefiere o se resigna a estar sola. A Néstor le exaspera que la piraña, en el transcurso de los días, no establezca ningún tipo de vínculo ni confianza con él. Lo comprueba cuando tiene la feliz idea de darle de comer de la mano, como si fuera un gorrión. Estúpida ocurrencia. Reflexiona entonces Néstor que, quizá, como le ha ocurrido a él cientos de veces, la piraña se sienta contrariada por no tener pareja. Se acerca a la tienda de mascotas y, como quien va a una agencia matrimonial, le trae, en una bolsa transparente con agua, una novia: una preciosa pirañita color naranja de filosos dientes, ojos saltones, y carácter inquieto.

Más tarde, en El Retiro, bajo la sombra oscilante de un chopo al que el viento soba y soba, Berta manosea a un nada experimentado Néstor. Se lo come a besos, y le hurga en la entrepierna. Parapetado tras las páginas de un libro, un obseso lector hace como que lee, mientras observa la voracidad de aquellos dos animales hambrientos. Entre tanto en casa de Néstor, dentro de los confines de la pecera, la piraña se da un frugal festín: de su novia no deja ni las raspas.

Berta

Néstor es un poco raro. Demasiado raro, para ser exacta. Creo que por eso me gustó. Me fijé en él desde el primer momento: parecía tan desamparado… No está mal el chico, la verdad. Hablaba poco, eso sí. Más bien nada. Eso era lo que menos me gustaba de él: era muy cansado estar siempre sonsacándole las palabras para que me contase algo, como si lo entrevistara. Demasiados silencios, y, sobre todo, muy paradito. Sólo mostró cierto entusiasmo, más bien curiosidad, con el tema de mi veganismo. Yo soy vegana. Se podría decir que yo le convertí al veganismo. Según él, ya era bastante sensible con el tema de los animales antes de conocerme. Aunque eso sería decir demasiado… Porque Néstor resultó ser una caja de sorpresas. Me decía que le rayaba demasiado que unas especies tuvieran que depredar a otras, incluidas las plantas. Pero qué remedio: si no comemos vegetales, qué vamos a comer. Creo que fui la primera tía con la que salió, es algo solitario. Sí, demasiado solitario. Se llevaba bien con mis gatos, eso sí. Le gustaba acariciarlos. Aparentemente apreciaba bastante a los animales, pero a su manera, claro. Me comentó que estaba intentado que su piraña se hiciera también vegana; entonces me di cuenta de que se le había ido bastante la pinza. Sí; creo que el tema del veganismo se le fue yendo de las manos. Estaba muy pirado, por todo lo que decía. Un día me chiné con él, porque indirectamente me echó en cara que hubiese esterilizado a mis gatos. No había forma de hacerle entender que aquello era lo mejor para ellos, que si se reproducían como conejos no iba a poder hacerme cargo de tanto gato. Ni yo, ni nadie…

Cuando me confesó, todo lagrimoso, que trabajaba apuntillando vacas en el matadero, no pude más. ¿Cómo podía ganarse la vida con la muerte, como si fuera uno de los criminales guardianes de Mauthausen? Según él, cuando su madre murió tuvo que hacerse cargo de la hipoteca, y no encontró otro trabajo. Tiempo ha tenido de buscarse uno nuevo, aunque no me extraña que siga en lo mismo, con lo paradito que es… Además, me desquiciaron sus argumentos, cuando me dijo que siempre va a haber alguien al que le va a tocar hacer el trabajo sucio, y que peor sería para los animales si le encargaban la tarea a un sádico. En fin, sin comentarios… Ya no soportaba más sus idas de tarro y rompí con él. Para ser sincera, sentí auténtico asco, por haber estado con alguien tan demente y cruel. De vez en cuando nos lo cruzamos en el parque, pero yo y mis amigos tratamos de evitarlo: no queremos tener nada que ver con gente como él.

Néstor

En cuanto la piraña es desahuciada de su pecera, se da cuenta de que el estanque de El Retiro no es un lugar confortable. Demasiado frío. Busca con desesperación el termo del agua caliente, pero no lo encuentra. Las carpas contemplan a ese trozo de carne desubicada de afilados dientes y boquita de piñón, con absoluta indiferencia nada más advertir que no les disputará las migajas de pan.

Después, Néstor se encamina a la montaña artificial. Alza la pecera por encima de sus hombros y la despedaza contra la rocalla. Observa ensimismado los miles de cristalitos que, como pulgas en estampida, saltan libres en todas direcciones, ofreciendo, al fin, centelleos de piedra preciosa a la tosca roca caliza.

En un kiosco cercano pide Néstor una bolsa de gusanitos. El kiosquero le mira y maniobra con la desgana de quien sabe que nunca se hará rico. A cambio de 40 céntimos le entrega la bolsa.

Néstor encuentra un banco libre y se sienta. Mira al cielo con mutua ojeriza; tal vez ha descubierto un pájaro que le sobrevuela. Con primor de taxidermista, procurando no despanzurrarla, abre la endeble bolsa. Preferiría, para compartir los gusanitos, que alguna mamá de tetas abundantes le confiara a uno de sus polluelos. Pero se conforma, como de costumbre, con la compañía de sus lúgubres pensamientos, y de los gorriones, y de sus buenas amigas las palomas mutiladas…

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