Lanzando piedras – cuento de Phoenix Azabache

1

Tantas palabras, tantos diagnósticos, tantos problemas…

Otro día laboral llega a su fin cuando el señor Petkins cierra la puerta. Aún no entiendo su afán por ser el último paciente siendo el primero en llegar. Relatándome en todas las sesiones el mismo problema, los traumas en la niñez por el divorcio de sus padres y cómo siente que estos repercuten en su matrimonio.

Sé que mi trabajo me obliga a escucharlo, pero hay días ofuscados donde apenas lo oigo. Las luces se apagan y dejo el estudio tan pulcro como lo encuentro por la mañana. Ester sigue trabajando en reprogramar algunas sesiones, aligerando mi agenda, e incluso se da tiempo para leer algunos diagnósticos. La pequeña licenciada en psiquiatría se toma el trabajo muy en serio, es una verdadera apasionada de la carrera.

—Hasta mañana, doctor Eduardo. Si no le importa, puedo seguir leyendo algunos expedientes, me serviría mucho cuando establezca mi propia clínica. Yo me ocuparé de limpiar y cerrar, ¡por favor, por favor!…

—No sé por qué me lo preguntas si todos los días haces lo mismo. Solo no te quedes hasta muy tarde, las calles hoy en día son peligrosas.

—Habla como un anciano. Igualito a mi papá.

—Lo que digas, niña. Saludos para tu padre. Ten cuidado de dormir aquí como la última vez.

De reojo observo cómo levanta la mano levemente antes de perderse en el enorme bloque de expedientes. Pasará horas leyendo y, aunque piensa que no me doy cuenta, también los corrige.

La tarde es hermosa, el ocaso desprende matices naranjas y estas se fusionan con el oscuro azulado de un cielo moribundo.

«Qué bello cuadro se podría pintar con esta imagen», pienso algo nostálgico sin dejar de contemplar el paisaje.

Cuando el sol muere adentrándose entre las montañas y el cielo oscurece con su velo lleno de estrellas, continúo con mi camino. Las calles suspiran un frío seco. El otoño ya nos abandona dando paso a mi estación favorita: el invierno.

Adentrándome en la prematura noche seguí las luces de los antiguos faroles de la ciudad. Apenas iluminan el sendero, pero las piernas no vacilan. Estoy seguro de que, después de ir a aquel lugar tantas veces, llegarían solas si se lo propusieran.

El parque está vacío, como cada noche. Dejo caer el cuerpo sobre una dura banca de madera, cierro los ojos y aspiro con fuerza. Aún se percibe su perfume en el aire. Una sonrisa se escapa de mis labios, la primera sonrisa no fingida del día.

Una vez terminado el ritual nocturno, espero hasta que el frío me cala los huesos y con sus filudos dientes comienza a morder. Después de sentir el primer estremecimiento sé que es hora de irme.

Bordeo el oscuro parque por la ribera donde se puede ver al calmo río perderse en el infinito. La vista sería preciosa, pero las bolsas de basura desparramadas por doquier menguan el atractivo.

«Sueño con el día en el que pueda ver fluir estas aguas en paz, sin tanta basura de por medio», había dicho ella hace ya tanto tiempo. ¿Cuatro o cinco años atrás? Ya no soy capaz de recordarlo. Algunos días incluso me era difícil recordar su rostro. La angustia terminaba al ver el enorme lienzo pintado en la sala. La pinté una noche fría, cuando ella aún era feliz.

El viento de la ribera se vuelve cada vez más helado. Todo es tan idéntico: la misma luna, la misma brisa, el mismo suave olor a hojas muertas en el aire. Solo en ese sitio el tiempo parece detenerse; todo es tan idéntico al día en el que la conocí.

Un encuentro casual hace veinte años influiría para siempre en mi vida. Llegando de casualidad a un lejano parque con la cabeza nublada de alcohol, sentándome en una banca sin sentir la presencia de una bella chica.

«Qué bella noche, casi dan ganas de pintarla».

Quizá fueron sus palabras, o los grandes ojos que encontré al girar la cabeza, quizá fue todo y nada, pero la única certeza que tuve fue que caí perdidamente enamorado de esa muchacha. El resto es la clásica historia con una única excepción: no se cumplió el «vivieron felices para siempre».

Sin detenerme y con el paso más rápido de lo habitual llegué al pequeño departamento, el cual alquilaba desde hace algunos años. Cerré la puerta con fuerza y, sin quitarme la ropa de trabajo, me enfundé en las sábanas. Trataba de no pensar en nada; sin embargo, era imposible. Se avecinaba otra noche sin dormir, dando fin a otro día cualquiera.

2

«Algún día serás un gran pintor, un mejor artista de lo que yo fui».

Con un gesto de afligido miedo abrió los ojos, levantándose lánguidamente del suelo. Le era imposible recordar el momento de su caída; sin embargo, no era la primera vez.

Las persianas crujieron al dar paso a la luz de un nuevo día. En aquella ciudad el ocaso duraba más y el alba llegaba antes. Sujetando una taza de café tan blanca como la nieve, contemplaba el sol naciente. Se quedaría todo el día en la misma posición junto a la ventana si no fuera por el estridente sonido de la alarma en su móvil. Una noche antes la programaba y le era de gran ayuda para salir del ensimismamiento.

Cogió la bata de su perfectamente ordenado ropero y la colocó sobre la cama ya tendida. Todo en la habitación desprendía un orden y sistematización casi obsesiva, uno de los tantos hábitos adquiridos por la voluntad de su padre ya fallecido. Solo con tal perfección lograba rascar un gesto de cariño.

Después de beber el café ya tibio junto a una tostada untada de mermelada, enrumbó al trabajo. El camino más corto le permitía llegar en veinte minutos, pero siempre tomaba el más largo. Después de una hora de caminata por la ribera y las casas más bellas de la ciudad llegó al despacho. No se sorprendió al ver cómo su asistente dormía apoyándose en la mesa junto a una montaña de archivos. Aún faltaba una hora para abrir el consultorio, así que dejó una taza de café junto a la diligente muchacha para encerrarse luego en el despacho.

ESPECIALISTA EN PSICOANÁLISIS Y TERAPIAS

Doctor Eduardo Medina Guillen

Dejó reposar la pequeña tarjeta con su nombre junto a una taza de café. Eran exactamente iguales a las que tenía su padre en sus tiempos de profesional. Algunos ligeros cambios afectaron a la clínica con el pasar de los años, de los cuales el más importante fue el cambio de doctor.

El consultorio ponía sobre sus hombros el nombre de muchos psicólogos, pero todos poseían el mismo apellido. Una larga cadena familiar abarrotaba de recuerdos las paredes. Aquel lugar llevaba arraigado el apellido «Medina» en sus cimientos.

Cuando Ester despertó, el trabajo de otro día comenzó. La lista de pacientes no variaba en lo absoluto, siendo el señor Petkins el último de la lista.

Tantas palabras, tantos problemas, tantos diagnósticos…

El peor paciente de un psiquiatra en todos los casos llega a ser el mismo, recibe toda la carga de problemas como una esponja y el día no dura lo suficiente para poder desprenderse de ellos. Eduardo escuchaba atentamente cada sesión anotando hechos claves en su cuaderno, luego seguiría todos los procedimientos para luego dar su diagnóstico; sencillo en teoría, mas un calvario en la realidad. En sus manos colgaba débilmente la poca cordura de muchas personas. Un mal diagnóstico y las mentes quebradas que intentaba curar se romperían en miles de pedazos.

El trabajo terminaba cuando el señor Petkins salía del despacho con un gesto menos desenfadado. Ester decidía quedarse nuevamente en la oficina prometiendo no dormirse.

Sus piernas se movían automáticamente, conociendo su destino; sin embargo, esa fría tarde algo le hizo tropezar. La caída no fue severa, pero Eduardo se conmocionó al escuchar la estridente risa de dos pequeños niños. Se rieron señalándolo hasta cansarse, luego se volvieron y se alejaron corriendo a través de las empinadas escaleras que conducían a la montaña más alta de la ciudad.

Luego de sacudirse el polvo, miró con recelo el camino tomado por aquellos desgarbados niños. Algo en su interior afloró, una sensación característica de los humanos: curiosidad.

Los pulmones no eran los mismos de hace diez años; sus piernas también se estrujaban, impidiéndole continuar. El ascenso hacia la montaña se volvía más duro en cada escalón. Ya casi podía ver la cima. Hizo un último esfuerzo y logró llegar. Apoyado en las rodillas, tomó grandes bocanadas de aire hasta que logró recuperar el aliento. Los vio a lo lejos. Su curiosidad no fue sino en aumento. Con pasos dubitativos se acercó lo suficiente como para ver las expresiones en sus rostros. Su fascinación creció al pasar los segundos.

Las ropas harapientas se mecían sobre sus escuálidos cuerpos. Ambos niños compartían las mismas facciones, con la diferencia del color de cabello; uno era de un negro intenso; el otro, de un suave rubio. Los gemelos tenían los mismos ojos y el mismo sentimiento se reflejaba en ellos: el gran odio que tenían por el mundo. Pero eso no fue lo que más sorprendió a Eduardo (acostumbrado a sentimientos incluso peores); lo que le sorprendió fue cómo se divertían los pequeños en la cumbre más alta de la montaña. Reuniendo botellas de vidrio, dejada por vagabundos y borrachos que frecuentaban esos lugares, juntando un tumulto de piedras, comenzaban con el juego. Dejaban una botella a una distancia prudente para luego bombardearla con una lluvia de piedras. Cuando estas se hacían añicos saltaban con sonrisas de oreja a oreja en sus rostros, y parecía que por un segundo nada importaba para ellos y la inocencia volvía a sus ojos, tan fugaz como un parpadeo.

Se quedó viéndolos por horas, hasta que el sol se ocultó tras las montañas y los niños desaparecieron con él. Pasaron por su lado cuando iban descendiendo, con un marcado gesto de tristeza en sus pequeños rostros.

Los contempló en silencio, con un sentimiento inefable en el corazón.

3

Después de despedirme de Ester con una taza de café y dejándola leer tranquilamente los últimos reportes, tomo el camino más corto hacia la montaña. El ascenso es extenuante pero mucho más ligero comparado con la primera vez.

Algunos perros callejeros juegan correteándose y ladrando por la ladera, se pierden a lo lejos dejando en paz al silencio. Miro mi reloj de muñeca; aún es muy pronto para que ellos aparezcan. El viento sopla con fuerza; a través de las semanas me he acostumbrado a la brisa, incluso ha llegado a gustarme.

Las risas y el sonido de pasos rápidos y menudos son el aviso de su presencia. No necesito voltear para saber que ambos niños buscan botellas y piedras en los alrededores, siempre con cuidado de no acercárseme lo suficiente. Hasta el momento no hemos intercambiado palabras, solo algunas miradas de profundo escrutinio y al no sentir el agrio sabor del peligro en el aire nos dejamos en paz. A veces pienso que ante sus ojos soy una piedra más del paisaje.

El hipnótico sonido de las botellas al romperse hace eco en la tarde. Saco un cuaderno de bocetos del maletín y comienzo a dibujar con la esperanza ferviente de terminar antes de que los niños se marchen. Pese a intentarlo, cuando termino los niños deciden irse dejando la obra inconclusa.

La alarma programada a las seis de la tarde comienza a sonar en mi móvil. Una anciana junto a sus dos perros sale de una de las pocas casas de la zona gritando y chillando. Los chiquillos escapan entre carcajadas burlándose con muecas de los improperios dichos por la señora. Tan puntual como siempre.

Sacudiéndome del polvo me pongo de pie. A lo lejos Genaro y Fernando (así los llama la anciana) juegan con los perros. Parecen dos niños inocentes disfrutando de una tranquila tarde; sin embargo, sus ojos están invadidos de tristeza y odio. Esos ojos pertenecen a un adulto que ha probado los colmillos de la vida.

Espero hasta el anochecer para descender. Algunas personas de mal vivir aparecen por los alrededores al tiempo que un quejido ahogado se oye a lo lejos.

«Deben ser dos borrachos peleando», pienso cuando subo algunas gradas para cambiar de camino; no obstante, se escucha otro débil chillido. Luego sollozos que se transforman en frenéticas suplicas.

«¡Ya suéltalo! ¡Le haces daño! ¡Lo vas a matar!»

La voz del niño calló de repente. Al dar vuelta en una esquina fui capaz de ver la atroz escena. Un hombre estrujaba con fuerza el cuello de uno de los niños, mientras el otro permanecía inconsciente en el suelo.

Con un golpe seco en la barbilla logré que aquel hombre soltara el cuello de Fernando, los cabellos rubios del pequeño le cubrieron su azulado rostro.

Entre sorprendido e iracundo, el hombre se puso de pie. Me di cuenta de que me sacaba casi una cabeza de diferencia. El hombre exhaló con fuerza y un tufo a alcohol invadió el ambiente. El golpe en la barbilla fue rápido, sin darme tiempo para reaccionar. Los músculos del cuerpo no me respondían y lentamente caí al asfalto. Me cubrí la cabeza de manera instintiva, pero luego una lluvia de patadas cayó sobre mi cuerpo. Un impacto fuerte en el pecho dejó sin aire mis pulmones y ni siquiera me di cuenta de que estaba llorando. Sin menguar el ritmo, las patadas sacudieron todo mi cuerpo.

—¡Detente o llamo a la policía! Maldito bastardo.

Veneré aquella conocida voz cuando las patadas se detuvieron

—Silencio, vieja loca, métete en tus asuntos. Este imbécil no me deja educar a mis hijos.

—¿Educarlos? No me hagas reír. Tienes diez segundos para largarte o esta vez te quedaras más de un mes en el calabozo. ¿Acaso olvidaste la última vez?

No fui capaz de ver la desencajada tez del hombre al escuchar las palabras de la anciana. Las imágenes se hacían cada vez más difusas, apenas podía distinguir cómo el borracho arrastraba de los cabellos a los niños.

Sonreí al verlos retorcerse, al menos seguían vivos.

Pasó un segundo, luego, todo fue oscuridad.

4

Un pequeño de entre diez y once años ordenaba con cuidado su cuarto, dejándolo impecable. Tomó el puñado de bocetos que reposaban en su mesa y se dirigió raudo al estudio de su padre. Encontró la puerta a medio abrir y entró sin pedir permiso.

—Tus modales dejan mucho que desear, Eduardo, ya hablaremos de eso más tarde. Pasa, tenemos algunos asuntos que discutir.

La voz provenía del sillón más lejano.

La enorme sonrisa de Eduardo se ofuscaba con cada paso, extinguiéndose al ver el ceño fruncido del padre.

—Papá, hice algunos dibujos y quisiera…

—¡Dibujos! Piensas en dibujos cuando sacas estas calificaciones.

Una cartilla de calificaciones cayó a sus pies. Las notas no eran malas, pero tampoco buenas, a excepción de las relacionadas con arte, en ellas todo era sobresaliente.

—¿Cómo podrás encargarte de la clínica con las notas que sacas? — prosiguió su padre—. Sigues pensando en dibujos al igual que tu madre. ¡Ella ya no está aquí! ¡Nos abandonó! Te lo diré por última vez, hijo: todos los artistas son unos muertos de hambre. ¿Quieres ser un muerto de hambre? Ahora repite: no seré un muerto de hambre.

—Pero… papá…

—¡REPÍTELO!

—Todos los artistas son unos muertos de hambre.

Sin levantarse del mullido sillón, arrebató los bocetos de las manos de su hijo. Los arrojó al fuego de la chimenea donde crepitaron por un instante antes de convertirse en cenizas.

—Ahora haz algo productivo y ve a estudiar a tu cuarto.

Algo dentro del pequeño se rompió en ese instante. Abandonando el estudio de su padre en silencio, se encerró en su habitación mirándose en el espejo del lavado.

Las facciones reflejadas ya no pertenecían a las de un pequeño. Ante él se vislumbraba un hombre joven y lleno de vida. Desde la ventana del baño se observaba la torre Eiffel. En la habitación se escuchaba una melodía de Chopin.

—Tardas lo mismo que una mujer en el baño.

Con un camisón y mostrando unas largas piernas desnudas y hermosas, la chica ante él trabajaba en un cuadro que mostraba unas cascadas de un color vino oscuro.

—¿Te gusta mi pintura? — prosiguió la muchacha—. Siento que le falta algo

—¿Bromeas? Es perfecto, estoy seguro de que les encantará.

—Eso espero. De no ser así, será el quinto cuadro en ser rechazado.

—No hagas caso a esos tontos — la tomó entre sus brazos—. Eres la mejor artista que ha existido.

—Te equivocas, cariño, ese eres tú. Tal vez algún día cumplas mi sueño.

—¿Tu sueño? ¿Ese de hacer llorar a un niño de emoción cuando mire uno de tus cuadros? Es solo un mito.

—Cuando un niño contempló la Guernica de Picasso derramó algunas lágrimas sin saber por qué. Solo un alma inocente puede contemplar la profundidad del verdadero arte.

—Lo que tú digas, querida. Algún día un niño llorara ante uno de tus cuadros.

El sarcasmo en las palabras obtuvo un fuerte golpe de parte de su amada. Pasearon sonrientes por las calles de París junto al cuadro.

Cuando conoció a Flavia (una joven artista de su ciudad), algunos años atrás, estaba a punto de terminar su carrera de psiquiatría; sin embargo, abandonó todo por el arte. Después de una discusión con su padre, se alejó de todo y escaparon a París para dedicarse a lo que ambos amaban.

El sueño de convertirse en un gran artista en París era solo una leve ilusión creada para engañar las esperanzas de miles de artistas. Eduardo pudo vender algunos cuadros, pero Flavia no tenía tanta suerte. Con la llegada del cubismo impuesta por Picasso y el gran auge de los artistas modernos, los dibujos de Flavia ya no eran de interés público. Impregnados del ya muerto movimiento renacentista, las obras rogaban por pizcas de atención, un deseo que jamás se cumplió.

Después del rechazo a su veinteava pintura, Flavia ya no era capaz de sonreír y pasaba noches enteras pintando. Al alba destruía sus cuadros y se ponía a llorar sobre los retazos. Eduardo trataba de consolarla de todas las formas posibles. Ninguna funcionaba.

Fue una tarde calurosa, las calles de parís rezongaban tristeza y soledad. Eduardo entró en la habitación luego de hacer algunas compras y la encontró reposando sobre un sillón. Algo no estaba bien en ese lugar; la atmósfera era agria y la piel de su amada estaba más pálida. Posó el oído sobre su pecho y al no escuchar nada las rodillas le flaquearon.

De reojo miró al piso donde un recipiente de vidrio brillaba por la luz de la habitación. Lo recogió y al ver que se trataba de un veneno lo hizo añicos arrojándolo arrojó con fuerza contra la pared.

Parpadeó y ahora se encontraba en un funeral junto a pocas personas. Después de ese día jamás volvió a pintar.

Parpadeó de nuevo, encontrándose esta vez de rodillas ante su padre, suplicando perdón.

Parpadeó por última vez. Al abrir los ojos, apareció en su estudio. Escuchaba o intentaba prestar atención a uno de los pacientes. Cerró los ojos con fuerza al notar que una lágrima caía por su mejilla.

Despertó en un lugar que no conocía. Trató de mover los músculos, pero todos ellos se agarrotaron impidiéndole ponerse de pie.

—Vaya que tienes el sueño pesado. Dormiste por más de un día entero. Déjame ayudarte.

Con la ayuda de la anciana logró sentarse.

—¿Dónde estoy?

—En mi casa. Fue difícil traerte hasta aquí, pero veo que ya estás fuera de peligro.

—¿Por qué no me llevó a un hospital?

—No confío en los doctores. Esos sujetos mataron a toda mi familia. Son la muerte vestida de blanco.

—Yo soy doctor. Bueno, algo así…

—Sí, lo sé. No podía resguardar a un extraño en mi casa. Doctor Eduardo Medina, experto en psicoanálisis y terapia, algo así decía en ese papel.

—Entonces, ¿por qué me ayudaste?

—Alguien que defiende a los niños jamás es una mala persona, incluso si es apaleado después.

La anciana rio y sus dos perros se acurrucaron junto a ella

—¿Quién era ese tipo?

—El padre de los muchachos, un boxeador retirado que cayó en la ruina por sus problemas de alcohol.

—¿Y la madre de los pequeños?

—Los abandonó. Creo que se fue con un doctor.

La anciana lo miró con curiosidad.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

Eduardo asintió con la cabeza.

—¿A qué se debe su interés por esos pequeños? Hace lagunas semanas que los observa diariamente.

—No se le escapa nada, señora —suspiró profundamente antes de continuar—. Créame que ni yo lo sé. Tal vez sea curiosidad o algo más. Debe pensar que estoy loco.

—Todos estamos un poquito chalados. Yo los botaba cada tarde cuando mi reloj marcaba las seis —señaló el antiguo reloj de pared al fondo del cuarto—. Esperaba que no llegaran tarde a casa y así evitar el castigo del padre. Al parecer no fue suficiente.

Ambos quedaron en silencio. La anciana parecía aún más vieja y desgarbada mostrando un rostro afligido.

—¿Cree que aun estén vivos?

La pregunta rompió el silencio.

—He rezado para que sea así. Una anciana a la que todos creen demente no puede hacer nada más.

Eduardo se puso de pie, tomó su gabardina y salió de la casa. No hubo protestas por parte de la anciana, que se le quedó mirando.

—¿Puede decirme su nombre? Así un día seré capaz de agradecer lo que hizo por mí…

—Lo lamento, no puedo. Espero lo entienda. Tómelo como un último favor para esta loca anciana.

Eduardo asintió con la cabeza y cerró con cuidado la puerta, dejando atrás a la extraña mujer.

«¿Loca? Es la persona más cuerda con la que he hablado en años», pensó mientras descendía la montaña.

5

Ester insistía en llevarme al hospital cuando pasaba por casa y dejaba algo de comida. La esperaba con la misma respuesta: Estoy bien. Abandonaba el departamento con un gesto triste, siempre mencionando que no me preocupara de la clínica, que ella se encargaría del trabajo hasta que estuviera totalmente recuperado. Si no fuera por esa diligente chica, la clínica hubiese cerrado hace mucho tiempo.

Recuperarme de las lesiones no fue fácil. Después de dos semanas pude andar con normalidad y, al hacerlo, lo primero que hice fue dirigirme a lo alto de la montaña.

Era medio día cuando llegué. Busqué algo de sombra, ya que el sol impiadoso no daba ninguna tregua. Absorto en el paisaje de la ciudad pasaron las horas. A lo lejos se veía el parque donde iba cada día al terminar el trabajo antes de conocer a esos niños, el recuerdo de Flavia se hizo presente de forma repentina y dolorosa como una bofetada. La alarma del móvil sonó con fuerza, eran las seis de la tarde.

—Los niños no han regresado desde aquel día.

La anciana se sentó a mi lado y suspiró nostálgica al ver el paisaje.

—Es una bella vista. Te hace olvidar todo lo malo por un instante —dije sin mirarla.

—Sí, por eso decidí vivir aquí. Es un bonito lugar para morir.

—Vaya que lo es.

La oscuridad cayó sobre nosotros acompañada de la fría ventisca. Me levanté, pero la anciana siguió sentada. Le ofrecí una mano para ayudarla a levantarse; sin embargo, ella la rechazó. Perdida en las lejanías del paisaje, replicó:

—Por favor, ya no vuelvas por aquí. Sigue con tu vida, aún te quedan muchos años.

La forma en que lo dijo evitó que pudiera negarme. Asentí con la cabeza y comencé el descenso. Volteé de reojo para ver una última vez a la anciana, pero ella ya no estaba ahí. Había desaparecido entre las sombras.

Con el transcurrir de las semanas seguí investigando el caso de los niños, Las pistas eran escasas, ya que no sabía el apellido y tampoco el nombre de su padre. Solo un señor sabía algo relacionado con esos niños, pero había visto huir al padre junto a ellos varias noches atrás.

Regresé a la clínica sin mucho entusiasmo. Ester había enamorado a todos mis pacientes e incluso algunos la pedían a ella como su doctora. No me negué a las peticiones. Ester, aunque recelosa al inicio aceptó la propuesta.

Teniendo más tiempo libre salía antes del consultorio y vagaba por la ciudad. Me detenía en parques y alamedas, incluso había días donde frecuentaba los peores antros de la ciudad con la esperanza de encontrarme con aquel hombre y buscar la revancha. Al llegar la noche y mientras me acostaba reía frenéticamente por las idioteces en mis acciones.

La vida volvía a su ritmo común, visitaba la oscura alameda junto a un río lleno de basura para sentarme en una dura banca y quedarme así por horas.

Fue una noche fría, un poco más fría de lo normal, cuando escuché un gran alboroto cerca de casa. Todos los vecinos salían a sus balcones para presenciar la escena. La curiosidad fue grande y decidí estar cerca del alboroto.

Bajé sin la gabardina pese al viento que corría. Al ver la escena, un gélido frío estremeció cada parte de mi cuerpo. Era el frío más terrible que puede experimentar una persona, aquel frío que embarga desde el interior.

La policía arrastraba hacia una patrulla a un corpulento hombre con las manos engarrotadas, que pataleaba y se retorcía.

—¡Se lo merecían! ¡Esos malditos se lo merecían! —gritaba poniendo resistencia a sus opresores. Lo reconocí inmediatamente.

Giré la cabeza con miedo y este fue justificado cuando vi salir de una vieja casa dos camillas con dos pequeños bultos tapados con sábanas. La pequeña mano de uno de los cadáveres resbaló de la camilla y una piedra rodó por el piso.

Al recogerla del suelo, aún estaba caliente. Lágrimas de impotencia corrieron por mis ojos. Con la roca en la mano, comencé a correr.

Subí las escaleras a zancadas. Los había tenido tan cerca todo este tiempo y no había hecho nada para ayudarlos. Una culpa se extendió por todo el cuerpo punzando cada parte en su recorrido.

Al llegar a mi habitación me detuve frente al espejo del baño. Tenía los ojos lagrimosos y el rostro descompuesto. Al no soportar la imagen golpeé con el puño el vidrio haciéndolo pedazos. Mi mano comenzó a sangrar, pero ya no sentía nada.

Busqué por todas partes los pinceles. Encontré primero el bastidor, luego un viejo lienzo y después de desordenar toda la casa di con los pinceles y las acuarelas.

Sin detenerme, pinté durante toda la noche. Al día siguiente continué pintando, cerrando las persianas, ya que los rayos de sol molestaban mi concentración. Cuando las primeras señales de oscuridad se aproximaron en el horizonte, yo ya terminaba con mi pintura. Caí de bruces sobre el suelo y contemplé mi obra por algunas horas desde ahí. Luego el cansancio venció mis párpados y dormí frente al enorme cuadro. Acurrucado por los recuerdos, pude soñar con ella. Estaba tan bella, jugando con dos pequeños a su lado.

Al despertar y mirar el cuadro comencé a reír y llorar. Había dibujado dos niños que jugaban alegremente en una montaña lanzando rocas a las botellas mientras sus corazones sangraban. Me sorprendí al notar el sentimiento de odio en los ojos de los pequeños. Lo miré una vez más abrazándome a mí mismo.

—Creo que me estoy volviendo loco. ¡No! Eso no es cierto. El mundo lo está. ¡Sí! Eso sí es cierto, el mundo está demente.

6

En una galería, una madre paseaba llevando a su hijo de la mano mientras observaba los cuadros. Una réplica de uno de los cuadros de Picasso llamó la atención de la madre soltando el agarre de su pequeño.

Al escuchar los llantos de su hijo, la señora se giró rápidamente y al no encontrarlo sintió miedo. Siguió la voz y lo encontró en otra exposición.

El niño estaba rodeado de gente, pero ninguno de ellos le prestaban atención. El público estaba ensimismado en la pintura sobre la cabeza del pequeño. Este también la miraba con lágrimas en los ojos.

—¿Qué pasa, querido? ¿Por qué lloras? —preguntó la madre poniéndose de rodillas mientras lo abrazaba.

—No lo sé —respondió el pequeño apartándose del abrazo, dirigiendo sus ojos hacia la pintura.

La madre siguió los ojos de su hijo y se quedó en silencio al ver el lienzo encima de ella. Se puso de pie lentamente, sintiendo un leve escalofrío al encontrarse con los ojos de los pequeños dibujados en el lienzo.

El pequeño se secó las lágrimas, para luego sonreír.

Phoenix Azabache 

Nací el 18 de diciembre de 1996, en la región de Ayacucho. Aprendí a leer a la edad de cuatro años convirtiendo esta actividad en una afición. Después de leer cientos de libros escribía en secreto mis propias historias, siendo la protagonista una chica de la cual estuve perdidamente enamorado y que lamentablemente falleció de un cáncer terminal. Empecé a mostrar mis escritos y algunos ganaron reconocimientos. Quedé finalista en la competencia LuchaLibro Ayacucho 2018. Colaboro con Red Interquorum del Perú narrando relatos y poesía.

Mis redes sociales:

En esta última comparto una compilación de relatos en un libro llamado «Relatos de muerte con sabor a vida».

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