Puño golpeando una saca de boxeo

El luchador enmascarado | Miguel Ángel Salinas Gilabert

El calor agradable de la mañana se tornaba irritante dentro de la máscara del luchador. El hombre enmascarado había llegado a pie, barriendo la acera con su capa y acarreando, como único equipaje, un bolsón de deporte. Ya sólo tenía por delante una escalera de cuatro pisos. A pesar de estar acostumbrado a los golpes del combate y de la vida, enfrentó con falta de resignación el tramo final de peldaños. Después de la molienda de la última pelea, sólo deseaba una cama para poder descansar y restañar las heridas. Al menos, las paredes descascarilladas de la escalera presagiaban que la habitación estaría a la altura de su economía breve.

Llamó al timbre varias veces, hasta que por fin el dueño de la casa se dignó a abrir la puerta. El tipo lo recibió descalzo, en pantalones cortos y camiseta de tirantes. Sus pelos alborotados eran los de alguien a quien hubieran recién arrebatado de la cama.

—¿Es aquí donde alquilan una habitación compartida?

—¿Quién se lo dijo?

—El anuncio —respondió el enmascarado, mostrando un pedazo de papel desmigado—. No me fue fácil arrancarlo, estaba bien aferrado a una farola.

—Perdone que no anotase ningún número. No tengo teléfono: sin amigos, no veo la necesidad de comprarme uno.

—No se preocupe: prefiero el cara a cara y las distancias cortas.

El dueño de la casa exploró de un plumazo, de arriba abajo y sin disimulo, al orondo luchador.

—¿Es usted de fiar?

—Ni más ni menos que su carnicero de confianza.

—¿Y por qué esconde el rostro detrás de esa máscara?

—Soy luchador profesional.

—Lo que imaginaba. No me gustan los tipos que arman pelea.

—A mí tampoco, pero hay que ganarse la vida…

—Ya…

—¿Entonces qué, me enseña la habitación?

El casero, a paso de hombre cansino, condujo al inquilino potencial para que pudiera observar la habitación.

—El cuarto es sencillo —dijo, revelándole el interior.

Con movimientos de cabeza de ida y vuelta, el hombre enmascarado escudriñó aquel territorio sombrío, hasta que su voz contundente liquidó el silencio:

—Escueto.

—Deberá turnarse la cama con la otra inquilina. Ella se marcha a trabajar a eso de las 9 de la mañana, y no regresa hasta las 10 de la noche. ¿Le encaja el horario?

—Perfecto, porque los combates son siempre de noche.

—Son 275 euros al mes. A pensión completa.

—Ok.

El luchador se sentó en la cama. Chirriaron los muelles mientras tanteaba la blandura del colchón.

—¿Así que aquí duerme una mujer?

—¿En qué lo ha notado?

—Me lo acaba de decir usted. Además, esa tabla de planchar…

—Alguna que yo me sé le diría que ése ha sido un comentario un tanto machista.

—Es que soy un luchador, y eso es cosa de hombres.

—Ya… Ese oficio suyo lo deben pagar bien, ¿gana mucho?

—Siempre pierdo.

Igual que si estuviera en su propia casa, el enmascarado aprehendió la almohada con sus manazas, se la llevó a la cara, y respiró profundo.

—Mmm… este olor me recuerda a una novia que tuve.

Nada comentó el casero.

Los dos hombres cerraron el trato. El luchador dejó su bolsón junto a la cama. Después el propietario de la casa lo condujo hasta la cocina, y quebró un par de huevos para hacerle una tortilla. Mientras batía los huevos, le picó la curiosidad:

—¿No será usted mexicano?

—No; yo soy de aquí, de allá…

—Lo imaginé, porque tiene un acento como de todas partes y de ninguna.

—Pero con esta máscara de luchador todos piensan que soy mexicano.

—¿Y siempre la lleva puesta?

—Hasta cuando duermo.

—¿Por?

—No me gustaría que por nada del mundo alguien pudiera notar mi tristeza.

El casero paró de batir los huevos. El silencio resultó incómodo.

—¿Y cuál es el motivo de su tristeza, si se puede saber?

—Una mexicana, que me rompió el corazón. Ella me regaló esta máscara, y por puro coraje, por olvidarla y distraer al odio, me hice luchador.

El dueño de la casa continuó batiendo los huevos.

—¿Le va bien ahora, de mañana, una tortilla de jamón?

—Sí hombre. Pero échele un poco más de jamón.

Cuando la tortilla estuvo lista, el casero preparó la mesa en el comedor. El entrechocar de las piezas de la exigua vajilla se entremezclaba con el ruido de fondo del televisor. Antes de sentarse a ver la tele, el dueño de la casa invitó al huésped a que tomase asiento para almorzar. El luchador, indiferente al parloteo del televisor, iba dando buena cuenta de la tortilla con apetito voraz. La despedazaba implacable, con el tenedor en trozos pequeños, que acompañaba con pan y sorbos generosos de vino. El casero contempló inexpresivo el último bocado de aquel hombre hambriento, sin denotar sorpresa ni admiración ante la facilidad con que parecía engullirlo todo, en un santiamén, a través de la boca de su máscara.

—¿Estaba rica? —indagó el casero.

—Sí, mucho; a los luchadores nos gusta mucho el jamón.

—Me refería a su novia mexicana.

—Creí que me preguntaba por la tortilla.

—Le puse dos huevos, no crea.

—También pa pelear hay que ponerle un par de huevos al asunto.

—Ya… Pues a mí también me dejó una mujer. Desde entonces, no quiero complicaciones.

—Hombre, no hay que tirar nunca la toalla. Yo, cada noche, me enfrento a mis propios demonios, entre las cuatro cuerdas del ring.

—Yo prefiero ver el boxeo por televisión. Y las comedias románticas. ¿Le gustan a usted las comedias románticas?

—No sé de qué me habla.

—Sobre todo las francesas. Mi exnovia era tan francesa…

La mirada del casero se perdió más allá del tubo catódico del televisor.

—Como la tortilla sin jamón… —dijo el luchador.

—Me recordaba tanto a Audrey Tautou… ¿La conoce?

—Me suena su nombre. Tal vez me la hayan presentado alguna de estas noches, después del espectáculo. Pero para entonces, estoy tan exhausto, que no me entero de casi nada.

—Ande, váyase usted a dormir, que parece estar muy cansado.

—Sí que lo estoy. Esta noche me dieron una buena golpiza.

—Al menos, con la máscara, no se le notan los moratones.

—Pero duelen igual…

El luchador estaba tan cansado que ni siquiera se despojó de su ropa cuando se tumbó sobre el catre. A pesar del agotamiento, no lograba conciliar el sueño. El olor de la otra inquilina, ese rastro en la almohada, le era tan familiar, que no dejaba de torturarlo. Se empezó a agobiar con su propia angustia. La mañana se le esfumaba sin poder pegar ojo, dando vueltas sobre vueltas a los recuerdos que intentaba dejar atrás cada día, cada noche… De tantas vueltas que dio terminó enredándose en la envoltura de su capa. Cuando por fin decidió levantarse, encendió la luz y recogió la bolsa de deporte.

—No he podido dormir nada —dijo al casero, que andaba de pie, comiéndose un yogur.

—¿Las chinches o los remordimientos?

—El olor de la otra inquilina, en ese catre sudado: me ha recordado tanto a mi mexicana…

—No sé cómo podrá ser. Cambio las sábanas todos los fines de mes.

—Me marcho a otro lugar. Dígame qué le debo, por lo de hoy.

—¡Vaya luchador, que se rinde a las primeras de cambio! —el casero relamió la cuchara, y dejó el vaso vacío de yogur sobre la mesa—. Ya que se empeña en marcharse, deme 130 euros.

—¡Me parece demasiado por un solo día! —respondió desafiante, con su voz profunda, el enmascarado.

—Tengo que aprovechar las oportunidades que me ofrece la vida…

—¡Ande tome! No tengo ganas de más disputas que las que me esperan en el ring.

El casero recogió y se puso a contar el dinero que el luchador le daba.

—Paga bien, es una pena que abandone este barco tan pronto. Además, podríamos haber sido amigos, y entonces, igual me hubiera comprado un teléfono.

—Sí; al menos me hubiera gustado conocer a la otra inquilina.

—Créame: no se ha perdido nada. Yo creí que lo sabía todo acerca de ella, y ahora es una completa desconocida para mí.

El hombre enmascarado se encaminó hacia la puerta de salida. La curiosidad, que lo retorcía por dentro, igual que la llave traicionera de un adversario, le hizo voltearse hacia el casero.

—Permítame sólo una pregunta más: la otra inquilina, ¿es francesa?

—Sí. Y se parece mucho a Audrey Tautou.

—Suponía que era francesa: la cama era demasiado blanda.

—Y sin embargo, para mí era demasiado dura.

Por un instante, el luchador creyó reconocerse en el trance sombrío en que se sumergió el casero.

—Bueno, me marcho, ya no lo molesto más. Ojalá encuentre otro huésped que se acomode a ese jergón.

—Y usted, a ver si gana algún combate alguna vez. Tal vez entonces consiga dejar atrás todos esos recuerdos que no le permiten descansar. Hasta más ver…

—Adiós.

Cuando el casero, pensativo, arqueó las cejas, ya el luchador enmascarado había cerrado la puerta tras de sí, sin dar un portazo, pero con un movimiento de mano rotundo…

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