Del amor y otras lluvias (capítulo 2) | Ernesto Pérez Vallejo

—Yo haría cualquier cosa por una mujer como ella, pero una mujer como ella ya no está dispuesta a mover ni un solo dedo por un hombre como yo.

El tipo que me habla desde el taburete de al lado se llama Eduardo y, como casi todos, él también está enamorado de una ausencia.

—Este bar antes estaba lleno de personas que sólo querían olvidar, ahora sólo quedan borrachos profesionales —dice mientras apura los tragos.

Eduardo y yo en otra época fuimos inseparables.

El viejo Julio solía decir: «No existe una amistad tan fuerte que no puedan doblegar un par de tetas…», luego hacía una pausa y añadía: «…y ni siquiera hace falta que sean bonitas».

Eso fue precisamente lo que hizo de nuestra intensa amistad una distancia infinita.

Recuerdo a la última chica que pasó por mi casa. Desde el umbral de la puerta esperando que le lanzara alguna frase a la que agarrarse.

—Ojalá me odies toda la vida —le dije.

Se quedó estancada allí, sorprendida. Era muy joven quizás para comprender que, mientras haya odio, nunca comienza el olvido. Para entender que, cuando el amor para siempre quiebra y comienza a dar pasos hacia atrás, el odio fluye y camina hacia adelante.

Aitana. Se llamaba Aitana. Tenía diecinueve años, doce menos que yo. Siempre tenía erecciones cuando la veía lamer las tapas de los yogures. También cuando se colocaba una de mis camisas y se paseaba por la casa en bragas. Cuando se apoyaba en la ventana para ver pasar los coches, con el culo en pompa justo en el centro de mis ojos. Incluso cuando me hacía cosquillas por el vientre para sacarme una sonrisa, con aquellas manos minúsculas y frágiles. En realidad, siempre tenía erecciones con Aitana. Creo que nunca sentí un amor profundo hacia ella. Pero a mi sangre la tenía completamente enamorada.

—Estaba loco de amor —se lo dije, tenía esa necesidad—. Estoy enamorado de ti hasta en el último abismo de mi alma.

Se lo solté como en un suspiro. Creo que nunca fui tan sincero con ella hasta que me di cuenta de que estaba a punto de perderla. Pero ahora no sé si debí callarme todo ese amor. Si esa última bala que disparé en lugar de abrir su corazón, rompió el mío definitivamente.

—¿Tú qué piensas? —me preguntó Eduardo.

—Pienso en que nunca he tenido tantas erecciones seguidas como cuando estuve con Aitana —contesté evadiendo por completo su pregunta.

—¿Aitana? ¿Quién coño es Aitana? —preguntó malhumorado—. Te estoy abriendo mi corazón, joder —me reprochó.

Eduardo siempre tenía el corazón abierto. Eso era lo malo. Cuanto más bebía más grande se le hacia el agujero del pecho. Si no acudías pronto con una respuesta corrías el riesgo de que se te apilaran las preguntas. Y un borracho olvida muchas cosas, las llaves de casa, el camino a casa, incluso si tiene casa, pero nunca se olvida de que no le has respondido.

—Pienso —le dije— que estar enamorado es lo mejor del mundo si eres correspondido, pero si no es así, es una mierda. Si eres tan idiota de decirle a una mujer que la amas de ese modo sin tener la total seguridad de que es mutuo, has perdido a esa mujer. El amor es una guerra. Le estás ofreciendo tu terreno, el castillo y hasta la bandera del mismo. ¿Qué le queda por conseguir? El amor sin fisuras aburre, se necesita la duda. La eterna duda. Más cerca del sí que del no, pero con el quizás sobrevolando siempre por encima de vuestras cabezas. Da exactamente igual los años de matrimonio que lleves, incluso no importa si, como tú hiciste, te equivocas de mujer. A veces un error enorme se puede convertir en el mejor acierto. Pero siempre debe existir el por si acaso, el miedo a perder, los sueños por cumplir. Eso pienso.

Eduardo me miraba atento, quizás no entendiendo del todo lo que quería decirle. Las personas, muchas de ellas, sólo entienden lo que en realidad quieren oír. Cuando la respuesta obtenida es otra a la que esperan se desorientan.

—Ponme otra copa —le pidió Eduardo a la camarera.

—Era guapa, Aitana, muy joven tal vez. Hacía pompas con la saliva. Eso también me la ponía dura —dije.

—Tú nunca has estado enamorado, ¿verdad? —me preguntó Eduardo.

—Me enamoro en los minutos impares, de una mosca si es necesario y en los pares se me pasa —le contesté mintiendo sin escrúpulos—. Para estar a salvo del odio hay que amar en su justa medida. Ni tanto como para que ella juegue contigo, ni tan poco como para que ella piense que el que juegas eres tú.

—Te tomas el amor a risa porque nunca has sufrido —sentenció Eduardo—. Cuando amas no puedes controlar las medidas. Esto no es una jodida partida de póker. En mi situación, tú, que vas de macho por la vida, también habrías llorado como una nena con un rasguño en la rodilla.

Los borrachos siempre tienen la verdad absoluta de las cosas. Te tomas cuatro o cinco copas y las dudas se evaporan como lágrima en la lluvia.

Eduardo era un pobre ingenuo, un tipo que se había quedado sin recursos. Una de esas personas a las que sobrio eres incapaz de soportar. No podía enseñarte absolutamente nada y ni siquiera era capaz de aprender algo. Era como hablarle a una cuchara viendo en ella tu rostro distorsionado. Quizá peor porque, al menos ella, la cuchara, sirve luego para algo útil.

—Lo mejor era cuando te la chupaba —continué—. Tenía diecinueve recién cumplidos, pero con la boca llena te estaba diciendo: tengo treinta y cinco años y me lo voy a tragar todo. Hasta tu vida.

—El amor es algo más que correrse —dijo Eduardo cada vez más decepcionado por el cariz en el que transformé el diálogo.

—Si te hubieras corrido una sola vez con Aitana, seguramente hablarías del amor desde dentro de un orgasmo. No como ahora, que hablas, bueno, balbuceas, desde fuera de tu propio ser.

Se encendió un cigarro. No me ofreció. Apoyó la cabeza en su mano, el codo en la barra, vencido por el alcohol, o por el desamor, quizás por ambos a la vez. Me levanté del taburete, dejé dos billetes de veinte en el mostrador y me dispuse a irme.

—¿Dónde está ella? ¿Dónde está Aitana? —preguntó girando la cabeza antes de que desapareciese del bar.

—No tengo ni idea. Me dijo que estaba enamorándose de mí y perdí todo el interés —contesté—. Ya no había batalla, ni castillo, ni bandera —concluí.

Cerré la puerta y mantuve el equilibrio calle arriba. Había tantas estrellas que era totalmente imposible sentirse solo. Una noche preciosa. Realmente bonita. Como Aitana antes del amor. Como Aitana antes del orgasmo. Como Aitana antes del te quiero. Caminé hasta mi casa con ese paso lento que tienen los hombres a los que nadie los espera y llegué a salvo otra vez. Y quizás eso, tampoco era tan buena noticia.

Ernesto Pérez Vallejo

Nació en 1979. Vive en un pueblo pequeño de Cádiz: Campamento-San Roque. Ha publicado los libros «De Laura y otras muertes», «De flotar y otros vuelos» y «Antología especial».

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