Llovizna | Miguel Ángel Salinas Gilabert

Las calles de Carabanchel Bajo están empedradas con cacas de perro. Todo lo contrario que las amplias aceras del barrio de Salamanca. No sé si será debido a que en este último habiten menos perros por metro cuadrado. O tal vez, porque en este barrio pudiente los vecinos sean gente civilizada, o porque entre las tareas de sus chachas —que seguramente residan, más de una, en Carabanchel—, esté también la de recoger los excrementos de los perros de sus señores. No recuerdo haber visto nunca por Carabanchel una de esas motocacas que anuncia a bombo y platillo el Ayuntamiento, de esas que succionan, con su potente aspiradora, las inmundicias que dejan los canes sobre las aceras.

Las cacas de perro me hacen sentir mal. Cuando traspaso el portal de mi edificio y salgo a la calle, el mundo me parece una mierda. Quizá por eso me gusta perderme por los barrios bien de Madrid. Creo que hasta huele y se respira mejor. En mi barrio, el olor predominante es el de los regueros de pis, que serpentean por la acera y entre los coches aparcados. Pues los perritos orinan de día, y los borrachos de noche. Podría decirse que la sección de meadas abre las 24 horas.

Salí a pasear por el barrio de Salamanca. Anochecía ya cuando decidí sentarme en un banco, frente a un supermercado. Estaba algo cansado. Hacía un tiempo destemplado y húmedo, habitual en otoño. En la puerta del supermercado, un africano imploraba unas monedas, encogido de frío. Llegó una señora de mediana edad con un perrito. Era una de esas típicas señoras de barrio bien, con su abrigo de fieltro y un gorro de lluvia. El perro iba a juego, con una especie de poncho a cuadros escoceses. Pero sin gorrito. La señora ató el perro al protector de un árbol.

—Pórtate bien —le dijo al animal.

El perro no respondió nada: sólo asumió aquella orden con resignación. Se podía leer en su mirada que no estaba de acuerdo con la decisión de su ama. La mujer, antes de entrar en el supermercado, le pidió al negro, que a su vez pedía en la puerta, que echase un ojo al perro.

Empezó a lloviznar. Me levanté del banco para refugiarme en un portal. El moreno se estaba mojando. También el perrito. Del portal en que me resguardaba, salió una chica. Vestía un cortavientos impermeable de corredor, y unas mallas de licra, de esas que marcan y permiten adivinar las nalgas al completo. Esas mallas me ponen a cien. La muchacha estiró la mano para comprobar que la lluvia no era fruto de su imaginación. Se puso la capucha. Miró hacia el lado en que pedía el africano menesteroso. Luego al frente, donde estaba el perrito. Nada más verlo, se encaminó hacia él:

—¡Ay, pobrecito, te estás mojando!

Ese tipo de chicas nunca reparan en tipos como yo. Tampoco en los negros que se apostan a las puertas de los supermercados. Aquella era mi oportunidad. Me acerqué a ella y, con gesto de indignación, le solté:

—¡Cómo pueden abandonar así a un pobre animal!

—Sí, pobrecito… Se está mojando.

—¿Le liberamos?

A la chica pareció sorprenderle mi ocurrencia. Mientras tanto, el perrito gimoteaba con la mirada fija hacia el interior del supermercado. El moreno, tenso y sin saber qué hacer, ni cómo cumplir la misión que la dueña del perro le había encomendado, nos miraba a nosotros dos. Desamarré al perro.

—¿Qué nombre le ponemos? —pregunté a la chica, en tono divertido.

—No sé…

—¡Di uno, el primero que se te ocurra!

—¿Chuchi?

—¡Chuchi, ahora eres libre! —dije al perro, dándole una fuerte cachetada en el lomo.

El perro se escabulló entre dos coches y se echó a la carretera, como una puta. A causa de la llovizna, un todoterreno, que venía a todo meter, no pudo reaccionar a tiempo. Se escuchó el frenazo inútil, seguido de un lamento hondo y corto. La chica se llevó las manos al rostro. Su grito fue agudo y algo más largo que el del perro. En ese momento, por la puerta del supermercado, reapareció la dueña de Chuchi, zarandeando en su mano derecha, puede que la izquierda, un bote de Troskiso como se llamen. Vamos, de comida para perros.

—¡Goofy, mira lo que te he comprado! ¿Goofy?

La señora buscó en vano al chucho. Después miró al negro que, sin saber qué decir, la miró a ella y luego a nosotros. Tal vez, el hombre pensó que se iba a quedar sin propina.

—Vaya, no se llama Chuchi —comenté a la chica—. Llamaba, quiero decir.

Dados los acontecimientos, tuve que precipitar el asunto que me traía entre manos:

—¿Te parece bien que intercambiemos nuestros números de teléfono, por si nos apetece quedar un día?

—¡Asesino! —me gritó.

Una pena que no me quisiera dar su número. Cuando la dueña del perro reparó en mí, decidí abrirme. Esa gente de barrio bien acostumbra a tratar con abogados, y no precisamente de oficio. Hubiera sido imposible hacerle comprender, que la llovizna había tenido toda la culpa del desenlace fatal que tuvo Chuchi. Goofy, quiero decir.

Salí corriendo, buscando una boca de metro. Quizá, para cuando hubiera regresado al barrio, la llovizna habría sido capaz de borrar de la memoria de las aceras todas esas cacas de perro. Y los regueros de pis…

Miguel Ángel Salinas Gilabert

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