Del amor y otras lluvias (capítulo 4) – Ernesto Pérez Vallejo

En este barrio puedes ser dos cosas: asesino o suicida. Mientras encuentras tu verdadera vocación, puedes distraerte matando el tiempo —como si no fuera el tiempo el que al final acaba matando a uno—, soñando con un futuro mejor, aun sabiendo que aquí el destino ya tiene tus cartas marcadas, o buscando heridas que olvidar en uno esos bares que en realidad no contemplan la palabra cicatriz. No conozco a ninguna persona que hable bien de este suburbio y, sin embargo, nadie suele marcharse de aquí. El que lo hace empujado por alguna necesidad siempre vuelve. Es como si el aire que se respira aquí tuviera la capacidad de engancharte, una maldita sustancia que, al inhalarla, te cambia la visión de las cosas hasta el punto de amar al odio. No hallarás a nadie que diga en público que ama estos edificios desconchados, estas calles donde los barrenderos empiezan a fumar por primera vez para ver crecer la basura entre calada y calada, estas esquinas por donde sale el sol temprano para pillar a las putas más limpias. Nadie hablará de los jardines donde crecen jeringuillas y papel de plata con más facilidad de la que crece el césped, de los agujeros en la carretera, algunos tan profundos que si miras en ellos le ves los cuernos al diablo. Nadie dirá que ama este lugar, pero a todos y cada uno de sus habitantes, si los exiliaran del barrio, sería como si les arrancaran un brazo. De hecho, si los pusieran en la tesitura de elegir seguramente por aquí sólo los zurdos se masturbarían con la izquierda.

Mi rincón preferido del barrio es un bar que se llama «El Pez Ahogado». El lugar donde más veces he perdido el equilibrio, el sitio donde más veces he encontrado a mi verdadero yo y donde por vez primera vi a «ella». A Laura.

Llevaba un vestido tan corto y tan pegado que uno no sabía con certeza donde empezaba su piel. Me enamoré de sus tacones y ya en sus tobillos me volví loco. Así de simple. No hizo falta trepar por sus piernas, bronceadas como si Río de Janeiro y sus muslos hubieran intimado infinidad de veces. Tampoco observar la redondez de sus nalgas que, si no hubiera sido por lo real de su movimiento, las hubiera confundido con la obra de arte de un dibujante manga con sobredosis de LSD. Ni siquiera llegar a esas hermanas gemelas que bailaban ajenas al resto de la anatomía, a las cuales cualquier imbécil sin criterio las hubiera llamado tetas y yo aún no había encontrado un adjetivo que le hiciera honor a mi apetito. Tampoco colgarme de su boca, beberme lo oscuro de su mirada, o acariciar su cabello negro como el luto de las viudas. Yo ya estaba loco y enamorado en sus tobillos, mirar el resto sólo era un modo placentero de torturarme.

Hay diabéticos que pasan a conciencia por pastelerías, exalcohólicos que duermen abrazados a una botella de ginebra, putas que hacen el amor al llegar a casa después de una noche larga en la calle follando por dinero. Hay gente que necesita tener cerca su punto débil, mirar a los ojos a la muerte. Laura era mi punto débil. Mi muerte. Y por qué no decirlo, tenía unos ojos preciosos.

No había mucha gente en El Pez Ahogado. Era martes. Putas del polígono, adictos al olvido, chorizos de tres al cuarto, camellos y alguna pareja de roce fácil. Eduardo hablando del desamor, el viejo Julio contando alguna historia y la sonrisa de Lucía. Lucía era la camarera. Su sonrisa: todo el decorado de aquel bar. En sitios como este, todos los rostros son conocidos, pero nadie conoce realmente a nadie. El hombrecillo aquel con gafas de miope, al que le cuelgan los pies del taburete, al que supones a primera vista que podrías intimidar con una voz un poco más subida de tono que otra, podría ser a la vez quien cave tu propia tumba. Nadie es fiable. Y es mucho mejor así.

Los fines de semana el bar parece una discoteca, aun estando a años luz de algo parecido a ella; se llena de jóvenes y de no tan jóvenes, hay risas y gritos. No hay mucho más donde elegir si quieres alcohol y música más o menos decente. Pero un martes lo más parecido a una risa que puedes oír es la tos de algún exfumador al que el humo le recuerda una vida mejor.

Porque aquí se fuma. Entra un policía y fuma. Esto no es una capital donde los chivatos salen absueltos y los culpables multados. De hecho, aquí no se sabe qué les pasa a los chivatos y si alguien lo sabe estoy seguro de que no lo cuenta porque tan sólo el recuerdo ya puede joderle la sensibilidad.

—Esto es tierra de nadie —dice Julio—. Tampoco es la selva, no existe la ley del más fuerte. Existe la ley del respeto. Cierto que a veces no basta con los ojos para ganárselos, pero no es el puño el que manda, salvo en contadas ocasiones. He visto a tíos de casi dos metros con una espalda de camión con las puertas abiertas mearse en los pantalones ante el clic falso de una pistola de juguete que manejaba un calvo barrigón de esos a los que según su rostro lo más violento que le podías atribuir es haberle tirado de la cola a un perro. He visto a viejos de ochenta años abofetear a su hijo de treinta por faltarle el respeto a una mujer de la calle. Y he visto a la mafia italiana correr calle abajo mientras medio barrio caminaba pausadamente para arrojarlos al río. Aquí el respeto se gana con los años o ¿por qué mierda te crees que la gente me habla como si fuera un verdadero señor?

El viejo Julio era un hombre delgado de poco más de metro sesenta y cinco, nadie sabía con certeza su edad, aunque debía estar cerca de los setenta años.

Aunque decían, los que lo conocían de antes, que Julio siempre había tenido el mismo aspecto de ahora. Y ya por aquel entonces, diez años atrás o incluso quince, sus conocidos ya le echaban la misma edad que ahora. Como si el reloj y él hubieran hecho un pacto de no agresión. Tenía el pelo blanco, como si hubiera enterrado la cabeza en nieve y la hubiera sacado después. Los ojos pequeños.

—Mis ojos antes eran enormes —decía—. Se han ido empequeñeciendo de ver tantas barbaridades. A este ritmo se cerrarán del todo y tendrás que estar más cerca de mí para contármelo todo al oído.

Vestía oscuro: gris o negro; no tenía sueños, ni hambre, pero su sed era interminable.

De domingo a jueves, a Julio lo hallabas pegado a la barra, desde las siete de la tarde hasta la una o las dos de la mañana. Quien no ha entrado nunca al bar y pasa a menudo por la puerta estoy seguro de que piensa que es un maniquí gracioso para atraer clientes. Los fines de semana, Julio prefiere ambientes más tranquilos y deja su puesto en la barra, no sin antes advertir a Lucía que se lo cuide bien. Como si aquel metro cuadrado le perteneciera de verdad. Aunque con lo que había gastado allí durante todos esos años la realidad es que medio bar debía ser suyo, incluida la sonrisa de Lucía que, por otro lado, de ponerle un precio justo, tendría tantos ceros como lunares su espalda.

Eduardo me buscaba por encima de las demás cabezas. Yo lo ignoraba, aunque con el rabillo del ojo veía primero cómo le crecía el cuello y luego cómo le desaparecía. Una y otra vez.

—Ese amigo tuyo es un poco idiota ¿no? —preguntó Julio, señalándomelo con la cabeza.

—Es un tipo sin suerte —contesté.

—Los que creen en la suerte también son unos idiotas —reprochó él—. ¿Tú eres un idiota?

—Supongo que sí, que lo soy. Pero no tiene nada que ver con mi fe o mi poca fe en la suerte —solté después de un duro trago de whisky.

—Ningún idiota se atribuye a sí mismo esa palabra. Tú eres un listo, que te escudas en ese término por si la cagas. Es como tener puesto un cartel colgado del pecho en el cual avisas que vas a matar a alguien esta misma noche. Si al final lo haces piensas que ya estás excusado. Tú tienes más de cobarde que de idiota. Un idiota es aquel que se cree listo. Un listo es aquel que se hace el idiota cuando es necesario. Sé reconocer a un idiota —dio una calada al humo concentrado de encima de su cabeza y volvió a señalar con la cabeza la posición de Eduardo.

—Ese es idiota —concluyó.

No tenía argumentos para defender a Eduardo. Ninguno. No sé si era o no idiota, pero lo cierto es que podía hablar más y mejor de sus errores que de sus aciertos, aunque ninguna de las dos opciones me apetecía en aquel momento.

Julio miró su reloj.

—He de irme. Cualquier día viene la muerte a buscarme a casa y no me encuentra allí. Si algo tengo claro es que quiero morirme en casa. Hasta un idiota lo querría —dijo sonriendo mientras muy lentamente se perdía detrás de mi espalda.

Apenas atravesó la puerta de salida ya tenía a Eduardo sentado en el taburete que había ocupado Julio segundos antes.

—No me gusta nada ese viejo —me dijo a la vez que pedía una cerveza.

—Es mutuo —le confesé.

—¿Has visto hoy a Sandra? —preguntó.

—Sí.

—Ayer le hablé de ti —prosiguió—, ¿quieres saber qué le dije?

—No, no quiero saberlo.

—Le dije que eras una excelente persona, sólo que a veces te escondes de ti mismo en otros. Como esas personas que tienen amigos imaginarios con los que hablan y todo, ¿sabes cuáles te digo?

—También le dijiste que éramos amigos —afirmé en un tono molesto.

—Claro. Y me preguntaba cosas de ti, de nosotros. ¿Quieres saber qué me preguntó?

—Lo cierto es que no, aunque supongo que me lo vas a decir de todos modos.

—Me dijo que era secreto. No puedo decir ni una palabra —rio con ganas, como si tuviera la llave de un baúl que guardaba un tesoro.

Eduardo y el silencio eran antónimos. La mayoría de las veces no estaba atento a lo que decía, movía la cabeza o usaba algún monosílabo más por inercia que por lógica. La atención no es algo que uno pueda controlar. Puedes poner de tu parte, hacer cierto esfuerzo para intentar que la conversación fluya, pero la mayor parte de las veces la pereza gana la batalla. Eduardo tenía siempre mucho que decir porque le daba miedo el silencio. Pánico a hallarse con él mismo. Acorralado por una nada absoluta. Años atrás, éramos actos. Hacíamos. Luego algo parecido al amor nos acuchilló por la espalda, él prefirió el verbo para huir y yo el silencio para esperar.

—Un día mataré a mi exmujer, estoy totalmente seguro de ello. La única duda que me queda es conocer el modo, lo que sí sé es que habrá tanta sangre que hará falta algo más que agua y lejía para limpiarlo todo. Mi vecina de arriba, la Antonia, saldrá en la tele diciendo que yo era un tipo muy bueno y muy normal y que nadie en todo el edificio se esperaba que llegara a un extremo tan cruel. Tú sabrás que esa hija de puta había arruinado mi vida y Sandra, justo antes de que me pegue un tiro en su consulta, conocerá lo mucho que me he masturbado pensando en sus tetas.

Sonreí. Sabía que no tenía huevos de tal cosa. Era más probable que la tal Beatriz —así se llamaba la razón de su ocaso— lo matara a él, que al contrario. Beatriz era la peor mujer que había tenido la mala suerte de conocer. A Eduardo, tres minutos antes de que dijera el sí quiero en aquel juzgado que yo ya conocía sobradamente por otros motivos bien distintos al matrimonio, lo cogí por la chaqueta, lo miré profundamente a los ojos y le di mi más sincero pésame.

—Vendrás a mi entierro, ¿verdad? Quizás seas la única persona que aparezca allí.

Continuó hablando en un monólogo que era la repetición de algún otro, en una noche parecida a esta, con otra fecha en el calendario.

Seguramente esté consolando a Sandra por su derrota, mientras los primeros gusanos se te meten por los ojos —le dije con toda la maldad que pude. Aunque la realidad es que también con deseo. No de su muerte pero sí de la posibilidad de consolar a esa mujer que tanto me pervertía el sueño.

Eduardo levantó su botellín de cerveza y me invitó a brindar.

—Por Sandra —dijo.

—Y por la muerte de tu exmujer —añadí levantando mi copa y chocando en el aire los cristales.

Y nos bebimos la penúltima.

Ernesto Pérez Vallejo

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