Duelo constante | Joel Estrada

Podría pensarse que la felicidad desprende un aroma suave y afable, dulce, pero ciertamente no. La felicidad no desprende ningún olor. La soledad, en cambio, sí. Mi cuarto, por ejemplo, es el rincón más solitario del mundo. Cuando uno entra es recibido por una fragancia dulce, una combinación de manzana y canela. La soledad huele así. Es uno de sus tantos aromas.

A pesar del agradable aroma, en mi habitación no habita nada más que la muerte, acompañada de una gran cama, un escritorio plegable, libros y un pequeño bonsái de junípero. El pobre resiste y enfrenta a la muerte sin miedo. Soy testigo de ello. Durante la madrugada se yergue el pequeño orgulloso, pero invencible. Al observarlo siento un poco de envidia. «Quisiera ser como él», pienso, y me levanto cada madrugada a cumplir con mi rutina diaria. A veces creo que lo único que me mantiene sujeto a este mundo es ese pequeño ser arbóreo y su inexplicable deseo por existir.

La muerte, la soledad, la tristeza y la angustia se baten en un duelo constante cada noche para ver quién se apodera por siempre de este hogar. Hasta el momento no ha habido un ganador, así que mi existencia deambula entre esas cuatro estaciones los trescientos sesenta y cinco días del año.

Joel Estrada

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