Volante de un taxi con dados colgando del parabrisas

El milagroso caso de San Argimiro | Miguel Ángel Salinas Gilabert

Eran las 12 en punto de la mañana, la hora convenida. Desde lo alto del elevador, los sepultureros procedían a echar abajo la sencilla losa de mármol que sellaba el nicho de Argimiro. Eulalia, su viuda, observaba con atención la maniobra, sin conseguir emocionarse más de la cuenta. Más que la pena, le embargaba, si acaso, un poco la nostalgia, ahora que acababan de cumplirse los 10 años desde que el marido se le había marchado para el otro barrio. El plazo del alquiler del nicho acababa de vencer, y como no podía gastar ni un duro de más en la renovación, los huesos del esposo irían a parar al osario común del cementerio.

El ataúd estaba tan acartonado que su estructura amenazaba con desmoronarse, como si se tratara de un edificio apuntalado y moribundo. De hecho, el operario fúnebre se quedó con una de las asas de bronce en la mano, cuando tiró para sí del féretro. Entre él y un compañero zarandearon la demacrada caja —que pesaba como un muerto—, hasta que, gracias a los movimientos de vaivén, lograron sacarla del nicho y depositarla sobre el elevador. Tras apretar un botón el elevador los condujo hacia el suelo, suavemente, en compañía de los restos mortales de Argimiro.

—Con su permiso, vamos a proceder —anunció a la viuda el operario de mayor rango. Eulalia asintió con la cabeza. Justo en ese momento pensó la viuda que se podía haber quedado en casa para ahorrarse el mal trago de tener que contemplar lo poco que debía quedar de su querido esposo. Pero era ya demasiado tarde para cambiar de opinión.

Los dos hombres levantaron la tapa del ataúd. Casi a la par, sobresaltados, dieron un respingo hacia atrás: nunca antes habían presenciado un cadáver en semejante estado de conservación.

—Está igualito que cuando se me fue —suspiró la viuda, sin sospechar todas las complicaciones que aquel estado de inalterabilidad le iba a suponer.

Y tan igualito que estaba… Que hasta cada pelo del bigotito lo tenía en su sitio el muerto, como si se lo acabase de engominar. A ver cómo ahora los operarios ensacaban los huesos, si Argimiro estaba tan entero y lozano como si lo hubieran enterrado aquella misma mañana.

El empleado fúnebre que comandaba las operaciones pensó que, para un asunto como aquél, el de un cuerpo incorrupto que parecía dormir la siesta del sueño eterno, mejor sería llamar al sacerdote de guardia, el encargado de cubrir los oficios litúrgicos.

—Anda —le ordenó a su subalterno—, ve, y dile al padre Postigo que venga para acá.

Nada más ver al muerto, el padre Postigo sentenció que, aunque en apariencia y a todas luces se trataba de un caso de Cadaverum Incorruptione, seguramente el fenómeno debía tener alguna explicación nada sobrenatural. Gana ninguna tenía de que un muerto nada mondo y lirondo viniera, del más allá, para perturbar su vida monótona y tranquila de capellán de cementerio. Se reclinó junto al cadáver para hacer una comprobación más.

—¡Vaya; sólo faltaba esto! Acérquese, acérquese y huela —exhortó a la viuda.

Eulalia respiró el olor inequívoco de la naftalina que en su día, antes de mandarlo para el cementerio, guardó en los bolsillos del difunto, para que no se le apolillara el traje de domingo con que lo amortajaron. Pero no tuvo ánimo para contradecir al padre cuando, con aire nada ceremonioso, dictaminó:

—El olor de la santidad… Señora, menudo fastidio: mucho me temo que su marido fue un santo.

«Pues si mi marido fue un santo, bien calladito que se lo tuvo», se dijo Eulalia para sus adentros. Como mucho podía admitir que había sido un hombre trabajador, todo el día metido en su taxi recorriendo la ciudad, de arriba abajo, de abajo arriba. Pero desde luego, que poca virtud había mostrado con ella, a la que no pocas veces trató con desdén, sobre todo al principio de su vida matrimonial, cuando se ponía impertinente a la hora de las comidas: que si esto estaba salado, que si aquello no sabía a nada… Todos los días se andaba quejando de lo mismo: «No sabes cocinar, deberías aprender de mi madre: ella sí que me hacía buenos potajes, como a mí me gustan. ¡Más cuchara y menos fritangas!». ¿Y ahora le querían salir con el cuento de que su Argimiro había sido todo un santo? ¡Qué barbaridad! ¡Si era tan terrenal, que cuando no andaba distraído conduciendo el taxi, no hacía más que pensar en comer!…

Desde aquel día desdichado, en que sacaron al marido del nicho, no pararon de molestar a Eulalia, para que diera testimonio, con pelos y señales, de la virtuosa vida y obras del esposo. Tal y como temía el padre Postigo, algún botarate ocioso de la jerarquía eclesiástica no dejó a nadie en paz, cuando le dio por abrir el proceso de beatificación. El animoso prelado, como si no tuviera otra cosa que hacer, desvelaba a Eulalia llamándola por teléfono a la hora de la siesta.

—Ya se lo he dicho una y mil veces, señor obispo: todo el día se lo pasaba mi Argimiro en el taxi, que ni los fines de semana sacaba el culo del asiento. ¡Menuda vida aburrida que me dio, que no paraba por casa, nada más que para comer!

Pese a que la viuda no pareció revelar demasiadas anécdotas dignas de un hombre santo, no faltó quien acudiera al Papa Santo de Roma con cuentos misericordiosos e historias inverosímiles. El gremio de taxistas pareció muy entusiasmado, con el hecho de tener un santo dentro de la profesión. Algunos colegas que habían conocido a Argimiro en vida dieron testimonios increíbles. Como aquél de cuando trasladó en su taxi a un hombre que había sufrido un infarto, y que consiguió salvarse por la presteza con que lo condujo al hospital: unos u otros aseguraban que lo vieron recoger al enfermo y dejarlo en el hospital en el mismo e idéntico segundo, como si Argimiro y su taxi tuvieran la gracia de la bilocación.

Cuando el Papa nombró a Argimiro beato, muchos taxistas empezaron a tratar con indiferencia a San Cristóbal, el patrón al que desde siempre se habían encomendado cuando iban al volante. Pero a la viuda, más allá de que terminaron invitándola a Roma —con todos los gastos pagados—, la causa de la beatificación le trajo sin cuidado. En sus cábalas, sospechaba la razón verdadera del fenómeno de la incorruptibilidad del cuerpo de su Argimiro.

Tan harta la tenía el marido en su primera época de matrimonio, con el tema de que no sabía cocinar, que un día decidió alimentarlo a base de comida enlatada. Compraba los potajes que más le gustaban a él, como fabada asturiana, lentejas, callos, o cocido madrileño. El esposo percibió de inmediato el cambio en el paladar, aunque jamás sospechó los tejemanejes culinarios que desde entonces se trajo su Eulalia.

—¡Éstas sí que son unas alubias como Dios manda! —le decía, cuchara en mano, a la esposa.

Argimiro dejó a Eulalia medio en paz. Es más, incluso presumía ante los compañeros de oficio de lo bien que cocinaba su mujercita. Una vez, hasta casi llegó a las manos con uno de los taxistas, que se atrevió a cuestionar la calidad de unas albóndigas que le dio a probar:

—¡Parecen comida enlatada para perros!

Si no lo llegan a sujetar los otros colegas allí mismo lo remata, en la parada de taxis, por bocazas. Claro que, aquella anécdota violenta quedó en el olvido, y nadie se la vino a recordar al Papa años después. Tampoco nadie contó al tribunal eclesiástico lo tramposo que había sido Argimiro, pues de lo habitual siempre intentaba saltarse el turno de espera, en la parada de taxis. Ni dijeron nada de aquella habilidad suya tan particular, la que lo conducía a extraviarse por la ciudad como si nada, para así cobrar de más a los turistas más confiados.

Mientras fuera de casa Argimiro se daba a los elogios de su mujercita, o a andar a todas horas con el trasero pegado al asiento del taxi, dentro de las cuatro paredes de su cocina Eulalia disponía de demasiado tiempo. Vamos, que se aburría. Pero, pese a toda la santidad que le estaba por caer encima, ella nunca había sido muy de entretenerse pasando las cuentas del rosario. Más bien prefería, para matar sus horas de soledad, otros divertimentos más mundanos. Como por ejemplo, y a espaldas del marido, le gustaba hacer una escapadita de vez en cuando al bingo para jugarse los cuartos. Ya siendo viuda, en alguna ocasión se encomendó a su Argimiro para que intercediera por ella ante Dios y toda la colección de Ángeles Custodios, a ver si así conseguía completar un cartón y cantar el bingo especial. Pero nadie pareció atender a sus plegarias. Rara vez cantaba alguna línea. Otra razón más por la que Eulalia dudaba de las presuntas facultades milagrosas del esposo. Y aunque para ella el bingo era un vicio irrefrenable, cada vez estaba más convencida de que ni la suerte, ni favores de santos ni de ningún tipo, la iban a amparar nunca.

Desanimada, la viuda solía regresar del bingo a casa sola, añorando los tiempos en que el sentido de su vida se reducía a tenerle preparada la comida al esposo, momentos antes de que regresara de su agotador trabajo. Por aquel entonces, le bastaba con abrir un par de latas de alubias para complacerlo. Luego, por disimular, las calentaba a fuego lento en el interior de una cazuelita de barro. Y ahí estaba su Argimiro, siempre presto, para darle un achuchón reconfortante:

—Esto está de muerte, cariño.

Desde luego, que aquellos pucheros precocinados debían estar de muerte… Pues Eulalia sospechaba que tanto producto enlatado algo había tenido que ver con el óbito repentino del esposo. Cabía una enorme posibilidad de que los conservantes acumulados a través de los años hubieran provocado el colapso. Argimiro no se había apagado poco a poco, como una vela, sino como una bombilla: se fue para el otro barrio de sopetón. Su organismo debió quedar en ese momento petrificado, en el mismo estado y posición en el que se detuvo por primera y postrera vez. Eulalia tenía la corazonada de que, por fuerza, los conservantes alimenticios debían ser los responsables de la incorruptibilidad del cuerpo de su  marido. Pero si hasta ella, que acostumbraba a catar sólo una pequeña porción de aquellas latas, conservaba un cutis terso y juvenil. Cosa insólita en una mujer de su edad, que además nunca se cuidaba.

No obstante, Eulalia prefirió no comentar a nadie sus conjeturas acerca de los conservantes alimentarios. Porque, para qué iba ella a desengañar a toda aquella gente tan entusiasmada con las presuntas virtudes de su esposo. Los del gremio de taxistas, incluso habían colocado, en mitad de las cocheras, un altarcito en honor del beato Argimiro. Y en la pasada Navidad, habían sido tan amables que hasta le habían enviado a casa una cesta bien surtida de productos selectos.

Además, ahora que faltaba tan poco, para el domingo en que iban a elevar a su esposo al último peldaño de los altares, en otras palabras, a declararlo definitivamente santo, no iba Eulalia a desaprovechar la oportunidad de viajar de nuevo gratis a Roma. Ciudad no menos eterna que el cuerpo incorrupto de su Argimiro, cuyo único milagro verdadero estaba siendo, si acaso, el de sacarla a pasear más estando muerto, que cuando estuvo en vida…

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