Hombre de espaldas observando el tráfico nocturno de la ciudad

La mamma | Miguel Ángel Salinas Gilabert

El papá, sentado en un banco del parque, mataba las horas de soledad echando migas de pan a las palomas. Hacía tiempo que su esposa se había marchado de casa, dejándole como recuerdo el hijo de ambos. El niño, embutido dentro de una carrito de bebé enorme que, sin embargo, le quedaba ya demasiado pequeño, hojeaba una cartilla de parvulario con las primeras letras.

Mammma —pronunció el niño señalando una M estilizada y esbelta.

¡Santa Lucia! —exclamó el papá—. Por fin aprendiste a hablar, Marco. Pues la mamma no está. Va a hacer casi trece años que marchó a un recado; raro se me hace, que aún no haya vuelto.

—Quizá le haya pasado algo, papá.

El papá quedó sorprendido por la repentina claridad con que se expresaba el niño.

—¡Ay, pero qué bien habla il mio bambino! —dijo, pellizcándole al chaval los mofletes—. Pues podría ser, que algo le haya pasado, porque ya tarda en venir. Creo que va siendo hora de que salgamos en su busca.

Al día siguiente, el papá lo tenía todo preparado para la partida. En el arcén de la carretera, frente a la puerta de casa, echaba un último vistazo para comprobar que todo estuviera en orden: los bocadillos, la ropa y todo lo demás dentro del macuto, antes de colgarlo a la espalda; la presión correcta de los neumáticos de la bicicleta; el carrito del bebé adolescente bien amarrado a ésta…

—Bueno, esto ya está. Andiamo en busca della mamma.

La casa pronto quedó atrás. El pedaleo se hizo monótono, imperecedero, trémulo, sobre los adoquines de la calzada.

Tras un breve kilometraje el papá detuvo en seco su pedaleo cansino: necesitaba tomar un poco de resuello. Se apartó a un lado de la carretera para no interrumpir el inexistente tráfico. Justo al lado, una verja entreverada de óxido y verde resguardaba un caserón de aspecto olvidado, vencido. Más allá de la verja, en unos terrenos que se jactaban de ser jardín —una simple explanada de tierra, circundada por unos pocos pinos—, un hombre daba minúsculos paseos. Con las manos a la espalda, oscilaba entre dos puntos próximos, farfullando asuntos ininteligibles. Sobre la frente llevaba puestas unas gafas de natación, y en todo lo alto de la cabeza un sombrero de paja que le protegía del sol. El papá se acercó a la verja e interpeló al hombre.

—¡Scusa, scusa!

El hombre no lo escuchó. Así que el papá tuvo que alzar aún más la voz.

—¡Scusa, scusa!

—¿Es a mí? —dijo por fin el hombre, interrumpiendo su paseo.

Scusa. ¿No habrá visto pasar a una donna por aquí?

—¿Una donna por aquí? —se sorprendió el hombre—. No recuerdo.

Enseguida prosiguió con su itinerario recurrente.

—¡Hará como trece años! —insistió el papá desde lejos.

—¡Una donna por aquí!… —exclamó para el cuello de su camisa el paseante, sin detener el paseo—. ¡Qué disparates se le ocurren a algunos!…

El papá no desistió, y volvió a gritar:

—¡Tiene un piccolo lunar en la mejilla derecha! ¡Intente hacer memoria!

El señor respondió malhumorado:

—¡Ya le digo que no recuerdo a ninguna donna! ¡Por aquí no pasó! ¡De haber pasado alguna, la recordaría!

—¡Bueno, escusate; no quería molestarle! Ciao.

Desanimado, el papá se disponía a montar de nuevo en la bicicleta, cuando el hombre le llamó.

—¡Oiga, oiga, espere!

—¿Sí?

El hombre se acercó hasta la verja.

—Tanto tiempo queriendo olvidar, y justo ahora usted me ha hecho recordar. Hace tiempo, hará como trece años, es verdad que pasó por aquí una donna. Recuerdo también ese lunar suyo sobre la mejilla. La mejilla derecha, sí, sin duda. Luego, de repente un día de buenas a primeras me dijo que no soportaba más mis excentricidades. Y que se iba para la Argentina.

—¿Para la Argentina? —le extrañó al papá.

—Eso dijo.

—Marco, ya has escuchado a este señor. Parece que la mamma marchó para la Argentina.

Marco, que iba leyendo un atlas enorme de geografía universal, bajó el libro antes de preguntar:

—Pero eso queda muy lejos, ¿verdad, papá?

—Más o menos. Para llegar, tendremos que tomar un trasatlántico, y attraversare il lungo mare.

Luego el papá tuvo que gritar una vez más para despedirse de aquel hombre, que ya se había retirado de la verja para continuar con su eterno discurrir entre dos puntos.

—¡Bueno, señor, grazie mille por la información! ¡Si por lo que fuera ve de nuevo a la donna, dígale que fuimos para la Argentina, a buscarla! ¡Arrivederci!

El paseante, absorto en su rutina y sin mirar a su interlocutor, hizo un gesto de indiferencia con el brazo. Después el papá y Marco reemprendieron la marcha.

Pedaleando no poco, llegaron al puerto. Era la primera vez que el hijo veía el mar. Allí el papá compró un par de billetes de tercera clase, en un enorme buque que cruzaba el Mediterráneo y el Atlántico.

Desde la baranda de cubierta los recuerdos del papá se dejaban ir, acompañando a la estela que dibujaba el barco sobre el mar. El viento alborotaba tiernamente el cabello de aquel hombre, como cuando antaño lo acariciaba su mujer. A su lado, su hijo leía a todas horas su mamotreto de geografía.

—Papá, ¿queda mucho para llegar a la Argentina?

—Siempre me preguntas lo mismo, Marco. Ya falta pooooco.

—¿Cuánto?

—No sé. Menos que nada.

Per favore, déjame salir del carrito, que quiero ver il mare.

—¡Il mare…! —suspiró el papá, atrapando con la punta de los dedos el salitre húmedo que flotaba en el aire—. Te he dicho una y mil veces que es pericoloso; te podrías caer por la borda y ya ningún recuerdo me quedaría de tu mamma

—Es que aquí dentro me aburro, siempre en el carrito.

—Anda, bambino mío —se agachó el papá sobre el carrito, y acarició la cabeza de su hijo adolescente—. Sigue leyendo, que los libros te contarán fabulosas historias sobre il mare.

Semanas más tarde, cuando por fin se adentraban en la ensenada de acceso al puerto de destino, el barco mugió excitado, igual que un toro en celo deseoso de ver a su novia. La visión monumental de una estatua enorme de mujer entusiasmó al papá, tanto como si realmente fuera su esposa quien acudía a recibirlos.

—¡Mira Marco, asómate! ¡Ya estamos llegando!

Acomodado en su carrito de bebé, Marco dejó a un lado el altas de geografía y estiró el cuello, para poder ver mejor.

—¡Qué bello es Buenos Aires!… —dijo un embelesado papá.

Marco comparó mentalmente aquella estatua con una de las fotografías que había visto muchas veces en su atlas ilustrado.

—Papá: yo creo que eso de ahí es Nueva York.

Ma che cosa stai dicendo?

—Sí, mira.

Marco abrió el atlas y hojeó unas cuantas páginas.

—¿Lo ves? —dijo señalando la imagen cuyo pie de foto decía «Estatua de la Libertad, en Nueva York».

—Bueno, ¿qué más da, Buenos Aires o Nueva York? —dijo contrariado el papá, y no del todo convencido—. Por algún lado tendremos que empezar a buscar a la mamma. ¡Andiamo, andiamo!; nos espera un largo camino por delante…

No tardó el papá en sufrir la hostilidad del tráfico de los caminos asfaltados de Nueva York. Sobre todo cuando se pedalea al ritmo lento de la bicicleta. Más perturbadores son esos caminos si, además, a la bicicleta uno lleva enganchado el carrito de su bebé.

Por uno de los arcenes adyacentes, un mendigo empujaba otro carrito, pero de supermercado, en el que iban sus únicas pertenencias. El papá no quiso dejar pasar la oportunidad para preguntarle. Tuvo que gritar, desde el otro lado de la infranqueable hilera de vehículos sin fin, para que el mendigo pudiera oírle:

¡Scusa! ¿No habrá visto pasar por aquí a una donna? ¡Tiene un piccolo lunar en la mejilla derecha!

Of course, sir! —respondió el mendigo en tono melancólico, sin detener el paso—. I got to know her a lotI got to know her…

Aquel hombre iba como drogado, abducido por la tarea anodina a la que parecía condenado, la de empujar su carrito.

¿Cosa dice? —preguntó el papá a Marco.

—No sé, papá, non ho capito. Creo que hablaba en inglés.

¡Mamma mia! En este lugar parece que nadie comprende una palabra de italiano. Marco, vas a tener razón, y esto no es Buenos Aires, ni siquiera la Argentina.

Desde el carrito de bebé, Marco hizo un gesto displicente, dando muestras claras de que él ya lo sabía. Su papá se quedó pensativo, mirando al limbo por un instante, más allá de la hilera de coches que se perdía hasta donde la vista le alcanzaba. Luego, de repente, salió de su ensimismamiento.

—Es igual, ya nos las apañaremos. Al menos, nadie podrá decirte que no estás conociendo mundo…

—¡Pero, papá! —protestó Marco—. ¡Si no salgo del carrito para nada!

—Calla, calla, que ahí fuera la vita é molto pericoloso. Tú lee tus libros, que es la mejor manera de conocer el mundo.

Resignado y sin rechistar, Marco abrió su atlas de geografía por una página al azar, y comenzó a leer.

—¡Así es la vita! —suspiró muy hondo el papá—. Sigamos buscando a la mamma.

La caravana breve que formaban bicicleta y carrito de bebé se puso otra vez en marcha. Poco a poco, el sendero de vehículos motorizados la fue comprimiendo, hasta convertirla, allá a lo lejos, en un discreto punto. Por último fue engullida del todo, por el horizonte prometedor y gris…

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