Del amor y otras lluvias (capítulo 8)

En el almuerzo mi padre apagó la tele. Siempre comíamos con el telediario de fondo. Yo lo odiaba. Cada noticia siempre era peor que la siguiente. Era como si te mostraran el infierno educadamente. El señor que lo emitía era como un guía turístico que te llevaba de las amputaciones de Irak, a los bombardeos de Sarajevo como quien cambia de caballito en un tiovivo. Del coche bomba de Bilbao a la África más pobre, donde las moscas merendaban niños como quien enumera en voz alta la lista de una compra. Nunca entendí que, al ver tales esquinas de odio, semejantes suburbios, desastres tan inmensos, mi madre, por ejemplo, nunca soltara una sola lágrima y, sin embargo, ante una película cualquiera de esas de por la tarde, o aquellas telenovelas que no acababan nunca, acabara siempre por agotar todo el papel que había en la casa. Con el tiempo supe que era igual en todas las casas. Que eran iguales todas las madres. Y aunque ello no hizo que lo entendiera, sí me acostumbré a que la vida pasara delante de mis ojos sin emocionarme. Como pasa un autobús sin una mujer guapa en la ventanilla.

—Ese chico… —dijo mi padre buscando el nombre.

—Daniel —dije yo.

—Sí, eso es, Daniel —dijo—. ¿Sabes por qué se ha muerto? —me preguntó.

—Claro. Estaba malo.

—¿No te ha explicado mamá que ha muerto porque es tan importante que dios lo necesita a su lado?

—¿Y si es tan importante por qué no lo ha dejado al mío, que estoy solo, y él puede elegir a cualquiera? —pregunté yo.

Mi padre se quedó en silencio un momento.

—Porque lo quería a él, precisamente, y dios tiene más poder a la hora de elegir que tú —dijo titubeando.

—¿Para qué quiere dios tantos niños negros a su lado, papá? —volví a preguntar mientras mi padre jugaba con el tenedor y un trozo de carne.

—Las nubes son blancas. Se necesitan más niños negros que blancos para contrastar los colores.

Hubo una pausa larga. Mi padre me miró y acabó soltando media sonrisa.

—Supongo que es una respuesta absurda hasta para ti. Además, cuando te tocas la nariz, así como ahora, es porque no estás de acuerdo con algo. Desde bebé lo hacías. No era necesario ni que hablaras. A ver — continuó mientras lo escuchaba atentamente—, ¿te acuerdas, hará unos años, cuando en tu afán por ver a los reyes magos me sorprendiste a mí colocando los regalos?

Yo asentí con la cabeza.

—Pues con dios es lo mismo —dijo.

—¿También eres tú? —pregunté con dudas.

Mi padre soltó una carcajada. No recuerdo muchas risas tan estruendosas por su parte. A veces ni siquiera lo recuerdo sonreír.

—Soy capaz de hacer algún milagro, pero no, no soy yo —dijo aún con la risa en la comisura de los labios—. Quiero decir que, mientras creas en él, dios existirá, pero si un día decides no hacerlo dejará su existencia para convertirse en un simple espejismo.

—No entiendo —dije.

Inconscientemente mi mano estaba en mi nariz.

—Pequeño idiota, tu amigo es el almuerzo de los gusanos. Olvídate del reino de los cielos, de dios y de los niños negros —dijo mi hermana Sara que había estado detrás durante toda la conversación.

—No seas cruel con las palabras, señorita —le dijo mi padre.

—Si dios existiera, a mí me querría el chico adecuado y no el tonto de Martín o el feísimo de Alberto. ¿Dónde está dios cuando le pido que Miguel me mire, que Miguel me hable, que se pare el ascensor con los dos dentro?

—Quizá dios no coloca a ese Miguel en tu camino porque te haría sufrir.

—También puede ocurrir —prosiguió mi padre— que yo te vea con el chico inadecuado y sufras las consecuencias. Tal vez no pueda ser dios pero te aseguro que el diablo no me pilla tan lejos.

Sara se le acercó suavemente. Era bonita, andaba como flotando, sólo tenía dieciséis años, pero con un poco de maquillaje podía decir veinte sin ruborizarse y sin que un atisbo de duda se interpusiera en el diálogo. Se colocó detrás de mi padre y le puso los labios en la mejilla. Eso era todo. Con ese gesto Sara ya tenía lo que quisiera. Dinero, una hora más tarde, una excursión y hasta aquella moto aparcada en la puerta a la cual no podía acercarme en su presencia porque, según ella, le quitaba brillo.

—No me verás —dijo Sara.

Y mi padre no dijo nada al respecto.

Hay sólo un beso de distancia entre el todo y la nada.

—Mira, mocoso —dijo mi hermana refiriéndose a mí—, un botón cualquiera de este mando es dios; por ejemplo, este que da volumen a la tele —dijo pulsando el más del mando con insistencia—. Si tú estás triste lo pulsas, si estás en peligro lo pulsas, si necesitas que ocurra algo maravilloso lo pulsas. No va a suceder nada, pero si crees en ello, te quedarás más tranquilo y hasta pensarás que es posible. Eso es dios —dijo.

Y se retiró de la cocina flotando como era costumbre mientras mi padre la aplaudía con una cara de asombro que yo no entendí.

Luego, entre mi padre y yo hubo una guillotina de silencio. Yo me tocaba la nariz y él masticaba los últimos trozos de carne.

—Creo que ha sido mala idea no poner la tele hoy —dijo mientras la encendía y en ella aparecía un suicidio masivo en Japón.

Él comenzó a apretar el botón del volumen y yo no supe si quería enterarse de la noticia o simplemente le estaba pidiendo ayuda a dios para salvar a alguno.

Ernesto Pérez Vallejo

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