EL LAGO JUNTO A LA CASA

Ansío su muerte desde el año pasado. El doctor antes de irse de casa me informa que ya nada más se puede hacer. Siento una leve satisfacción que recorre cada espacio de mi cuerpo al escucharlo. Por fin me voy a deshacer de él. “Fuimos felices por muchos años. Las largas caminatas, tomados de la mano, al lado del lago junto al domicilio llenaban de júbilo mi corazón. Con los años le llegaron las enfermedades. Luego la angustia y posterior abandono paulatino del resto de la familia”.

Estamos rodeados de montañas, alejados del centro poblado. Veo por mi ventana el lago, el paisaje me tranquiliza, aunque estoy cansada de malvivir los últimos meses. Agotada de verlo sufrir más que de empatizar con su sufrimiento.

Por las noches me carcome la culpa. Por las mañanas lo lleno de palabras amorosas, aunque hipócritas. Le digo al oído que deseo su pronta recuperación para irnos a pasear como antaño. La respuesta me la da la máquina que registra sus signos vitales, traduciendo en su suave pitido, el sentir de su fatigado corazón. Los días son interminables.

Mi alivio por la noticia del doctor dura poco. Pasa a cuentagotas el tiempo y él no muere. Yo espero impaciente el sonido que indique el final y que todo terminó. El sacerdote le da la Extrema Unción. Familiares me llaman por las tardes. Saben que vivir sola con una persona próxima a la muerte es muy valiente, mas no se animan a venir a ayudarme. Hay un trato de por medio. Yo recibiré un pago más que justo acordado tácitamente.

Él no aceptaba la comida desde antes de la visita del doctor. Controlo el medicamento y el alimento que entra a su cuerpo por una sonda. Sueño despierta en desconectarlo sin más, sin embargo, yo no soy una asesina. Paseo por la casa recogiendo mi propio desorden. De un momento a otro, suena el artefacto conectado a él. Murió.

Voy a su cuarto para asegurarme lo que la alarma anuncia. Lo toco y está muy frío. Recorro con la mirada su cuerpo entero. Sonrío. Ante el fallecimiento de mi abuelo, me sobreviene un ataque furioso de risa. ¡Por fin! Por fin se lo ha llevado la muerte. “Ya no lo tendré que bañar ni acicalar. No tendré que mantener con vida a un saco de pellejo arrugado”, razono. Camino a la cocina para servirme una copa de vino. Me toca hacer muchas llamadas. Sigo riendo. ¿Esta casa será muy difícil de vender?, me pregunto. Termino el líquido de mi copa y como algo que nace de repente, siento la imperiosa necesidad de salir de ahí. Empiezo con pasos vacilantes, luego apresuro la marcha y corro cómo nunca lo había hecho hacia fuera. “Tendré su herencia, su gran casa, mi recompensa por cuidarlo este aciago último año” es mi feliz conclusión. Paro frente al lago y puedo ver a algunas aves. Saco mis zapatos para meter mis pies. Mi abuelo nunca me dejó hacerlo. Me hablaba siempre de maldiciones del lugar y que no debería tocar el agua. Sin embargo, él ya está muerto y yo tengo por delante el llevar a cabo las exequias, luego debo encontrar un vendedor de bienes raíces. Me saco las medias y pienso en cómo recibiré a los familiares y el pésame. Ya lo estoy disfrutando. El contacto de mis pies con el frío elemento me aparta de mis pensamientos. Burbujas se forman en la superficie. Me desconcierto y quiero salir de ahí. Es muy tarde, se asoma alguien, sus ojos conocidos se clavan en mí y con sus vitales brazos, de cuando era joven, me jala con fuerza hacia adentro.

—¡No, abuelo, por favor!—grito sabiendo que no hay nadie a mi alrededor que pudiera salvarme del fantasma del apenas fallecido.

—¡No soy tu abuelo, solo soy la recomendación y consejo que no seguiste de él! —dice con voz grave, aquel ser y me arrastra.

Mi cuerpo completo entra al agua fría y temo ahogarme. Lo miro bien y en verdad no era mi abuelo el que me llevaba al fondo, es un ser deforme con muchos ojos por todo su cuerpo. Arrugado y verde como una rana. Ya no puedo verlo a causa de la oscuridad. Forcejeo pero es en vano. Tiran de mi cabello. El dolor es agudo, mas logro zafarme de la criatura, emerjo.

Veo a mi rutilante abuelo quien me lleva furioso a la orilla. La cosa gruñe y nos sigue. Ahora en tierra firme veo a mi abuelo entrar al lago, entiendo que entrega su alma en vez de la mía. Ya no podré ser feliz por el resto de mi vida, a pesar de que él por fin había muerto.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s