Es siempre la misma cosa | Joel Estrada

Es siempre la misma cosa: pronuncio tu nombre y sus vocales salen propulsadas de mis labios, partículas de mi voz; suspendidas en la ingravedad de la madrugada, suenan tan silenciosas. Pintan mi melancolía de púrpura y se convierten en peces. Nadan sobre la nada de la habitación porque ya nadie la habita. Las siento, las veo y me siento tan triste.

Es siempre la misma cosa: imagino tu silueta sobre la cama, la acaricio, le digo que te quiero, la beso y se funde con el amanecer. Tu adiós todavía flota dentro de mis tímpanos, tan decidido, tan intenso, fuerte como los muros de esta mansión, tan fuerte como fui. Sin embargo, me veo tan frágil.

Es siempre la misma cosa: hago el amor con tu ausencia, tan sensual, tan sucia, tan perversa. Ríe mientras me pierdo en su mirada. Caigo preso de tu recuerdo, de tu cabello fantasma que serpentea por mi pecho, por mis hombros, por mi abdomen, mis muslos, mi sexo. Caigo preso de tu lengua puntiaguda, que hiere, que mata, tan sádica. Me castiga con su filo, me rechaza, me condena. ¿De verdad soy tan malo?

Es siempre la misma cosa: converso con tu belleza mientras tus uñas arañan cada pieza de mi deseo, me cuentan la leyenda de las falanges perdidas, perdidas por amor, perdidas en mí. En mi recuerdo sigues siendo tan hermosa como la primera vez que te vi, súcubo de mi perdición. Sigues viviendo dentro de mí, inmune a la amnesia, libre de represión, atemporal. ¿Qué más quieres de mí?, te pregunto… pero ya no estás.

Es siempre la misma cosa: lloro tu partida. Has marchado sin dejarme atrás, pero no sabes que lo has hecho; has marchado sin dejar de amar, no sabes lo que has hecho. Guardo cada sueño que tengo con tu sonrisa, la canija danza por la carretera a media noche, sesea las palabras que siempre quise escuchar, pero es un idioma que ya no comprendo. Lo olvidé cuando mi boca migró de tus muslos, cuando mi cadera se despidió de la tuya, cuando mi sudor dejo de bañar tu piel.

Te escribo un par de mensajes dos veces al año. Todavía recuerdo tu cumpleaños y Navidad. Respondes un par de mensajes dos veces al año. ¿Todavía recuerdas cuando te cogía entre mis brazos y mi manera de amar? Charlamos de vez en cuando, como dos conocidos que se desconocen. Al anochecer me derrumbo en la soledad. En la oscuridad de mi mente brilla una luz, tan pequeña, tan débil, es la idea de volver a pronunciar la palabra “nosotros”. Por un momento no parece una ilusión, no parece tan distal. Pero sé que es imposible, sólo soy yo que me vuelvo a engañar. Y lo sabía, sólo podía terminar de esta manera, de nuevo he sido traicionado, porque es siempre la misma cosa.

Joel Estrada

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