La escena del crimen | Mirza Patricia Mendoza Cerna

Aparca el carro. Regresa ahí después de tres semanas. Prende un cigarro. Voltea con disimulo hacia la izquierda y luego a la derecha. Camina una cuadra, fumando. En la esquina mira la sangre seca en el piso, nadie había tratado de limpiarla. Se inclina para ver mejor la mancha. Se yergue sonriendo y mirando la cámara de seguridad cercana. Se siente muy hábil por haber encontrado el punto ciego del enfoque.

Fue un apuñalamiento limpio. Sin testigos. Solo la poca sangre de la víctima que llegó al piso quedó de todo el cruel espectáculo.

Bota la colilla del cigarro y regresa a su auto. Introduce la llave para abrir la puerta del vehículo. Antes de poder girar la llave , llega una patrulla al lugar.

—Los asesinos regresan, siempre regresan a la escena del crimen —dice el oficial cuando llega a su lado.

—Detective, esas son tonterías, usted lo sabe.

—Toma lo que te corresponde. Mañana tenemos otra misión. Un pedófilo.

—A esos me los violo antes. Tú dirás.

—Yo te daré los datos, pero hay un problema.

—El dinero…

—Eres como un adivino. Sí, el dinero. El gobierno está demorando en desembolsar, pero ya sabes, lo harán.

—Este trabajo lo haría gratis. Sin embargo tengo vicios que mantener.

—No llames así a tus hijos, desgraciado.

—Dale, quedo a la espera de tu comunicación.

El asesino a sueldo se va manejando su auto. En su bolsillo está el dinero mal habido que le pagan por matar delincuentes. El detective del estado se queda pensativo mientras lo ve marchar. Sube a su unidad, reporta su ubicación. Coge la hamburguesa que compró cuadras antes y pone música. Disfruta su almuerzo. Espera no ser él quien tenga, en su momento, que matar al asesino a sueldo. Le cae bien y hasta vio las fotos de sus hijos. “Tal vez sea buena idea pedir un cambio de área”, se dice. Termina su pequeña merienda. Enciende el motor y continúa su patrullaje. “Vida de mierda. Todo sería más fácil si no hubiera criminales. Yo sería, tal vez, un mecánico o un guardia y no tendría que fingir una amistad con ese infeliz. Seríamos amigos de verdad”, piensa mientras pasa por la esquina que aún tiene la sangre de uno de tantos malhechores asesinados por los ilegales escuadrones de la muerte.

Mirza Patricia Mendoza Cerna

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