Del amor y otras lluvias (capítulo 1) | Ernesto Pérez Vallejo

Estaba de rodillas. Ella se subió la falda, apartó la braga y se pasó el dedo por el coño, luego me lo metió en la boca para que lo lamiera. Acto seguido soltó una bofetada, como si mereciera un castigo por probar el paraíso.

La primera bofetada te sorprende, la segunda te duele; si en la tercera (si permites una tercera) sientes placer por mínimo que sea, puedes considerarte un masoca. A partir de la quinta o sexta dejaba de contarlas y ella cambiaba de mano. No puedes llegar al placer a través del dolor si no existe deseo. Es imposible.

Un día cualquiera haces el amor con tu chica, ella en un arrebato te muerde el cuello y sientes que la poca sangre que te quedaba en el cerebro baja como un río hacia la polla. Otro día cualquiera, ella se olvida de morder porque está más pendiente del movimiento justo de cintura donde hallar su ego y tú lo echas de menos. Te corres, sí, pero la intensidad es distinta.

Creo recordar que es así como sucedió. En realidad, quiero recordar que fue exactamente la búsqueda de placer lo que me había llevado a Irene, una dominatrix que te mostraba un atajo al deseo y luego te lo borraba para que el camino hacia él te doliera el doble. Dentro de mí sabía que la pérdida de rumbo, que el encuentro con Irene, no tenía nada que ver con una desviación sexual, que realmente se debía a la falta de «ella». «Ella», esa mujer que me había hecho quedarme en una curva peligrosa del sendero, donde era más sencillo buscar el dolor para tenerla siempre, que hallar el amor para olvidarla un poco.

Siempre he tenido una dificultad extrema para diferenciar amor y sexo. ¿Si me corro en su boca es amor? ¿El sexo anal lo es? Por mucho que quieras a una persona, si se la metes en el culo a cuatro patas y la agarras de la melena tirando hacia atrás, incluso si de vez en cuando das palmadas en sus nalgas, ¿puede llamarse amor? ¿Lo es? Hubo una mujer (siempre hay una mujer) que contradecía mi punto de vista, me daba sus motivos y eran motivos de peso. Sin embargo yo, después de llamarla puta mientras empujaba como una bestia mi ímpetu en lo más profundo de su alma, era incapaz de, al acabar, decirle te quiero sin que ello me sonara extraño, sin que mi amor por ella temblara un poco aun en los labios temiendo no quererla, como se debe querer a la mujer de tu vida.

En el espejo me encuentro despreciable; no físicamente, ni siquiera encuentro mi verdadero reflejo, sólo veo a un monstruo que llega al orgasmo en las situaciones más humillantes. No siempre vomito. A veces las recuerdo y me masturbo. Es un modo como otro cualquiera de multiplicar el asco.

Estaba de rodillas, es mi posición preferida. No es tan denigrante; en la iglesia lo hacen a diario ante un adorno macabro. Mujeres que nunca han clavado sus piernas en el suelo, para goce de su marido, lo hacen para pedir milagros a un dios que, si existe, sufre de narcolepsia indefinida. Es mirar a África y bosteza, por ejemplo.

De rodillas, me acariciaba la cabeza con la palma de su mano, como si fuera una mascota, completamente desnudo; ella sentada en el sofá, con una falda negra dos centímetros por encima de sus rodillas y dos tacones rojos afilados, dos kilómetros por debajo del mismo infierno.

Soy amante de los tacones hasta límites insospechados, es simplemente oír el sonido y se despierta en mí un instinto casi caníbal. Puede gustarme una mujer cuyos ojos no me dicen nada, si sus zapatos hablan mi idioma: el del hambre. Mi devoción por ellos llega a convertirse en súplica cuando necesito que el desnudo sea incompleto, que sean unos tacones los que decoren el resto de la piel. Se lo conté a mi psicóloga, una mujer que despertaba en mi tanto morbo como una hilera de hormigas. En las sesiones siguientes jamás volvió a usar tacones. Ignoraba, tal vez, que lo que a mí me gustaba era que la mujer llevara tacones, no que los tacones la llevaran a ella.

Estaba de rodilla. Lo peor de esta postura es que cuando llevaba mucho tiempo me dolía la espalda. No solía quejarme. Mi premio era estar a la altura de su coño.

—¿Sabes ladrar, perro? —preguntó ella.

—Sí, señora —contesté sin levantar la cabeza.

Una ama, jamás permite que la mires a la cara en medio de una sesión si no te da permiso antes. Es como faltarle al respeto. Irene era muy estricta respecto a esto. Como si en su cara tuviera una expresión que no merecía descubrir.

—Pues no te oigo —dijo sugiriendo directamente que emitiera algún ladrido.

Lo peor de la humillación es el ridículo. Dinamita el ego. Como estar en medio del patio del colegio cuando eras pequeño, mientras todos los demás niños se ríen de ti. O bien porque te has caído, o porque tienes gafas, o porque te crecen las orejas a insulto por segundo.

A estas alturas de mi vida aceptaba cualquier insulto por denigrante que fuera: «Hijo de la gran puta», como un traje hecho a medida, por ejemplo. O que desde su voz me cambiara de sexo: «La palabra hombre te viene enorme, no eres más que una maricona consentida». Incluso toleraba el dolor por encima de mis propios impulsos. Pero el ridículo lo llevaba muy mal. Cuando era yo por mí mismo el encargado de ponerme en evidencia, se me hacía una bola en la garganta que resbalaba hasta el estómago y explotaba, dejando en mí una sensación de vacío sólo comparable a la muerte de un ser querido.

Un día, una mujer cualquiera, que bien podría ser la esposa perfecta, se olvida de morderte y tú, que eres un idiota sin escrúpulos, te vas de putas. O las inventas.

Así creo que funciona. Es fácil huir de los amigos que no le gustan a tu chica, de la consola, del cine de acción, incluso cambiándolo por alguna serie ñoña donde los besos parecen pactados bajo notario. Pero jamás se puede huir del deseo. El deseo, sea cual sea, te persigue, te acorrala y te mira directamente a los ojos, dos años seguidos si es preciso, hasta que no puedes más y parpadeas. Y cada vez que parpadeas ante él, en ese instante de oscuridad lo encuentras. Luego, casi siempre parpadear es pura inercia.

—Guau —dije tímidamente, como si por un agujero en medio del salón me estuviera observando el universo.

—¿Eso es todo lo que sabes hacer? Pareces un yorkshire. ¿Estás diciendo con ese ladrido de mierda que una mujer como yo, sólo merece un perro con complejo de rata?

Su voz era firme como una vara de bambú, no hacía falta que acudiera a la fusta que descansaba sobre una mesita de lujo que teníamos justo detrás de nosotros. A veces las palabras, si las usas bien y en el tono adecuado, tienen más poder que un acto. Si educas a un ser a base de hostias no pretendas que se intimide u obedezca a un diálogo; en cambio, si la educación es mediante el verbo, quizás cuando las cosas se pongan feas te baste con amenazar con la mano levantada, sin llegar a bajarla nunca.

—Guau —esta vez salió de lo más profundo de mí, hasta el punto de casi crear un eco en el edificio.

Me cogió con dos dedos la barbilla y me la subió para que la viera sonreír.

Era guapa, su melena negra le caía por los hombros como diluvio invernal; sus ojos grandes y oscuros, como las noches de campo; los labios, débilmente perfilados en rojo. Cuando tenía la boca cerrada parecía la silueta de un corazón, cuando la abría te arrancaba el tuyo sin clemencia. Se le enrojecían los pómulos con facilidad ante cualquier calor, como si alguien quemara leña debajo de sus párpados. Una nariz tan pequeña que sospechabas que su respiración era solamente una cuestión oral. Guapa, muy guapa, como de mentira.

—¿Sabes? —dijo mientras encendía un cigarro—, en realidad me das un poco de pena. Podrías estar por ahí buscando el amor de tu vida y, sin embargo, estás aquí dispuesto a que te rompa la cara. No te pareces a esos otros que suelen venir. Barrigones de cincuenta que para verse la polla tienen que ponerse frente a un espejo, hombrecillos acomplejados que necesitan que alguien les recuerde el atajo para escapar de sus miserables vidas y que curiosamente siempre tienen la felicidad dentro de sus apestosos culos: consolador más grande, sonrisa más amplia. Estúpidos que marcan límites, hasta tal punto que dejan de ser sumisos y se convierten en dominantes de un falso espectáculo donde ni siquiera yo participo en el show como algo real. Soy parte de la ficción en la que ellos mismos se autoengañan. Gente de poder, gente que tiene tanto poder que les sobrepasa, que después de mandar al paro a mil trabajadores o quedarse con la pasta de cientos de contribuyentes, buscan de desahogo el dolor, como si yo tuviera en el látigo que cruza sus espaldas el agua bendita que borra sus pecados. Se limpian el alma con un poco de sufrimiento, que no es más que deseo contenido. Y luego estas tú, que no sé dónde calificarte.

Irene sí sabía dónde calificarme, sabía el porqué, sabía el cómo y sabía el cuánto. Tenía absoluta certeza de que mi llegada a sus zapatos se debía a que alguien puso sus huellas en dirección opuesta a las mías. Se lo dije todo la primera vez. Le pagué porque me oyera. Una sesión de sado oral, sin azotes, sin insultos, sin desnudo. La más dolorosa de todas. Y sin embargo huía de su conocimiento para poder darme lo que necesitaba en cada instante.

Me echó el humo en la cara y pasó sus dedos de pianista frustrada por mi pelo como buscando en ellos un tesoro.

—¿Has hecho alguna vez algo tan romántico como compartir el cáncer? —preguntó volviendo a lanzar una nube de humo contra mis ojos.

—No, mi señora —dije, con la intención de que fuera la respuesta que quería oír.

—¿Quieres decir que soy lo más romántico que ha pasado por tu vida, desgraciado?

—Bueno… Uhm… No sé, mi señora —titubeé sin saber qué responder.

Su mirada se metía por mi piel como un punzón. Era incapaz de sostener sus ojos en los míos, me quedaba flotando en su boca, soñando con el sabor de su saliva.

—¿Ni siquiera eres capaz de juntar diez o doce palabras para que salga de tu sucia garganta algo similar a una frase?

Me escudé en el silencio, un silencio que duró dos profundas caladas.

—Te voy a hacer una pregunta y quiero una respuesta coherente, quiero algo más que un simple balbuceo, perro de mierda. Lo entiendes, ¿verdad?

—Sí, mi señora —contesté atemorizado por la intriga.

—¿Qué coño esperas de la vida? Esa es la pregunta.

Cruzó las piernas, que hasta ahora permanecían juntas y pegadas. Su tacón afilado se movía escribiendo la palabra morbo en el aire.

—Lo único que espero de la vida, es que la vida no espere nada de mí.

La respuesta me salió así, de golpe, como si hubiera estado esperando exactamente esa pregunta. Como cuando en la adolescencia te estudiabas un par de temas y te agarrabas a la suerte de que ellos entraran en el examen. 

Ella me regaló otra vez el brillo de su sonrisa, como si la hubiera convencido con mi contestación. Asintió con la cabeza en un acto que por un momento se pareció al cariño, a una simbiosis mutua.

—Me gustas, quiero decir que hasta podría llegar a follarte. Pero hoy no. Hoy solamente lamerás mis zapatos hasta que el brillo te de sensación de haberte quedado ciego, luego te abofetearé un rato, te escupiré en la cara, en la boca y me comerás el culo y el coño hasta que no sepas si tienes lengua o la perdiste dentro de mis agujeros. Lo entiendes, ¿verdad?

—Lo entiendo, señora.

—Claro que lo entiendes. Eres un perro listo —dijo.

—Gracias, mi señora —volví a contestar.

—Y si lo haces todo tan bien, que me regalas un solo orgasmo, seré tan generosa contigo, que te regalaré mis bragas para que no me eches de menos cuando te excites pensando en el sabor de mi cuerpo.

Bajó mi cabeza, apartándome de su hermosa sonrisa de poder y comencé a lamer sus tacones.

Estaba de rodillas, pero creo que eso ya lo había dicho. 

Ernesto Pérez Vallejo

Nació en 1979. Vive en un pueblo pequeño de Cádiz: Campamento-San Roque. Ha publicado los libros «De Laura y otras muertes», «De flotar y otros vuelos» y «Antología especial».

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