El autor | Juan Carlos Santillán

1

El autor escribe, uno tras otro, relatos truculentos y retorcidos. Los publica en una página de nombre extraño, pero al pie siempre coloca su nombre. Le molesta que le roben sus preciosas obras. También le molesta que algunos no entiendan. Y que pidan continuaciones. Y que… Bueno, le molesta casi todo, es un misántropo.

Eso sí: mantiene contacto con su lectores, pero sólo de manera virtual. Algunos le escriben y él contesta con cortesía. Sólo hasta ese punto soporta el contacto humano. Hasta que, un día, una lectora le pregunta de dónde es. No suelen adivinar de qué país proviene, porque emplea un lenguaje neutro. Está acostumbrado a que lo lea gente que está a kilómetros de distancia, y así está muy bien para él. Así que le responde muy confiado. Ella responde a su vez: resulta que están en el mismo país. Él se remueve en el asiento, nervioso. “¿En qué ciudad?”, pregunta ella. Él responde y vuelven a coincidir. Él estruja su cigarrillo, se siente muy incómodo.

—¿Sabes? —dice ella—, yo también escribo. Tengo algunas cosas de las que me gustaría que me dieras tu opinión. Yo… soy muy tímida. Bueno, “tímida” no es la palabra. No me gusta el contacto humano. Y siento que a ti tampoco. Pero creo que vale la pena vernos en persona. Para mí será un gran esfuerzo y valoraré el tuyo. Prometo no incomodarte con preguntas personales o cosas así.

El autor aplasta la colilla contra la concha marina que emplea como cenicero y enciende otro cigarrillo. Diablos. Bebe un sorbo de café. Entra al perfil de la lectora.

Es muy atractiva.

Es decir, no es una modelo de Victoria’s Secret, alta, blanca, rubia y de ojos azules. Es todo lo contrario. Es una muchacha de estatura promedio, morocha, de cabellera muy negra y ojos pardos. Es precisamente como le gustan. Malo, malo. ¿Qué debería responder? Mira su propia foto de perfil: tiene esa pinta de intelectual comelibros, pálido, esmirriado y greñudo, con anteojos, barba de perilla y bigote recortado, que ha atraído a varias (y varios) fetichistas de ese aspecto. Y encima que escribe… “Sapiosexuales”, los llaman. Vuelve a mirar la foto de la chica: se ve sencilla, tranquila y hasta inteligente. Muy poco maquillaje. Nada de fotos forzando contorsiones imposibles para que aparezcan a la vez el rostro tomado desde arriba y las nalgas tomadas por completo. ¡Qué diablos! Da otro sorbo al café y otra calada al cigarrillo y escribe:

—¿Conoces el parque de los gatos?

—Sí, los detesto.

—Yo también.

—Lo sé, deberíamos llevar un arma.

El autor ríe. Termina de decidirse.

—¿Te parece bien si nos vemos ahí mañana al atardecer?

—¿Cuando empieza a hacer más frío?

—Sí.

—¡Perfecto!

2

Al otro día, el autor se coloca una gorra de lana, recoge sus cigarrillos y el encendedor y sale de su casa cuando empieza a caer el sol. Va fumando por las calles, intentando controlar los nervios, pensando en lo que podría pasar en el encuentro. Con el paso de las horas, la idea ya no parece tan buena. Son pocas manzanas hasta el parque, pero bastan para imaginar de todo: la muchacha es una desquiciada obsesiva, él pierde los papeles, la conversación es aburrida… la opción más tranquilizadora sería que la muchacha no asistiera.

Llega al parque. Hay mucha gente, demasiada. Pero, sobre todo, hay gatos. Montones de ellos, en las veredas, en los jardines, los árboles. En las bancas, maldita sea. Quiere sentarse en una y hay uno de esos bichos sobre el asiento. Le da asco tocarlo. Coge una rama y lo empuja con ella. El animalejo se resiste. Al final, tiene que saltar al jardín, ante los insistentes ataques del autor, que finalmente puede tomar asiento. Un par de muchachas lo miran mal. Él les sostiene la mirada. El gato vuelve a la carga. El autor lo empuja con el pie, haciéndolo retroceder. Otro felino salta al respaldo de la banca. El autor intenta espantarlo. En el forcejeo, pierde la gorra. Empuja al animal, haciéndolo caer.

—¡Oiga, qué hace, salvaje! —grita una de las muchachas.

—¡Es un animalito indefenso! —apoya la otra.

—Las bancas son para la gente —se limita a responder el autor.

—¡Usted puede sentarse en otro lado! —grita la primera muchacha.

—¡Enfermo, desgraciado! —grita la otra—. ¡Lo vamos a denunciar!

—¡Cállense, par de locas! —tercia una tercera muchacha. El autor dirige la vista hacia ella. Sostiene en la mano un piedra, que muestra a las otras dos.

Es ella.

—¡Vamos a buscar a serenazgo! —grita la primera muchacha, alejándose.

—¡A la policía! —apoya la otra, siguiéndola.

Y se van. La recién llegada guarda la piedra en su bolso. Dirigiéndose al autor, le explica:

—Por si vuelven.

—Ah… Claro.

La muchacha lo mira fijamente. Hay sorpresa en sus ojos.

—¿Eres tú?

Él siente la garganta cerrada. Tiene que hacer un gran esfuerzo para pronunciar un entrecortado:

—Sí.

La muchacha lo observa fijamente. El autor sabe lo que está mirando con tal fijación: él no luce como en la fotografía.

Lo único que luce similar es la estatura, claro, aunque ahora está tan encorvado que parece mucho más bajo. Su piel es aún más pálida, su contextura es aún más delgada, profundas y oscuras ojeras rodean sus ojos apagados sobre las gafas de sol caídas hasta la mitad de la nariz. Su escaso cabello cae en hebras largas desde el cráneo hasta los hombros. Un notorio temblor recorre sus manos, haciendo bailotear el cigarrillo entre los nudillos huesudos.

—No soy lo que esperabas.

—No.

—Tú sí, creo.

—Espera a que me conozcas.

La muchacha toma asiento lentamente en la banca, guardando prudente distancia, sin dejar de examinarlo. Un gesto hace notar que ha percibido el abundante perfume que se ha aplicado él.

—Hueles muy bien.

—Esperabas que oliera mal.

—Lo temía.

—¿Soy desagradable, verdad?

La muchacha recoge la gorra, que se encuentra a sus pies, y la alcanza al autor. Éste agradece y se la coloca. Se acomoda las gafas de sol.

—No eres desagradable —dice la muchacha—. Sólo luces diferente de la foto de perfil.

—Lo sé. Dicen que es uno de los peligros de conocer a alguien por las redes sociales.

—Pero sí se nota que eres tú.

—Es la última foto que me animé a tomarme.

—¿Qué… qué te pasó?

—Nada. La vida me pasó. La vida que elegí.

—¿No sales mucho, verdad?

—Nunca. Trabajo desde casa. En mi tiempo libre leo y escribo. Tengo mucho tiempo libre. Compro todo por reparto. No tengo familia, amigos ni una relación amorosa.

La muchacha ve al autor incómodo, como encogido sobre sí mismo. La gente lo mira. Los gatos rondan.

—¿Quieres que vayamos a tu casa?

—¿Cómo dices?

El autor nota que las manos de la muchacha tiemblan también.

—No pienses mal. Te veo incómodo, estoy segura de que te sentirías más cómodo en tu casa.

—Mi casa no es muy acogedora.

—La puedo imaginar. ¿Vamos?.

El autor lo piensa un momento. Finalmente, se pone de pie y echa a andar rumbo a su casa. La muchacha va a su lado. Ha empezado a lloviznar. Los dos piensan en la piedra que ella lleva en el bolso.

3

Anochece ya cuando llegan a la casa del autor. Han hecho todo el camino bajo la garúa en silencio. Él abre la puerta y enciende la luz.

—Adelante —dice.

La muchacha entra y contempla el lugar. Centenares , tal vez miles de libros cubren las paredes, los muebles y buena parte del piso. En un rincón, junto a la ventana, se encuentra el escritorio con la computadora. A un lado hay un plato de queso fresco con un cuchillo, una botella de vino y una copa. Al otro lado está la concha que sirve como cenicero, el encendedor y varias cajetillas. Con cierto nerviosismo, la muchacha camina hacia la ventana.

—¿Puedo abrir las cortinas?

—Eh… Sí, claro.

La muchacha abre las cortinas con cuidado y observa el panorama. Más allá de las casas y los edificios, se observa el mar y la luna.

—Bonita vista.

—Sí, gracias. ¿Quieres sentarte, te sirvo vino, queso…? No tengo mucho que ofrecerte. ¿Quieres quitarte la ropa?

La muchacha voltea a verlo. El autor se da cuenta de la confusión.

—Tienes la ropa mojada. Podría prestarte algo, si gustas.

—No, gracias, así estoy bien. Sólo me quitaré el abrigo. Y… te acepto ese vino. Y el queso también. Y un cigarrito.

El autor la mira embelesado.

Pasan varias horas sentados en el piso, hojeando libros, mientras beben vino y comen queso. El autor pide sushi. Le muestra su trabajo, sus relatos, su “proceso creativo”.

—¿Cuál es tu “proceso creativo”?

—Me siento acá y escribo.

—¿Nada más?

—Nada más. Escribo lo que se me va ocurriendo, nunca sé qué será. Por eso es tan divertido. ¿Tú tienes un proceso creativo?

—Me siento a leerte y después escribo yo.

—Vaya, ¿y qué sale de eso?

—¿Quieres ver?

—Claro, para eso viniste, ¿no?

—Sí, claro, yo…. ¡No!

—¿Qué pasa?

—¡Dejé mis escritos en la banca del parque!

—¡Tal vez siguen ahí, vamos!

—¡Es casi medianoche!

—¡Apura, vamos!

Cogen sus abrigos y salen corriendo.

Ha dejado de lloviznar. Las menudas gotas se han transformado en tupida neblina. El autor y la muchacha corren por las calles rumbo al parque. Éste luce como un bosque fantasma, difuminado por la neblina. Apuran el paso y se sumergen en la masa blanquecina. Figuras oscuras bajan de los árboles y se cruzan por su camino.

—¡Dame la mano! —dice la muchacha.

Cogidos de la mano recorren las veredas adoquinadas. Avanzan así varios metros, intentando orientarse. Pero es imposible, en todas las direcciones sólo ven formas borrosas.

—¿Dónde estaba la banca? —pregunta el autor.

—¡Ahí! —exclama de pronto la muchacha.

—¡Espera! —grita él.

La muchacha suelta la mano del autor y se pierde en la neblina. Él acelera el paso. Corre. Pasa varias bancas. No la encuentra.

—¿Dónde estás?

Se oyen los maullidos. La neblina parece espesarse. El autor la llama una y otra vez. Da vueltas. Grita. No ve a nadie. Sólo están los gatos. Piensa que es muy extraño que no hayan cerrado el parque a esa hora. No hay ni un sereno a quien pedir ayuda. No hay barrenderos. En medio de los árboles sólo están él, los gatos y la neblina. Se desespera. Pero no deja de buscar, de dar vueltas y de llamar, sin ningún resultado.

Después de casi una hora, desiste.

Vuelve a casa sin dejar de mirar atrás. Va fumando, consternado. Se detiene en cada esquina, esperando verla venir. Es más de la una cuando abre la puerta, apesadumbrado. Se quita el abrigo. Resopla. Ve sin mucho interés la mancha roja en el piso. No recuerda en qué momento se derramó el vino. Una piedra está tirada a un lado, manchada. Se pregunta vagamente cómo llegó ahí. Sigue caminando, dando tumbos. Se va desvistiendo. Se siente mareado. Tal vez se le pasó la mano con el vino. Quiere dormir. En la pantalla de la computadora hay un relato empezado. Lee el título: “El autor”. Tampoco recuerda eso. Al costado de la pantalla, el cenicero parece flotar en la neblina que entra por la ventana abierta. Es una bella imagen. La contempla un momento antes de seguir su camino. Se arroja a la cama. Oye sirenas. Será un incendio. O una ambulancia. O un robo en alguna parte. Piensa esto mientras se va quedando dormido. Las sirenas se acercan, parecen estar frente a la ventana. Alguien golpea la puerta. Gritan algo sobre la policía. Él no atina a levantarse. Empieza a soñar con una muchacha.

Derriban la puerta.

Es una muchacha de estatura promedio, morocha, de cabellera muy negra y ojos pardos. Es precisamente como le gustan…

Juan Carlos Santillán

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