Las manos | Carlos Arrighi

Cuando tenía siete años hicimos un viaje con mi padre, mi abuela y mis hermanas. Fue algo más de un mes en coche a través de la ruta 3. Nuestro destino final era visitar a los hermanos de mi abuela y a sus respectivas familias. Raúl, el menor, residía en Puerto Deseado y Sergio algo más al sur en la localidad de General Las Heras. Si bien éste último nombre me era familiar, la provincia de Santa Cruz era algo que apenas había visto en mapas. Recuerdo de camino pasar el día de Reyes en Viedma, en la casa de una prima de papá; allí recibí un juguete bélico que rompí al segundo como todo buen niño. La siguiente parada fue en Puerto Madryn donde vi a un cachorro de lobo marino asustar a los bañistas rozando sus piernas mientras pasaba a gran velocidad poniendo a prueba su infante destreza. Mantengo patente el recuerdo de mis hermanas sufriendo grandes sobresaltos cada vez que la criaturita pasaba cerca de ellas. Por la zona, además, tuve dos intentos fallidos de inmersión subacuática, avisté ballenas francas, visité las hediondas colonias de leones marinos, y fui mordido por un pingüino en su exilio solitario. Al llegar a Deseado nos recibieron las higueras del patio del tío Raúl a las que automáticamente me subí con desesperación.  Aprovechando mi entusiasmo la abuela me entrenó en el arte de la recolección y del silencio. En esos pagos exploré el taller de hojalatería del tío, escuché por primera vez la palabra ría, y choqué el auto de papá en un accidente del cual prefiero no hablar por las complicaciones que trajo para el resto del camino: sólo diré que producto de esto nos quedamos sin aire acondicionado hasta regresar a Buenos Aires.

Durante esos meses el tío Sergio y su familia se mudaban a la estancia La Frisia para realizar los trabajos de esquila de los rebaños de ovejas que habían deambulado por el escarpado paisaje durante el resto del año dejando crecer el pelaje. Antes de dirigirnos para unirnos con ellos recorrimos General Las Heras, ya que mi padre consideraba imperioso que conociéramos dónde había pasado su infancia nuestro abuelo. De la casa quedaban sólo los cimientos y algunos muros apenas más altos que yo. Empezaba a subirme a uno de ellos cuando una de mis hermanas tomó una de mis prominentes orejas y me metió en el coche. Comenzamos a recorrer los últimos kilómetros avisados de una peligrosa curva en la que se solían dar accidentes. Era un tramo de camino de ripio que los conductores tomaban con total normalidad, e inexplicablemente los autos doblaban solos en dirección opuesta para estrellarse en un conjunto de clásicas piedras patagónicas. Afortunadamente todos salimos ilesos de este choque y, para mi felicidad, en este no había tenido nada que ver mi diminuta persona. Esperamos mientras mi abuela y una de mis hermanas caminaron rumbo a la estancia en busca de ayuda. Se hacía tarde, mientras mi padre maldecía mirando el auto, y mi otra hermana hacía lo propio observando una copia del Martín Fierro que debía leer para una materia del secundario; por mi parte, yo efectuaba la clase de esfuerzos inútiles que hacen los niños en tales circunstancias haciendo gala de todo mi pensamiento mágico.

La ayuda llegó en forma de una f-100.

La Frisia era un lugar fabuloso. Estaba compuesta por una gran casa con grandes y coloridos bloques de piedra que Sergio había esculpido y traído de un cerro que formaba parte de la propiedad. La rodeaban dos galpones, un laberintico corral, y un huerto entre algunos frondosos árboles que servían de reparo frente al fuerte viento veraniego. A algunos metros se encontraba una laguna que todos los veranos se poblaba de aves migratorias como flamencos, patos, y gansos. Una de sus orillas estaba cubierta de una larga capa de suave musgo. Mis primos, los nietos de Sergio, la llamaban la alfombra mágica, ya que al pisarla se hundía y al levantar el pie retomaba su forma original.

Los largos días incrementaban mi hiperactividad, cosa que preocupaba a mi padre; hasta que decidió dejarme correr tranquilo y que me desmayara solo del sueño. Generalmente me despertaba entrada la mañana, desacostumbrado a trasnochar. Una de esas mañanas al salir de la casa descubro que estaban cargando al camión más grande que hubiese visto con elementos de acampe. Nos íbamos de excursión. El primo de papá, el querido Bubby, nos estaba llevando a un asentamiento con pinturas rupestres que estaba situado en un cañadón en medio de una estancia amiga. Lo que comprobé más tarde es que en el sur todas las estancias son amigas. Al lugar se accedía a través de una hondonada; después de caminar lo que me pareció una eternidad llegamos a un complejo de cuevas. Establecimos nuestro campamento en la más amplia, en ella apenas había algunos dibujos. En el centro del sitio se encontraba erguido un menhir que me pareció gigantesco. Vi cómo una pareja de turistas extranjeros se acercó a él y lo tocó. Pregunté a Bubby qué hacían; me contestó con sorna que buscaban cargarse de energía. Yo reí. Hay algo en el desprecio por los turistas que siempre me resultó gracioso. Después de la comida me lancé a la aventura entrando a una cueva por una pequeña hendidura en la piedra. Dentro hallé una pared con manos sobreimpresas en tintes de colores, apoyé la mía en ellas hasta que encontré una que coincidía en tamaño. Inmediatamente salí y vi a mi padre cubierto de pieles cargando un guanaco en su espalda. Corrí a su encuentro apresuradamente y lo acompañé hasta una piedra plana. Allí lo observé cuerear al animal con un cuchillo de basalto. Una vez carneado y repartido el botín de caza, llevamos el cuero a secar. Días después, cuando estuvo listo mi padre me lo regaló. En él pasé mi noche de bodas y en él durmió mi prole hasta la llegada del hombre blanco.

Carlos Arrighi

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