Blake: Cuestión de fe | Juan Carlos Santillán

—¿Cree usted en Dios, señor Blake?

—Yo, padre, respeto cualquier camino para alcanzar la certeza.

—La fe, señor Blake, es un camino empedrado de blasfemias.

El cadáver del joven novicio mercedario tirado en el chiquero luce como una enorme mosca parda en un tazón de sopa espesa.

—¿Han movido algo? Veo que el barro alrededor ha sido removido.

—El cuerpo no se ha tocado, por indicación del capitán Gómez. Nos limitamos a sacar a los cerdos. De lo contrario, habrían dado cuenta del cuerpo.

Blake asiente. Mira la extraña postura del cadáver. Obviamente, ha caído desde una altura considerable. Levanta la vista. Hay una sola ventana abierta en lo alto de la torre.

—¿Qué hay ahí?

—Es el depósito donde guardamos los objetos religiosos que no empleamos con frecuencia; aunque Bernardino (así se llamaba el infortunado muchacho, el Señor lo tenga en su gloria) insistía en guardar los que se empleaban en la eucaristía diaria, a pesar de que le repetíamos que no era necesario que se diera ese trabajo. Pero él insistía en que todo objeto destinado al servicio de Dios debía ser preservado con igual esmero.

—Noble muchacho.

–Mucho, señor Blake, un joven humilde y virtuoso, bendecido con una gran fe.

—Del que se aprovechó una banda de monjes sinvergüenzas.

Blake y el abad de las Casas voltean a ver al inesperado interlocutor. De pie al costado de una carreta desvencijada, un gallardo joven vestido con uniforme de oficial de caballería se atusa el bigote.

—Señor Blake, le presento al teniente Aréstegui, oficial a cargo de la guarnición del ejército. Estuvo ausente del puesto varios días, según tengo entendido, pero se ha reincorporado hoy para hacerse cargo de la investigación personalmente. Teniente, el señor Blake, detective.

—Míster Blake, un detective gringo. Veo que tienen recursos.

—El señor Blake ha tenido la generosidad de tomar el caso sin cobrarnos un centavo.

—¡Vaya! ¿Y eso? ¿Lo hará a cambio de la salvación de su alma, míster Blake?

—Tomé el caso porque me pareció interesante, un buen reto profesional. La salvación de mi alma, teniente, es el único caso al que no hallo solución. Y no soy «gringo», por cierto; soy un orgulloso súbdito de su majestad.

—¿La reina?

—La inteligencia.

El teniente sonríe.

—Es usted todo un personaje, míster Blake.

—Usted tiene una teoría respecto al caso, teniente. ¿Cuál es?

—¿Quiere que haga su trabajo? Vaya. Lo haré, no hay problema. Es simple: el muchacho, obviamente, se arrojó de allá arriba para proteger su hombría.

—¿Cómo?

—Uno (o tal vez más) de estos gallinazos sinvergüenzas intentó abusar de él aprovechando la soledad y lo apartado del lugar. El muchacho, como es lógico, prefirió acabar con su vida. Sólo falta saber cuál de los gallinazos es el responsable.

—Interesante teoría.

—Y correcta. Éste es un pueblo pequeño, míster Blake: todo se sabe, las noticias corren rápido. ¿Y qué hace usted acá, qué lo trae a este fin de mundo, tan lejos de su patria?

—Vacaciono. Me gusta alejarme del alboroto citadino de vez en cuando, respirar el aire fresco del campo.

Blake enciende un cigarrillo, dejando escapar una robusta voluta de humo al aire fresco del campo. El teniente vuelve a sonreír.

—¿Y cuál es su teoría, míster Blake?

—¿Sabe usted qué fecha es hoy, teniente?

—Eh… Estamos a veinticinco de Septiembre. Sí, veinticinco.

—Gracias. ¿Tendría la bondad de desenfundar su arma?

—¿Para qué? ¿Pretende que dispare al cadáver?

—Sólo complázcame, por favor. Gracias. Pero apunte hacia otro lado, si fuera tan amable.

—Oh, sí, lo siento.

—Gracias. Acompáñeme, teniente.

Blake se acerca al chiquero. Hace una seña al teniente para que se aproxime también. El teniente se coloca a su costado, en actitud de espera.

—¿Y bien?

—¿Ve usted eso, teniente?

La mirada del teniente sigue el dedo de Blake, que señala un punto brillante en el fango, de una tonalidad rojiza.

—¿Qué es eso?

—Si no me equivoco, es un rubí.

—¿Un rubí? ¿Y de dónde salió?

—Ya lo averiguaremos. ¿Puede ordenar que volteen el cuerpo?

—¡Capitán!

—¡Sí, mi teniente!

—¡Que volteen el cuerpo!

—¿Voltearlo? Pero, mi teniente, yo había ordenado…

—¡Que volteen el cuerpo, capitán!

—¡Señor, sí, señor!

—¿Qué espera encontrar, señor Blake? —pregunta el abad de las Casas, que se les ha aproximado.

—Ya lo verá usted, padre.

Dos soldados ingresan al chiquero. Dan vuelta al cuerpo. Todos se acercan a mirar.

Apretado contra el pecho del novicio por los brazos ya rígidos, aparece un objeto dorado, cubierto de piedras preciosas.

—¿Qué es eso, míster Blake? —pregunta el teniente.

—Díganos, padre: ¿qué es eso?

—¡El cáliz! ¡Es el cáliz que se empleó ayer en la eucaristía!

—¿Usan siempre un cáliz engarzado de rubíes y esmeraldas?

—Ayer fue una fecha muy especial para la Orden, señor Blake: la fiesta de Nuestra Señora de La Merced.

—Así que ayer Bernardino debió llevar y traer ese cáliz de oro, recargado de gemas.

—En efecto, así fue.

—Y supongo que solicitaron resguardo a la guarnición, en vista del tesoro que expondrían a los ojos de algún alma codiciosa.

—En efecto: solicitamos resguardo al capitán Gómez, en vista de que el teniente se hallaba ausente. Vino el propio capitán en persona, acompañado del sargento Vidal.

—Ya veo. Teniente, creo que es momento de que haga uso de su arma para detener al capitán Gómez y al sargento Vidal que me parece que son esos dos caballeros que se están dando a la fuga.

—¿Qué? ¿Pero qué… ? ¡Deténgase o disparo! ¡Tráiganlos! ¡Y usted, míster Blake, explíquese de una buena vez!

Blake enciende un nuevo cigarrillo.

—Pensé que era obvio. En fin. Tras la ceremonia, y con el pretexto de custodiarlo, el capitán y el sargento siguieron al novicio, movidos por la ambición, dispuestos a arrebatarle el cáliz. Pero nuestro valiente novicio se resistió a entregarlo. Prefirió aferrarlo bien y arrojarse con él por la ventana. Y, bueno, podemos ver el resultado.

—¡Prefirió sacrificarse antes que entregar un pedazo de oro! —vocifera el capitán Gómez—. ¡Vaya si son avaros estos gallinazos y sus pichones!

—¡Yo no quise hacerlo, mi teniente, el capitán me obligó! —grita el sargento Vidal.

—¡Silencio, los dos! —ordena el teniente.

—Lamento quebrar su fe en la humanidad, capitán —prosigue Blake—, pero me temo que no fue la avaricia lo que motivó la inmolación de este jovencito.

—¿Y qué fue, entonces?

—¿Podrían abrir el copón, por favor?

Los soldados consultan con la mirada al teniente, que da su anuencia. Retiran la tapa.

Una cascada de obleas blancas cae sobre el pecho del novicio.

—¿Hostias?

—No soy muy versado en doctrina católica, pero me parece que son hostias consagradas. ¿Me equivoco, padre?

El abad luce transfigurado por la emoción.

—No, señor Blake, no se equivoca.

—Sigo sin entender —dice el teniente.

—El novicio no protegía sólo una reliquia valiosa, teniente; según su fe, protegía el mismísimo cuerpo de Dios.

El teniente reflexiona un momento.

—¿Es decir que tenemos un intento de robo y un… homicidio involuntario?

Blake arroja una larga bocanada al cielo.

—Me parece, teniente, que lo que tenemos es un mártir y dos ladrones. Y así empezó todo.

Juan Carlos Santillán

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