Del amor y otras lluvias (capítulo 7) | Ernesto Pérez Vallejo

A Sandra el cabello le olía a frutas del bosque. Siempre estaba cambiándose el flequillo de lado o acariciando las puntas con sutileza. Toda la habitación se invadía por aquel aroma, de un modo tan intenso, que se te impregnaba en la piel. Cuando acababa la sesión tenías aquel perfume tan dentro de los poros que parecía que habías estado follándotela toda una vida. Parabas a tomar un café de camino a casa y su perfume hacía que la soledad no tuviera memoria, llegabas a casa y el olor pegado en la camisa te decía su nombre tantas veces, que a veces la punta de mi lengua tenía que responder por ella. Su olor era el modo de estar con ella sin estarlo, de sentir para ella sin sentirla, de tener sin tenerla, de besar sin besarnos, de ganar aun perdiendo.

—¿Alguna vez has pensado en la muerte? —preguntó rompiendo el patrón de preguntas casi correctas que había seguido durante las primeras citas.

—Siempre pienso en la muerte. A cada hora pienso en ella, aunque, curiosamente, nunca en la mía —contesté.

—¿Matarías o te matarías por amor?

—Matar y amor son dos palabras que no deben ir en una misma frase, son totalmente contradictorias. Nadie mata por amor, se mata por odio o por egoísmo. Se mata por miedo y se mata por poder. Cuando en la tele un hombre ha matado a su mujer porque ya ella no le quería no la mata por el amor que no le da a él, la mata por el amor que puede darle a otro y, según él, le pertenece.

Sandra me observaba atentamente.

Sabía que los psicólogos se fijaban mucho en el lenguaje físico, en los gestos, en las pausas. Yo no tenía problema en expresarme como si estuviera hablando con un conocido, no temía en absoluto ser analizado, radiografiado o examinado por nadie. Por ella quizás menos aún.

—Luego —volví a hablar aprovechando su silencio— también está la desesperación. En estos tiempos es la mayor asesina de todas. Muere más gente por estar desesperado por una u otra razón que por enfermedades terminales. Incluso muchos de los que están respirando en este momento no se dan cuenta de que el estar desesperado los mantiene totalmente cadáveres.

Notaba en sus ojos cuánto le gustaba que me extendiera en cualquier discurso. Su bolígrafo parecía tener pilas nuevas cuando mis silencios y monosílabos eran cambiados por frases arrojadas desde mi garganta a su cuaderno.

—¿Qué es lo que menos te gusta de ti?

—Ser tan frágil cuando me expongo a la nostalgia. Echo de menos demasiadas cosas. Creo que la añoranza es un ancla que no te deja caminar libre. Para dar un paso tienes que arrastrarla a duras penas. La nostalgia no se puede camuflar, tú miras a los ojos de alguien directamente y puedes ver cuánta melancolía le aturde el pecho. Tú, por ejemplo…

—No —me interrumpió Sandra—. No hablamos de mí —dijo como temiendo que mi lengua la analizara.

—Tú, por ejemplo —dije acallando su voz y mirando cada parpadeo como si se eclipsara la luna cada vez que cerraba los ojos—, echas de menos temblar como una niña cuando te suspiran en la nuca.

—Yo nunca he sido una niña y no estamos hablando de mí —volvió a repetir Sandra, esta vez subiendo el tono de voz para que pareciera más una orden que una sugerencia.

—Es más fácil conocer a alguien a través de lo que te hace sentir, que intuyendo lo que él siente —le dije.

El leve tintineo de sus zapatos comenzó su particular concierto, se removió en la silla, buscando una postura más cómoda.

—A veces parece que el psicólogo eres tú —dijo—. Y eso no puedo tolerarlo. Yo debo marcar las pautas.

—Como prefieras —le contesté, sabiendo que en ese momento deseaba otra respuesta, algo menos obediente que siguiera desordenando un poco su capacidad de dominar la situación.

Nos separaba una mesa tan ancha que hacía imposible el roce, tan estrecha que me permitía poder contarle las pecas que le caían como estrellas suicidas desde el cuello a la inmensidad del escote. Eran minúsculas pero brillaban, parecía una carrera por llegar antes a sus senos. Su escote no era atrevido, era más una rebeldía, un «estoy contenta de ellas pero sería contradictorio fomentar la locura aquí dentro».

—¿Crees que la nostalgia es la causante de que pierdas el control? ¿De que estés aquí ahora?

—De que pierda el control, seguramente; de que esté aquí ahora tienes más culpa tú, que la nostalgia —le contesté.

—¿Qué quieres decir? —me preguntó haciéndose la sorprendida.

—Hoy tenía otros planes, pero ninguno de ellos se acercaba un poco a la satisfacción de tenerte cerca.

Noté el rubor en su rostro y cómo camufló una tímida sonrisa detrás de una mueca difícil de clasificar. Como en un intento tardío de que no leyera en sus facciones ni una pizca de placer.

Dijo una vez el viejo Julio en El pez ahogado: «Para conquistar a una mujer hay que invadir sus tres territorios y en cada uno de ellos poner una mina, que explote si le faltas. Primero, el cerebro; segundo, el coño; y, por último, el corazón».

Yo no estaba de acuerdo del todo con el orden pero sí compartía el cerebro como primer escalón y más importante para que el resto pudiera fluir o incluso resbalar. El cerebro es el atajo más directo que lleva al corazón y el corazón es el camino más seguro para que te abran las piernas.

—Me gustaría que me contaras el principio de todo —dijo Sandra agarrando el bolígrafo y pasando una hoja de la carpeta para hallar otra en blanco.

Apenas hubo una pausa entre su voz y la mía.

—Nací en un hospital, lo cual para mi madre debió ser mejor que hacerlo en un taxi o en un ascensor; a mi hermana, por ejemplo, la tuvo en un Ford fiesta de los antiguos, en un atasco. Salió disparada como una culebra según me han contado. En cambio, mi parto duró once horas, lo cual bien podía ser una señal de que el dolor y yo iríamos de la mano durante gran parte de mi existencia. Mi madre me dijo que apenas lloré, en cambio la opinión de mi padre era totalmente distinta.

 «Llorabas como una nena. Tanto, que hasta tuve que mirar si era cierto que tenías pito».

»Aprendí pronto a caminar, muy pronto. Ayudaron los ataques de lumbago de mi madre y los arrebatos de pereza de mi padre. Pereza que he heredado, por cierto. Quizás lo único, no sé.

—Alejandro —me interrumpió Sandra—, me refiero al principio de tu dolor, a esa necesidad de hacerte daño, a lo que ha hecho que necesites ayuda externa —me dijo con los ojos muy abiertos y con el tono de voz muy leve, como para que entendiera bien lo evidente.

—Eso hago —le contesté.

Respiró profundamente como si en el aire flotara la paciencia, cruzó las manos sobre la mesa, tenía las uñas pintadas de rosa y un anillo en el anular de la mano izquierda con la cabeza de un búho. Sus dedos eran finos y afilados, como si con ellos pudiera hurgar en el alma de las personas.

—Mi infancia —continué mientras me acomodaba aún más— no estuvo del todo mal, teniendo en cuenta que odiaba el fútbol y eso me alejaba de la mayoría de los demás niños; por suerte tampoco me agradaba el ballet o estudiar, así que las collejas se la llevaban otros. Me pasé todos los cursos de primaria persiguiendo moscas en el aire y observando la nuca de Neus. Admirando su risa, imaginando que un día me hablaba, me pedía un lápiz o me invitaba a su cumpleaños. Supongo que estaba todo lo enamorado que se puede estar a esa edad y ella mi presencia la odiaba tanto, como se puede odiar tengas los años que tengas.

—¿Tú nunca le hablaste? —preguntó Sandra, que había vuelto a coger el bolígrafo y a anotar palabras con la misma velocidad con la que firma un médico.

—¿Sabes ese juego del conejo de la suerte? ¿Ese que se canta en coro una absurda canción dando palmadas en la mano del compañero de tu izquierda?

Sandra asintió con la cabeza dejándome continuar el diálogo.

—Yo no jugaba nunca, ni siquiera sé qué me llevó a hacerlo aquel día e incluso sonreír como si fuera divertido. Neus llevaba su vestido blanco; lo que hacía su piel con ese trozo de tela era magia. Una magia de la cual sabes el truco y, sin embargo, te sigue sorprendiendo aunque lo veas mil veces. A la tercera o cuarta vez que empezó la canción, aquella maldita melodía acabó en mi mano. Todos los rostros se posaron en mí. Sentí como un calor asfixiante se posaba en mi rostro. Me quedé un rato petrificado, un instante que pareció una vida. Me levanté, el cuerpo me pesaba como si cargara una roca en la espalda. En frente estaba Neus, la miré, me miró, di un paso en su dirección, quizás dos, aunque la distancia aún era considerable, ¿y sabes que hizo ella? —le pregunté tras una pausa que bien pudo contener un suspiro.

Sandra no dijo nada, se limitó a mirarme compasivamente, como si ya conociera la respuesta.

—Correr —dije—. Corrió como si hubiera visto al diablo, a un espíritu, a un monstruo, aunque más tarde comprendí que sólo vio a un niño feo. El resto del coro reía, creo que no hubo nadie en aquel recreo que no riera aquella mañana. Bueno, en realidad sí hubo alguien. Aunque imagino que ya sabes quién.

Sandra parecía afectada, como si hubiera pertenecido a aquel círculo y hubiera visto con sus propios ojos todo el ridículo que me aplastó como a un insecto. Como si ella también hubiera reído.

—Te parecerá absurdo —le dije—, pero todavía algunas noches escucho la canción y la veo corriendo, con su vestido blanco haciendo magia con su piel. Luego quemé el colegio con todos los niños dentro y me quedé fuera para ver como ardía —dije para romper el silencio.

—Como ironía resulta macabra —dijo Sandra.

—La negación de un beso no vale un incendio, aunque haya besos que quemen como tal.

Miré sus labios con hambre.

—Aquel día sólo me faltó un mechero —volví a ironizar—. Hoy me separa una mesa. Siempre tan alejado del fuego, como ves.

No le dije a Sandra que yo no acabé el tercer trimestre. Que no me hicieron repetir curso porque mi madre lloró delante del director del centro. Que pasé medio verano con la esperanza truncada de que me cambiaran de colegio, aunque ello llevara despertarme una hora antes y coger dos autobuses. Que, a raíz de aquello y con tan sólo nueve años yo cambié mi forma de ser, tenía más odio dentro, respondía con desconfianza a cualquier cosa. Casi me atrevería a decir que dejé gran parte de mi infancia en aquel patio del colegio y que ya nunca volvió. Alcancé estos diez segundos de ira que aún mantengo a esta edad, esos que me convierten en animal y luego en hombre. Diez segundos en los que soy capaz de joder una vida, de golpear a cualquiera o a mí mismo, de romper una puerta de un puñetazo o lanzar un portátil por la ventana. Diez segundos por los cuales siempre llego al arrepentimiento, por los que, tal vez, estoy delante de Sandra. Y seguramente esto último sean lo único bueno que me han llegado a otorgar.

Ernesto Pérez Vallejo

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