Del amor y otras lluvias (capítulo 6) | Ernesto Pérez Vallejo

Era un siete de agosto. Hacía tanto calor que las parejas no se daban la mano por la calle por temor a resbalarse. Las cosas entre nosotros estaban estancadas desde hacía algún tiempo. Ella quería un hijo y yo me negaba a compartir sus tetas con nadie. Ella necesitaba poner el reloj en hora y yo prefería no saber cuánto tiempo pasaba entre orgasmo y deseo. Ella imploraba cierto equilibrio y yo prefería seguir mirando los ojos del precipicio. Llevábamos dos años y medio juntos. Nos odiábamos lo suficiente para que el amor fuera intenso. Nos queríamos demasiado para que el odio no fuera un lastre. O al menos eso pensaba yo.

Un siete de agosto de hace tres años exactamente, con el ventilador de techo al máximo de revoluciones. Lejos del abrazo del invierno, donde se venía a mi lado para que le calentara los pies y la vida. No me alarmé cuando alargué la mano aquella mañana hasta su sitio y vi que no estaba. Tampoco no oírla por casa me incordió en absoluto. Fue cuando me acerqué a la cafetera, como todas las mañanas, cuando fui consciente de lo que ocurría. Había un papel pequeño junto a ella, a bolígrafo azul, con un pulso envidiable.

«A veces la vida es un cara o cruz. Yo lancé la moneda, no hubo truco. Creo que conté doce giros en el aire hasta que cayó en mi mano. Me salió cara y tengo que irme. Imagino que ya sabes a quién le ha tocado la cruz.

A menudo el amor va más allá de amarse. No hay «te quiero» en el mundo que nos salve la rutina, ni besos que puedan masticarse, ni orgasmo tan intenso para que sonreír se haga inercia.

Suerte y eso».

Un siete de agosto. Aquel día fue extraño. Me tomé el café como si aquello que hubiera acabado de leer no fuera más que un arrebato momentáneo. Me senté en el sofá y esperé su regreso, como si fuera una broma, como si sólo se tratara de tirar de la cuerda. Ella tiraba de su parte; si yo no hacía presión desde el otro lado se caería al suelo. Volvería con un rasguño en el orgullo que yo lamería hasta borrarlo e inmediatamente después me dejaría pasar mi lengua por donde la autoestima sube cuanto más bajo caen las bragas. Lo peor de una despedida es no hallar un portazo a donde agarrarse; uno reconoce en su intensidad la duración del regreso, o un «hasta nunca» de esos que dejan eco, a ser posible con un insulto incorporado para que sea más demostrable que su ausencia no es más que un ataque de ego. Al clic sin sonido de un pomo no hay modo de rebelarse; al silencio de una nota no hay reproche que te consuele; en una huida sin huellas no hay camino que seguir. Lo máximo que consigues es girar sobre ti mismo como en una puta noria que olvidaron de apagar. En el desamor siempre será mejor un muro infranqueable que una rotonda en medio de la nada, donde en cada vuelta que das para encontrar la razón de su marcha, vuelves a hallarte a ti mismo con la misma pregunta: «¿Por qué?» Y así para siempre.

Siete de agosto no vino. Había dejado aquí todas sus cosas: su ropa, sus adornos, el color de las paredes, las macetas del balcón y a mí. No se olvidó de la cajita de música donde guardábamos unos tres mil euros. Es lo único que cogió antes de irse, el dinero. La cajita sigue en el mismo sitio de siempre. Ya no suena desde entonces.

Tampoco vino al día siguiente. Ni al otro. Ni la otra semana. Ni al mes. Hace mil días que no regresa y a mí me parecen dos vidas: la que vivo y también la que se llevó con ella.

No ha vuelto ni tampoco ha dado una mísera señal de que sigue respirando. Ni una llamada, ni otra nota, ni una esquela en algún periódico de barrio. No hay nada de ella en internet. Si no fuera por las fotos y por las inoportunas preguntas de algún conocido al verme sin ella por la calle pensaría que me la inventé para ser feliz en algún momento de mi vida.

Su única familia era yo. La encontré por casualidad en «El pez ahogado» y me la puse en la solapa. Su padre había abandonado a su madre cuando ella tenía tres años. Su madre murió cuando cumplió catorce. Había estado en casa de su abuela paterna hasta los dieciocho, en un pueblo perdido de Soria, o eso llegó a prometerme. Llegó aquí porque, según dijo, este barrio era lo más parecido a su vida que se había encontrado en el camino. «Aquí parece que ya nada puede ir a peor», eso dijo. Dejó el hostal y se vino a vivir conmigo. Luego me dejó a mí y se convirtió en nostalgia y en nada, aunque si aún vive será el todo de alguien, de eso no me cabe duda.

Me duele hablar de ella, me hiere recordarla, me mata hallar su nombre en otro rostro. No fue instinto sexual lo que me llevó a experimentar el dolor físico de aquel modo con Irene. La realidad es que me dolía tanto el interior que tuve que castigarme por fuera para equilibrar la balanza. Laura, sin saberlo, dio el primer azote y yo necesité más. Todavía lo necesito.

Quizás esté muerta. Quizás la atropelló un coche al salir de casa, descarriló el tren al no comprender su huida, se estrelló el avión por el peso de sus alas en el asiento. Quizás pensaba en volver, pero la muerte llegó antes. La realidad puede ser muy cruel. Aceptaría antes su muerte que el abandono. Y el abandono antes que la duda.

Es la incertidumbre la que vuelve loco al hombre, de eso cada vez estoy más seguro. La incertidumbre unida a la esperanza es la mayor tortura que existe para el ser humano si esta no cumple las expectativas creadas respecto a ellas.

Desde que Laura se fue, un siete de agosto, yo soy todo incertidumbre, cada vez tengo menos esperanzas e imagino que también cada día que pasa, estoy un poco más loco.

Ernesto Pérez Vallejo

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