Una despedida que nunca lo es | Carlos Cavero

Hoy ha llegado el día
de enterrar a todos tus muertos

(Toma una silla)

Las ventanas se rajan ante nuestra presencia
ya siento en la lengua Amiga Mía
el sabor de las naranjas antiguas
y me sorprendo al encontrarme una vez más
tiritando del cítrico

(Definitivamente
no he aprendido nada)

Hasta la alfombra trepa
las paredes en el haz de la sorpresa
que hoy sellamos
porque nadie necesita entre las manos
una peor bienvenida de vuelta
y aun así el decorado arremolina
monstruos rosados y verdes
para no dejar que nos posemos
sobre ellos
sin concedernos
el lenguetazo
de un castigo merecido

Toda nuestra casa se enciende
con el blanco ascéptico
de un mausoleo
apenas la tomamos por asalto
se vuelve góndola
y te pregunto en la puerta
si estás segura
no me contestas
solo me guías
mientras me sigues deslumbrando con memorias
al paso que saltean
las más quietas beatrices


(Habíamos sido tajantes
en no volver a reunirnos jamás
y aquí estamos nuevamente:
pelando la fruta en espirales
por la barca rumbo al centro
de nuestra Tierra
huyendo del espejo a doble cuerpo
al oeste de la cama
donde el teléfono jugaba a retratarnos
la desnudez y el labio
con su temblor de rama ligera 
pero ahora no tenemos las miradas campantes
ni el tiempo ya nos sobra
ni nos espera el aro fulminante de la calle
una vez que abandonemos este cuarto)


La canción de la lúcuma en los brazos
te ha vuelto insomne
de tanto sí bemol destemplado en la garganta
pulpa arenosa
y a pesar de eso
Niña Mía
adoraré por siempre
todos
tus tararareos
así vengan de la flauta
el violín
o el lamento de una boca cerrada

Hoy llevas los senos cubiertos de gajos
has querido mostrarte vanidosa
y hasta llevas los ojos pintados
de tonos nuevos
como si variaciones tan pequeñas
pudieran generar en mí
nuevos apegos o rechazos

(Es sin reproche alguno
que llegó el día justo a saludarnos
con pañuelo bordado
y llegó así la hora
de coger esta pala a cuatro manos
sudarla juntos con la baba del lobo
esconder las vísceras
y si el cansancio nos tumba
barrerlas
bajo la alfombra)

Personas
como nosotros
llevamos montadas
en los hombros
nuestras culpas
como caballos
y duele
pues los flashbacks son espuelas
que nos azuzan el paso
y hacen bailar nuestros pies sobre carbones
ardiendo


Se han ensañado
las incipientes sombras de los autos
que golpean la cortina

La mordida del tiempo en su jaula
nos hace girar en una rueda
y no existe cinturón que nos proteja
del zarandeo
del trastabillar a ojos cerrados
por no querer cortar el sueño
de estos servicios fúnebres

Entre la almohada
y el jugo de fresa
con leche
recordamos con el cuerpo
el deseo
que no tiene horarios
ni nombres
pero es un músculo que aprende
y repite por inercia
las tensiones
los temblores
la dureza
los sabores
las contracciones
y los azotes
que con el hueso impulsan
a borrar la inteligencia masajeando
cauterizando
los cortes

Enterramos los muertos y a la luz de las siete
el reencuentro termina
y te irás ignorando quién eres
cubierta de ceniza
y volveré a las pistas con un nudo en la garganta

Pero el cadáver
lo olvidamos adrede
al pie de algún arbusto
para tener pretexto
de alguna próxima sesión de pala y músculo
a ver si ahonda en la presión de los portales
a nuestro infierno
alguna marcha alegre
para venir de nuevo
a reencontrarnos.

Carlos Cavero

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