Artista, en diez movimientos | Juan Carlos Santillán

Instalado el cadáver sobre la mesa de trabajo, el artista descansa un momento.

—Parecías más liviana.

Se aproxima a la computadora y, de sus listas de reproducción, elige Vivaldi. Las cuatro estaciones.

—Algo ligero, ¿no te parece? Como para inspirarnos.

Regresa a la mesa de trabajo, tarareando la melodía. Coge las tijeras y contempla el rostro de la muchacha.

—Eres una muñequita, con esas facciones delicadas, esos ojos grandes, los labios carnosos, los dientes perfectos, esa larga cabellera sedosa…

Acomoda el cabello a ambos lados lados del rostro, siguiendo la cadencia.

—¿Te debieron de llover los pretendientes, eh? ¿Les hacías caso?

Acaricia el perfil del rostro con la yema de los dedos. Finaliza el Allegro.

—Bueno, querida, comencemos.

Pone las tijeras a un costado y empieza por quitarle los zapatos.

—Pies pequeños, muy bien.

Le quita las medias.

—Una pedicura no les habría sentado mal, pero están bastante bien.

Sube por las piernas, los muslos…

—Bien torneados y firmes. ¿Hacías ejercicio regularmente, eh? ¿Gimnasio?

Coge las tijeras, levanta la blusa y corta la falda.

—Bonitas caderas, bien formadas, abdomen firme, nada de grasa. Perfecto.

Hace lo mismo con la prenda interior.

—¡Sin depilar! ¿Jamás usaste bikini? ¿O eras rebelde, hippie? ¿O católica, colegio de monjas, internado? Ésas son las peores. Déjame adivinar: ¿a tu novio le gustaba así?

Separa los muslos.

—Vaya, no eras nada promiscua. Retiro lo dicho; tal vez sólo eras una chica tradicional. Te ofrezco mis disculpas.

Coge su mano y la besa.

—Hacía falta una buena manicura también. En fin, no es el fin del mundo, mejor sigamos.

Rompe la blusa de tirón, haciendo volar los botones. Corta el sostén con las tijeras.

—Oh, bonitos pechos. Enhiestos, firmes, redondos y…

Los sopesa con las manos, mimando los acordes finales de la Primavera.

—Sí, definitivamente, naturales. Muy, muy bien. Por cierto, qué preciosos pezones.

Y, diciéndolo, juega con las areolas, siempre siguiendo el ritmo.

Con la tijera termina de cortar lo que queda de las prendas, hasta hacerlas jirones, y se deshace de ellos. Finalmente, tiene sobre la mesa de trabajo el cuerpo completamente desnudo. Estalla el Verano, frenético.

—¡Perfecta, sencillamente perfecta! Con sólo unos retoques… ¿Sabes cuánto tiempo te busqué? ¡No puedo creerlo, creo que voy a llorar! ¡Tuve que sacrificar a varias… y era un desperdicio! Al comienzo sólo pensé en dormirlas, examinarlas y devolverlas si no eran lo que buscaba… ¡Pero era tan frustrante! La primera vez ya no soporté la desilusión y la destacé como a un cerdo! ¡Se lo merecía, la muy puerca! ¡Hubieses visto cómo tenía la vulva, toda descolgada! ¡Qué perra! ¡Y las demás! ¡Implantes, cirugías, postizos! ¡Hasta las más jovencitas! ¡Un desperdicio!

Arroja las tijeras al piso, en el clímax de su ira, haciendo dar un brinco a la gata de angora que dormitaba plácidamente bajo la mesa.

—¡Oh, lo siento, Eurídice! A veces me descontrolo, discúlpame, discúlpenme las dos. No me sé controlar, de verdad lo lamento.

Recoge las tijeras y las coloca sobre la mesa, junto a los pies del cadáver. Los violines arrecian.

—Por eso ahora mejor las mato de una vez. Pero tú eres la última. Tú, querida… ¡Tú vivirás para siempre! ¡En mi arte! ¡En mi arte serás eterna!

El artista se arroja sobre el cuerpo, dispuesto a abrazarlo, pero se detiene.

—¡No, no debo maltratar tu cuerpo perfecto! No quiero magullar tu piel, mi fruta madura!

Se aparta de la mesa y contempla el cadáver una vez más, disfrutando el momento, dejando que el tiempo transcurra. Ya es el Otoño avanzado, ralentizado en el adagio. El allegro, ahora, espabila.

—¡Ah, querida, pero sigamos… aún falta, aún debemos prepararte para la vida eterna, no permitiremos que tu cuerpo se corrompa, querida! ¡Pero antes, miremos bien, sigamos examinando! ¡Veamos esa espalda, que adivino tersa! ¡Esas nalgas, que imagino redondas y firmes!

Con sumo cuidado, no sin esfuerzo, da vuelta al cadáver. Pero algo lo desconcierta. Hay algo cerca del hombro. Principia el invierno, in crescendo.

—¡Un tatuaje! ¡Un tatuaje! ¡Qué mierda hace ahí un tatuaje! ¡Qué mierda es eso! ¡Una puta estrella invertida! ¡Carajo! ¡Eras perfecta! ¿Por qué mierda tienes un tatuaje? ¡Es un pentagrama, un puto pentagrama de mierda! ¿Eras una maldita bruja, verdad? ¡Una maldita puta, perra, puerca, bruja, concha de tu madre! ¡Mierda!

En el colmo de la furia, el artista voltea en busca de las tijeras pero, al mover el cadáver, han caído al piso. El artista se agacha para recogerlas. Allegro non molto, desbocado, como fuera de sí.

—¡Te voy a hacer trizas, te voy a cortar en pedacitos, vas a ver! ¡Nada va a quedar de ti! ¡No te va a reconocer ni tu madre! ¡Ni Dios te va a reconocer!
Se incorpora con las tijeras en la mano. El cadáver está sentado, mirándolo a los ojos.

—Lo sé —dice el cadáver, cogiendo las tijeras de manos del artista y clavándoselas en el pecho—: Dios no me va a reconocer.

Sigue el invierno. Largo.

Juan Carlos Santillán

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