XVII – Ernesto Pérez Vallejo

He pensado, querida, que tal vez vuelva a cruzarme en tu camino y no me reconozcas. Incluso es probable que para ti yo no exista todavía. Que tal vez tu sonrisa es el modo de enfrentarme al mundo y el mundo y yo nunca nos hemos llevado demasiado bien. Él marca un ritmo al que soy incapaz de someterme, por eso tengo estos rasgos de estar siempre llegando tarde. Te diré que no soy el tipo de los ojos pequeños y tristes. Me reconocerás porque no te miraré a ellos por temor a mi reflejo, o porque cuando algo me gusta mucho (y tú me gustas mucho), puedo estar un minuto sin parpadear. Mido metro ochenta, aunque, al observarte ambas veces, me he hecho tan pequeño que he llegado a caber en todos los sueños que aún no has tenido. Mi rostro es una mezcla entre el hombre que quise ser cuando era niño y el niño que soy ahora a pesar del hombre. Mi punto débil es la nuca. Si respiras cerca de ella me faltará el aire el resto del día. Tengo tantos lunares que no hay un solo lugar de mi piel donde no puedas trazar una galaxia, cicatrices que resumen lo divertido que puede ser caer cuando eres joven y lo difícil que es volar cuando maduras.

Tengo las manos pequeñas, pero no dudes de que, con un solo dedo, el que tú elijas, espantaría todos tus miedos, y con el resto acariciaría tus deseos hasta cumplirlos. No sé idiomas, pero puedo traducir las cosas verdaderamente importantes. Por ejemplo, sé cuándo un suspiro es de alivio, de nostalgia o de beso. El de beso es mi favorito, aunque imagino que eso ya lo suponías. También puedo traducir los gemidos. El que más me gusta es el de «si paras te mato», aunque también me encanta el de «quédate dentro», cuando comienza a bajar la marea y todo es orilla menos tu boca.

Seguramente no sabría quererte para el resto de tu vida, pero sabría amarte por el resto de la mía. No sé querer porque no sé hacer nada que no se haga por inercia.

Pelo negro, delgado, labios gruesos. Suelo caminar rápido, hablar poco, reír menos. Supongo que estos rasgos son herencia de una vida que ni se detiene, ni escucha, ni me hace ni puta gracia. Arrugas en la frente de no estar de acuerdo con casi nada, estrías en el alma de tanto tiempo conmigo, complejos en el pecho de tanto tiempo sin ti.

Es cierto que todavía podría ser cualquiera, pero no temas, querida, el no saber reconocerme. Si nos cruzamos y no sientes el corazón en el cielo de la boca, o si tu sonrisa no es más que otro acto rutinario; si no suspiras de beso, o no sientes la necesidad de saber mi nombre, no te preocupes. No temas al error de no saberme, de confundirme, de otro espejismo. Si no te crecen alas, o no te cambia el clima de repente, o no se te viene una canción a la cabeza, no importa. En serio. De hecho, puedes seguir con tu camino y no haré absolutamente nada por retenerte.

Simplemente era yo el que me había equivocado.

Ernesto Pérez Vallejo

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