Del amor y otras lluvias (capítulo 3) | Ernesto Pérez Vallejo

—Yo una vez estuve a punto de casarme.

—¿Y qué pasó?

—La dejé a tiempo. Se merecía algo mejor.

—Esa es la típica excusa del hombre cobarde. Te dejo porque te mereces algo mejor. Como si nosotras fuéramos tan tontas de no saber lo que necesitamos.

—A veces, es necesario que alguien os abra los ojos —le dije.

Era rubia, alta, no muy guapa, ni falta que le hacía. Tenía unos pechos tan firmes y grandes que su rostro era tan bonito como quisiera su escote.

Su nombre era Sandra. Me recordaba a una maestra que tenía cuando descubrí el milagro del hilo blanco. Daba religión, pero parecía una puta. También se llamaba Sandra.

—¿Y dónde está ella ahora? ¿Es feliz? —me preguntó.

—No tengo ni la más remota idea —contesté.

—Ya, claro —dijo cambiándose el flequillo de lado—. La dejaste para que fuera más feliz; sin embargo, nunca has vuelto para saber si lo había conseguido, lo cual deja claro que tu supuesta generosidad de amor ajeno no era más que el egoísmo del amor propio.

—¿Alguna vez te he hablado de Aitana? —pregunté, desviando el tema.

—Aitana, claro, la chica de las erecciones. Una de esas mujeres que te inventas para llenar tu vida con algo.

Cogió la carpeta que tenía en la mesa. Era azul. Mi nombre estaba en negro en la parte delantera. La abrió, movía las hojas, una detrás de otra, apenas haciendo pausas, como si tuviera el poder de leer cien palabras por segundo. De vez en cuando levantaba la vista para observarme.

—Aquí está —dijo, satisfecha—. No existe Aitana, no existe Eva y sobre todo no existe Laura. Tu anterior psicóloga me recalcó mucho este tema.

—¿La señorita zapatos planos? —pregunté con ironía.

Ella movió la cabeza varias veces en señal de desaprobación al apodo.

—Intento ayudarte. Pero si no pones de tu parte es imposible. No eres especial, ni tan inteligente como pretendes aparentar, ni siquiera eres un caso que me dé curiosidad profesional. Me tocaste a mí por abandono. Si yo también declino, vendrá otra y así sucesivamente, hasta que un día ya no quiera recibirte nadie. A menos que pagues. Y, aun así, tal vez tampoco tu presencia en un diván tenga un precio que pudieras costearte.

—Aitana —continué—. Tenía el pelo castaño, tirando más a claro que a oscuro, pero a mitad de camino de ninguno de los dos. Yo pensaba que jamás iba a estar con una chica que no fuera morena o rubia. Pero de pronto apareció ella con sus diecinueve años y ese color de pelo tan confuso y rompió con una simple sonrisa todos mis principios.

—Está bien —dijo ella resignada—. Partamos desde la existencia de Aitana. ¿Es ella con la que estuviste cerca de casarte?

Reí con ganas, cosa que le molestó.

—¿Qué ocurre ahora? —preguntó muy seria.

—La señorita zapatitos planos me hizo exactamente la misma pregunta —contesté sin dejar de sonreír.

—Se llama Rocío —dijo.

—Un nombre inmerecido. Mi madre se llama así —afirmé.

Cada vez estaba más desubicada. Era solamente la segunda sesión y ya había perdido todo el poder con el que entró la primera vez. Había abandonado la seguridad del cruce de piernas por un absurdo tintineo con el tacón en la losa, casi mudo, pero no lo suficiente para driblar a mi oído. Cuando era pequeño le tenía tanto pánico a la oscuridad que desarrollé el sentido auditivo mucho más allá de lo que hubiera deseado. Escuchaba hacer el desamor a mis padres, escuchaba follar a los vecinos y hasta alguna vez había llegado a oír los besos que se daba mi hermana con su novio siete farolas más lejos de mi casa. Desde que tenía uso de razón recordaba a mi hermana con novio y, sin embargo, nunca era el mismo.

—Ayer estuvo aquí Eduardo, tu amigo —dijo Sandra, que no dejaba de revisar la carpeta, como buscando algún dato por donde pudiera empezar un diálogo firme.

—Eduardo no es mi amigo —dije.

—Él dice que sí —replicó ella.

—Yo quiero que tú seas mi novia, pero si tú no quieres nunca lo serás, ¿no? Es lo mismo.

Volvió a posar sus ojos verdosos en la carpeta.

—¿Desde cuándo os conocéis Eduardo y tú? —preguntó Sandra intentando que esta vez su tema no fuera desviado.

—¿Quieres ser mi novia? —contraataqué yo.

El tintineo, aunque aún era leve, se había vuelto más reiterativo. Como si del pop suave de cantautor se hubiera pasado al rock transgresivo de Extremoduro.

La primera vez que estuve en este centro fue hace meses, recuerdo que estaba en la sala de espera, seis sillas azules incómodas de plástico atornilladas a una barra que a la vez estaba clavada a la pared. Tres enfrente de otras tres. Siempre he tenido la certeza de que yo era el más cuerdo de todos los pacientes que visitábamos psiquiatría y, en cierto modo, esa verdad me avergonzaba. No sé si quería estar tan loco como el resto o me sentía en deuda con ellos por mezclar mi supuesta cordura con sus firmes paranoias.

Tenía cita a las once, yo siempre tenía por regla llegar al menos con quince minutos de antelación. «No hay nada peor que alguien te espere —me dijo una vez el viejo Julio entre copas y humo—. Cuando alguien te espera, aunque sea un solo minuto, ya estás en deuda con él». Y llevaba razón. El viejo Julio era un gran tipo. Con sólo respirar a su lado ya aprendías cosas nuevas de la vida. Desde entonces hacía siempre todo lo posible por llegar a cualquier sitio quince minutos antes de la cita.

Me apoyé en la pared. No tenía mucho amor propio, pero sí el suficiente para no sentar mi culo en aquellos miserables asientos. «Quizá la locura —pensé— empieza en la incomodidad y estos bastardos de la seguridad social lo saben». Había estado en otros dos centros y, aunque no eran como el sofá de casa, al menos poseían un cierto atisbo de hospitalidad, pero allí la sesión de una hora costaba sesenta euros, exactamente lo mismo que cuesta una puta. Casualidad, tal vez. Nunca lo tuve del todo claro.

En la sala sólo había una mujer, sentada en el centro de las tres sillas de la izquierda, con el pelo grasiento y la ropa sucia. Olía a perro mojado. También a mierda. Llevaba unas zapatillas que en su día fueron blancas, un chándal de un celeste que quiso ser azul y una camisa de cuadros que tal vez su exmarido le dejó de herencia. Miraba al vacío. Me puse enfrente e intenté no observarla. Su olor me llamaba. Era imposible no encontrarme con aquel rostro desolador y sus mugrientas zapatillas. Me ponía nervioso. Era más sencillo evitar negándole la mirada a una mujer bella que a una mujer fea. Siempre es el término medio, en cualquier caso, en el que reside la indiferencia. Cuando estuve a punto de salir a que me diera el aire y evitar así el vómito, apareció ella. Sandra. Con sus enormes tetas. Sandra, con sus botines negros de medio tacón, unas mallas pegadas y un jersey blanco que, aunque le tapaba el culo, en cada movimiento podías imaginarte que detrás de la claridad de su ropa había una fiesta en sus nalgas. Se apoyó en el mostrador y habló con la recepcionista. La escuché reírse. No era una risa bonita. Tampoco ella lo era en exceso. Medía cerca del uno ochenta, tenía quizás la talla ciento diez de pecho y un culo de esos en los que la asfixia se parece más al placer que a la muerte. Qué coño importaba que no fuera especialmente bonita. Tampoco era fea. No. Los ojos verdes y ligeramente saltones, como si al mirarte quisieran ver más allá de sus posibilidades. La boca amplia. Los dientes jugaban a una descoordinación extraña, las paletas algo separadas, los incisivos demasiado juntos, como si se acabaran de casar uno con otro y necesitaran ansiosamente treparse. La nariz gruesa y la barbilla parecía una isla donde naufragar a besos. Lo mejor era el color pálido enrojecido de su tez y sus labios, unos labios carnosos de mamadora profesional de manzanas de caramelo.

Cuando la recepcionista dijo mi nombre, alineé mentalmente todos los planetas, para que detrás de la puerta que me había tocado estuviera Sandra. Una pausa antes de llamar, una respiración profunda y una decepción enorme.

Tras la puerta, en lugar de la envergadura de Sandra, había un prototipo de mujer, con la voz fina, el cuerpo débil y los ojos tristes como los de los tigres del zoo. Intuí en ese momento que yo podía hacer más por ella que ella por mí, aunque un par de sesiones después a mí me pudo la pereza y a ella el miedo. En aquel entonces, pensaba que era uno de sus primeros pacientes, que estaba en prácticas o prueba, más tarde me enteré de que llevaba siete años diagnosticando locuras irreversibles o ansiedades patológicas con la misma facilidad con la que evitaba mis ojos. De verla en la calle sin saber su oficio, la habría tomado por una funcionaria de esas despistadas o quizás por una camarera adicta a la rotura de tazas.

Ahora estaba delante de Sandra. Zapatitos planos se negó a una siguiente consulta, alegando que nada fluía, que no tenía interés en una mejora y que mi carácter era contradictorio todo el tiempo. Cuando me la he cruzado por el pasillo, segundos antes de entrar en la sala donde me esperaba Sandra, ha agachado la cabeza. Llevaba tacones otra vez, pero eso no ha bastado para que mi indiferencia hiciera alguna tregua.  Seis sesiones a base de una terapia basada en escribir. Cosas buenas de ti, cosas malas de ti, cosas que has hecho hoy, cosas que no has hecho ganándole el pulso al deseo, etc. Como si mi impotencia, mi impulso macabro, se solucionara escribiendo un diario y mostrando en él todo mi odio.

Sandra miró su reloj de pulsera. Yo observé su tímido escote. Luego nos encontramos los ojos en un punto intermedio. Mirar dentro de ellos debía ser parecido a follar en el bosque ante la atenta mirada de los lobos.

—Hemos terminado por hoy —dijo cerrando la carpeta.

—¿Habrá una próxima vez? —pregunté con un tono de indiferencia, aunque su respuesta era lo que más me importaba del mundo en aquel preciso instante.

—El jueves a las once —dijo fríamente sin revisar su agenda.

—Que tengas un buen día —le dije levantándome y encaminándome al pomo de la puerta.

—Alex —me llamó, antes de que saliera.

Yo volví a sus ojos, los lobos continuaban allí, en el mismo sitio, esperando el orgasmo.

—El próximo jueves será distinto, tú serás todo el tiempo tú y no te escudarás en nadie ficticio para escapar de ti mismo.

—¿Y si te enamoras? —pregunté con ironía.

De su sonrisa uno de los lobos cayó rendido, como si le hubieran disparado a bocajarro en el centro del cerebro.

—Correré ese riesgo —comentó con un afilado sarcasmo.

Le devolví la sonrisa y me marché.

Ernesto Pérez Vallejo

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